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Zaragoza desde mi silla de ruedas

30/04/2013 08:17 CEST | Actualizado 29/06/2013 11:12 CEST

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"Pobrecillo: tan joven, y ya condenado a una no-vida de mierda". Eso es lo que me decía sin decírmelo una señora cuando me vio subir en mi silla de ruedas al tranvía de Zaragoza. Ella no era consciente de estar diciéndomelo, pero a su mirada se le escapaba ese pensamiento de compasión hacia mí, como al resto de gente del vagón que me miraban sin mirarme.

Era la primera vez en mi vida que yo no era de los que miramos sin mirar, de los que comentamos por detrás cuando el de la silla de ruedas ya ha pasado. Quizá por eso me resultaba fácil ver esas no-miradas, sentir esa pena que mi rodar por el vagón generaba. Demasiada tensión para un espacio tan pequeño como el vagón de un tranvía, pensé. Tan novato era yo, que se me olvidó frenar la silla y, al arrancar el tren, mi silla rodó con él unos centímetros; los justos para que una madre corriera a ayudarme a frenar la silla, con esa sensación de "voy a hacer lo poco que pueda para mejorar tu triste vida". Cuando bajamos los de las sillas, sentí que los demás del vagón respiraban aliviados mientras el tranvía se iba dejándonos en la calle de la muralla de Zaragoza, junto a la Plaza del Pilar.

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Así empecé el viernes pasado a ver el mundo desde una silla, como lo ven millones de personas con discapacidad. Esa subida al tranvía en silla de ruedas era para mí el comienzo de una experiencia que, en mi caso, he tenido la suerte de vivir durante cuatro días. Porque yo no tengo problemas de movilidad, pero sí tenía otras discapacidades: las mismas que tienen todos los que me no-miraban en el vagón, o todos esos que, cuando pasábamos a su lado por la ciudad, eran capaces de ver sólo a quienes midiesen más de metro cincuenta. Todo lo que queda por debajo, salvo que sean niños, no existe para la mirada selectiva de muchos. Invisibles. Así se deben de sentir, en el mejor de los casos, quienes viven la vida desde una silla de ruedas.

La experiencia forma parte del viaje de blogueros que el gran Miguel Nonay, una de esas personas con capacidades diferentes, organizó este fin de semana en su Zaragoza del alma. La idea de Miguel -cuyo proyecto de vida tiene el sugerente nombre de Viajeros sin límite- encantó a los responsables de Turismo de Zaragoza, y decidieron invitar a un grupo de 11 blogueros a vivir la ciudad desde la perspectiva singular de una silla de ruedas. El experimento nos haría ver la vida de forma distinta y, además, comprobar en primera persona que Zaragoza es accesible, que tiene muchísimas cosas que se pueden disfrutar sin bajarse de una silla de ruedas. Durante el viaje compartimos todo lo que visitábamos en Twitter con la etiqueta #RegalaZaragoza, un concepto desde el que la ciudad quiere que la gente se haga consciente de que se puede dar mucho regalando cultura, gastronomía y demás experiencias de esa ciudad.

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Lo cierto es que en los cuatro días que hemos pasado, me ha encantado descubrir una ciudad con tantísima riqueza e historia entremezclada: de lo romano de su teatro de Cesaraugusta a lo mudéjar de la Seo, de lo musulmán de su Palacio de la Aljafería a lo barroco del Pilar. Zaragoza tiene cosas preciosas y muy buena gastronomía. Y para mí, la ciudad suena a la música, también mestiza, de Carmen París. De Goya, ni hablamos, pues además dedican el próximo fin de semana del 1 al 5 de mayo al pintor zaragozano. Y se podrán ver cosas tan curiosas como que un grupo de grafiteros pinte varios de sus cuadros en distintos sitios de la ciudad...

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Por si fueran pocas las emociones de la silla, una noche nos invitaron a una cena a ciegas, en sentido literal. Nos pusieron antifaces y cenamos como lo haría un ciego. "A las 12 tienes el jamón, a las seis el queso y a las dos tu copa de vino", nos decía el camarero. Y tú ibas palpando como podías hasta que aquello llegaba a tu mano y a tu boca.

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Han sido días de empatizar, de aprender lo imbéciles que somos casi todos y casi siempre. No nos damos cuenta, pero lo que para nosotros son detalles tontos, para otros es un mundo. Cuando Miguel Nonay nos enseñaba el cuarto de baño de una habitación de hotel accesible, aprendimos que un espejo que empieza a una altura de un metro y medio, no permite que mucha gente se pueda asear viéndose la cara; y entendimos cómo suelen acabar muchas veces esas escenas del día a día: "Tú te duchas en la silla que hay dentro y, cuando vas a volver a transferirte a tu silla de ruedas apoyándote en tus brazos, ves que la toalla con la que tienes que secarte está en lo alto, un metro por encima de donde llega tu brazo. Entonces, empapado, vas con tu silla de ruedas al teléfono y llamas a recepción para que alguien venga a verte desnudo y humillado sólo porque te tienen que alcanzar esa toalla".

Suele ser así en muchos hoteles. Y no nos damos cuenta. Son miles de pequeños detalles casi invisibles, que hacen la diferencia de que alguien se valga por sí mismo o que necesite ayuda. De ahí que la ONCE se esfuerce en que su cadena, Confortel, se haya especializado en que la gente con cualquier discapacidad disfrute de su estancia sin sobresaltos y de forma integrada.

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Gracias a este viaje físico y del alma, he aprendido que hay tantas discapacidades como personas hay en el mundo: Todos somos discapacitados. No existen los normales porque todos somos anormales, en el peor sentido de la palabra. Por eso, si tengo que recordar algo bonito de mis días en silla de ruedas, me quedo con el comentario de un niño que al vernos pasar, dijo: "Mamá, ¿por qué hay tantos paralíticos?". Supongo que la madre se pondría roja como un tomate, pero a mí me encantó, porque aquel niño era el único normal, el único que no antepuso sus prejuicios y que reaccionó con naturalidad.

Ya nos hemos ido de Zaragoza, pero el viaje no ha terminado. Gracias a todos los que nos habéis regalado el privilegio de sentir la ciudad así. Zaragoza ha hecho mucho más que enseñarnos una ciudad: nos ha convertido en embajadores de la gente con discapacidades, y eso nos acompañará por el mundo. Me llevo mi silla de ruedas. Espero que para siempre. En la cabeza, claro; y en el corazón. Y espero ser capaz de acordarme el resto de mi vida de que cada uno tenemos unas capacidades y unas discapacidades; y recordar que mis capacidades no son mejores que las de nadie, por más que la sociedad establezca estúpidas diferencias. La próxima vez que me cruce con alguien en silla de ruedas por la calle, lo miraré, lo saludaré y le daré las gracias. No lo entenderá, pero se lo debo. Se lo debemos.

Nota: Gracias a Sonia Blanco, Clara Soler y José de la Peña por dejarme algunas fotos que ilustran este artículo ;).

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