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Y ahora qué, presidente Trump

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Bienvenidos al final de la política tal y como la conocíamos. La victoria de Donald Trump, el peor candidato posible para afrontar los retos de este siglo XXI, inaugura una era de incertidumbre y de retroceso sobre los mejores valores del mundo occidental. Resulta difícil hacerse a la idea de que habrá que llamar presidente de la mayor potencia del mundo a un tipo tan errático, racista, mentiroso, misógino y ultranacionalista como el magnate neoyorquino. Por razones que tardaremos mucho, mucho tiempo en entender, la mitad de los norteamericanos han decidido poner su futuro en sus manos: unas manos que jamás han trabajado para nadie más que para sí mismo. Por primera vez en la historia, el Despacho Oval lo ocupará un presidente con cero experiencia en administración pública y en política nacional e internacional América ha entregado las llaves de la Casa Blanca a Trump, el Aprendiz.

¿Y ahora qué? Desde la Casa Blanca, el primer objetivo de Trump será borrar todo rastro de los ocho años de presidencia de Barack Obama. De un plumazo: le basta firmar unas cuantas órdenes presidenciales para revocar su legado. Pero además, los republicanos seguirán controlando las dos Cámaras legislativas, el Senado y el Congreso, algo que no ocurría desde 1928 -un año antes de que se desatara la Gran Depresión-. Su poder es inmenso.

Tomen nota: dentro de EEUU, adiós a Obamacare -el primer ensayo de una sanidad pública en EEUU- y llegan las deportaciones masivas de trabajadores sin papeles -y sus hijos-. Esperen un recorte de los derechos civiles, especialmente de las minorías, ya que la Corte Suprema -cuyos cargos son vitalicios- seguirá en manos de jueces conservadores, que extenderán su legado más allá de una generación. Su vicepresidente, Mike Pence, ha sido especialmente combativo contra los avances sociales de la comunidad LGTB. Trump también aboga por el derecho a llevar armas, y el final de las restricciones a su posesión.

De cara al exterior, Trump se comprometió a recortar el acuerdo de Libre Comercio con EEUU, Canadá y México y revisar sus relaciones con la OTAN. El TTIP con Europa, que ya languidecía, está muerto. Es muy probable que retire la firma de su país del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático y las empresas petrolíferas, de carbón y gas pueden esperar un tiempo dorado. La gran preocupación es su indisimulada admiración por Vladimir Putin y su replanteamiento del papel de gendarme global que Estados Unidos ha venido desarrollando hasta ahora. El Muro que se ha comprometido a levantar en la frontera con México, y las restricciones a la entrada de ciudadanos musulmanes en el país son el símbolo de la nueva América que representa Trump: más nacionalista, más aislada, recelosa del multiculturalismo.

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Trump, visto por la ilustradora Elena Ballesteros

La fuerza del voto rural y blanco -pero no solo- ha encumbrado a Trump y derrotado a Hillary Clinton. Secretaria de Estado, senadora, primera dama, abogada, activista, feminista, madre y abuela, su dilatada experiencia no ha sido suficiente para convencer a la mayoría de los norteamericanos que merecía la pena continuar con el legado de Obama. Experta en esquivar minas, no pudo con la última jugarreta del FBI sembrando dudas sobre sus viejos emails. Trump se conjuró para mandarla a prisión si ganaba: en su discurso de aceptación, al menos ha reconocido la deuda de gratitud que le deben los norteamericanos por sus años de dedicación a la vida pública. Resultaba sarcástico ver a Trump en modo presidencial, aceptando los votos de unas elecciones que denunció como amañadas. De nuevo, la antipolítica que sólo utiliza el sistema cuando le favorece.

La clave de bóveda de su triunfo, y lo más preocupante de su victoria, la ha señalado él mismo en su primer discurso como presidente electo. "Lo nuestro no ha sido sólo una campaña, sino un movimiento", ha dicho en Nueva York. Y tiene razón: por eso Marine Le Pen fue la primera política europea en felicitarle. La antipolítica ha venido para quedarse, porque apela a una población que se siente desencantada y abandonada por el sistema político. Trump, como Orban en Hungría o Le Pen en Francia, prometen el regreso a un paraíso perdido -nacionalista y clasista-, a salvo de las incertidumbres de la globalización y los retos del multiculturalismo. Apela a la nostalgia por un pasado mejor que o nunca existió o nunca volverá, pero que convenientemente edulcorado, anestesia la razón y empuja a muchos a votar desde las vísceras. Es el nuevo manual de comunicación política que se está escribiendo en estos momentos, tan tramposo como eficaz.

Resulta espeluznante ver con qué rapidez los tories británicos están asumiendo las posiciones de UKIP, el partido eurófobo que se ha suicidado tras conseguir el Brexit. De la misma forma, la derecha francesa convencional empieza a hacer guiños para captar a los votantes de Le Pen. En los próximos meses, la batalla política de fondo cruza el Atlántico y se juega en territorio europeo: en las próximas citas electorales de Austria, Holanda, Francia y Alemania las fuerzas ultranacionalistas presentan a candidatos mucho más aseados que Trump, pero igualmente tóxicos para los principios occidentales que hasta ahora eran hegemónicos. En el triunfo del magnate americano tienen un modelo y una fuente de inspiración.

Hay fatiga de materiales en nuestros sistemas democráticos, y urge una revisión a fondo de las reglas de juego. El único consuelo para quienes sinceramente creemos que Trump Presidente es la peor noticia posible es que, como auguraba Javier Solana, entrar en la Casa Blanca ahorme su imprevisible personalidad y le devuelva cierta cordura. Wishful thinking para paliar la desolación.