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Fútbol público y gratuito

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«Lo llaman democracia y no lo es». Este anónimo y sabio aforismo resume la esencia del metamovimiento social de resistencia germinado en Islandia, o en Grecia, o en muchos sitios, y trasplantado a la Puerta del Sol el 15 de mayo de 2011, para extender desde ahí su rizoma al resto del planeta. La rama principal de este árbol, la española, fue imaginativamente bautizada por la prensa como '15M'.

Sus detractores critican que su mensaje es difuso. ¿Difuso? No, no. Difusa es la bruma costera de madrugada, el momento exacto en que concilias el sueño, o la promesa de un político. Pero la palabra democracia tiene una definición muy precisa: significa, sencillamente, soberanía popular. Este es un concepto, como el de libertad, que todo el mundo entiende, pero nadie sabe explicar.

Sabemos bien qué es la democracia, pero no tenemos claro si la queremos, o mejor dicho, cuánta queremos. Dice Fromm que tenemos miedo a la libertad. Yo añadiría que nos aterra, y quizá ahora más que nunca, la responsabilidad. La cual, como aprendimos con el Rey León, es inherente al poder. O sea, a la libertad.

Ninguna persona está obligada a cumplir una ley si no ha participado en crearla. Vale, perfecto. Pero Rousseau olvidó mencionar que tampoco nadie está obligada a participar en crearla. La participación política supone a) compromiso con una causa, en este caso la democracia; y b) mucho trabajo, a veces pesado y tedioso. Ejercer la soberanía es difícil, sacrificado y, como un árbol, tarda mucho en dar frutos. Esta dificultad es buena, porque actúa como filtro, seleccionando a la gente más trabajadora, comprometida y paciente; y también mala, porque deja fuera al resto: ya no somos el 99%.

Surgen, por tanto, varias dudas en cuanto a la cantidad de soberanía que queremos. Primero, hasta qué punto queremos participar más en política, y a cambio de cuánto esfuerzo. Segundo, si hay gente que quiere aportar más y gente que menos, ¿qué hacemos para no generar desigualdad? Tercero, si gobernase de verdad la población, ¿no se tomarían algunas decisiones alocadas? Es posible que triunfasen leyes para convertir el fútbol en un servicio público gratuito (de gestión privada, eso sí), o que se estableciera la pena de muerte para terroristas, o que decidiésemos salir de la OTAN.

La pregunta de fondo es, ¿sabe el individuo lo que le conviene? Y sobre todo, ¿sabe el grupo lo que le conviene? Y, ya de paso, ¿cuál es el grupo?

Un ejemplo de algo parecido a la democracia participativa, o sea, real, lo encontramos en California, uno de los lugares con mayor cultura democrática que existen. Allí la población participa, por ejemplo, en decisiones económicas, e invariablemente, votan a favor de bajar los impuestos, con el consiguiente deterioro de los servicios públicos, y finalmente de todo lo demás. California, fuera del plató, es un estado con una economía muy desigual, sujeto a fuertes crisis y rescates y, en general, deficitario.

El ejemplo contrario es Suiza, donde la población parece tomar las decisiones correctas, y gozan de igualdad, bienestar, paz y un altísimo nivel cultural. Vamos, que dan asco. Pero tranquilos... no tienen mar.

Lo que parece claro es que la democracia participativa debe ir precedida de una cierta cultura, y no sólo democrática. Por otra parte, el aprendizaje está en la práctica. La democracia no es algo que se tiene, sino algo que se hace.

Aunque parezca mentira, todos estos dilemas podrían resolverse con una sencilla fórmula llamada Democracia 4.0. Este sistema permite combinar el modelo representativo con el participativo. Básicamente consiste en que el papeleo lo delegamos en los políticos, y cuando hay un asunto que realmente afecta a nuestro futuro, ahí es donde intervenimos. Además es muy flexible, y puede ser "instalado" de manera gradual, para que le de tiempo a todo el mundo a asimilarlo. El 15M, mejor dicho, los ciudadanos a título personal, llevan meses presentando esta propuesta en el Congreso, aunque de momento no ha habido respuesta. Cualquiera puede hacerlo rellenando una petición en su web.

Por mi parte, aunque acabemos nacionalizando el fútbol o prohibiendo la horchata de chufa, seguiré pensando que es mejor equivocarnos juntas que tener razón por separado.