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El Barroco saca la lengua

03/08/2013 09:24 CEST | Actualizado 03/10/2013 11:12 CEST

Además de las hombreras, los cardados, los abanicos de Loco Mía, los escotes de Sabrina y las meriendas de roedores en V, los años 80 también dejaron la deslumbrante emancipación de una dictadura militar e intelectual, sólo hace falta recordar los trabajos de Pedro Almodóvar o Alaska. Sin embargo, la oleada de libertad chirigotera y sensación de urgencia no fueron exclusivas de España, sino compartidas con un imaginario colectivo más extenso.

Por eso, en 1987 el semiólogo Omar Calabrese llegó a escribir La era neobarroca, en cuyas páginas defendía que el clamor contestatario e irreverente de los barrocos en los ámbitos de la ciencia, la filosofía, la estética y el consumo cultural formaban una mezcla que, sin ser homogénea, funcionaba tanto en el siglo XVII como en el XX. Así, mientras alucinábamos al son de Mecano, resulta que también estábamos en la onda de Johann Sebastian Bach.

Entre teorías metódicas y referencias de todo pelaje, Calabrese ponía a Rambo como ejemplo de héroe ochentero con todos los rasgos para merecer el carné de barroco: divismo, desmesura, hipérbole... En las imágenes siguientes el soldado se codea con un alter ego, el Hércules de Zurbarán, tan viril y pagado de sí mismo tras desviar un río "porque yo lo valgo". Uno y otro gustarán o no, pero obligan a abrir los ojos, lo mismo ahora que hace cuatrocientos años, quizá porque sus espectadores no son tan distintos.

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A la izquierda, un fragmento de Hércules desvía el curso del río Alfeo (1634), de Francisco de Zurbarán (Museo Nacional del Prado, Madrid), en la exposición Barroco exuberante. A la derecha, Sylvester Stallone como Rambo en Acorralado (Ted Kotcheff, 1982), © Lions Gate Entertainment.

Esta imponente pintura del Siglo de Oro está en el Museo Guggenheim de Bilbao hasta el 6 de octubre, en la exposición Barroco exuberante: De Cattelan a Zurbarán - Manifiestos de la precariedad vital. Se encuentra, junto a otras piezas de su edad, en los muros forrados con tela de saco, mientras que las paredes desnudas quedan para obras actuales. La muestra plantea, como hizo Calabrese, la cercanía entre las obsesiones del XVII y las de nuestro tiempo, dos épocas tan llenas de energía como de conciencia de amenaza -el "exuberante" del título y la "precariedad vital" del subtítulo-.

Pero no compara lo antiguo y lo contemporáneo buscando similitudes formales, sino parentescos emocionales. Y partiendo del presente: De Cattelan a Zurbarán, del nacido en 1960 al de 1598. La comisaria Bice Curiger tampoco rastrea un estilo común, porque ambas épocas comparten alergia a las pautas. El saco viejo -nada del terciopelo del Barroco más tópico- y el blanco nuevo, dos momentos vinculados, pero con su especificidad.

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Izquierda: instalación de Maurizio Cattelan (s/t, 2007), colección particular, cortesía del Archivo Maurizio Cattelan (foto de Markus Tretter). Derecha: fragmento de El rapto de Europa (ca. 1640), de Simon Vouet, © Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid. Animalitos en Barroco exuberante que hacen pensar. La muerte y la vida: un pajarillo y un par de perros disecados que parecen a punto de moverse, y un toro con cara de viciosillo (hasta se le cae la baba...) rayando lo siniestro.

Barroco exuberante es espectacular. Es decir, atrae la atención. Exige mirar las obras en su rotundidad individual -por ejemplo, la pantalla de Cristina Lucas (Hacia lo salvaje, 2012) deja boquiabierto-. También reclama mirar las piezas como conjuntos -la sala dedicada al erotismo es imperdible, con el diálogo entre el toro libidinoso de Vouet y la lengua que aparece y desaparece en un agujero de la pared, instalada por Urs Fischer (Noisette, 2009)-. Y todavía nos impele a más, a mirar fuera.

Plantarse ante la pintura de Monsù Desiderio (Incendio y ruinas, 1632) o la instalación de Diana Thater (Chernóbil, 2010) es como ver las noticias o una películas de catástrofes y asistir al desmoronamiento de la civilización. Cada rincón es una sugerencia, un recordatorio, una toma de conciencia e, incluso, una crítica acuciante: sin ir más lejos, la escena de género de Christiaen van Couwenbergh (La violación de la negra, 1632) enfrenta a lo más abyecto de un reality show o la prensa amarilla.

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Cristina Lucas, Hacia lo salvaje (2012), cortesía de la artista y de la Galería Juana de Aizpuru. Este vídeo habría hecho las delicias de Roger Bartra y Pilar Pedraza cuando comisariaron la estupenda exposición El salvaje europeo (2004), ya que plantea el proceso inverso a la civilización, volver a la naturaleza. Una especulación tan contemporánea como barroca.

Barroco exuberante hace patente que nuestros tatarabuelos del XVII entendían la realidad como una amalgama de opuestos: lo sagrado con lo profano, lo alto con lo bajo, lo raro con lo clásico... Y Calabrese, en los 80, reconocía lo mismo en su -nuestro- tiempo, ese tan enfrentado a las ideas de integridad, sistematización, estabilidad y permanencia, ese que nos instala en lo precario, lo ínfimo, lo singular. Quizá por eso hay tantos artistas contemporáneos en la senda barroca: los de la muestra, claro, pero también muchos otros, desde nombres consagrados como Matthew Barney, Marina Abramović, Antoni Llena o Douglas Gordon hasta figuras emergentes como el escultor Marc Padrosa.

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Dos piezas de Melancolía.1 (2013), de Marc Padrosa, cortesía del artista. El trabajo se inició como una exploración sobre la luz y la perspectiva a partir de las teorías renacentistas y del estudio del cuerpo geométrico que aparece en el célebre gravado de Albrecht Dürer Melancolía 1 (1514). Sin embargo, el artista confiesa que tanto el resultado, tenebrista e impregnado de un cierto patetismo existencial, como la apertura hacia nuevos proyectos pasan por abrazar el Barroco. ¿Una vuelta a casa?

La cotidianidad, con su titanio tangible y sus ficciones vaporosas, es laberinto, vértigo y perplejidad, es horror y suciedad, pero también ánimo infatigable. Es nuestra guerra, pese a Rambo. Una lección propia de las vanitas barrocas: todo se acaba; pero mientras el corazón late, hay cosas que hacer. Aunque sean diferentes. O extrañas. La lengua de Fischer, que es portada del catálogo, además de exuberante, es procaz -en la Kunsthaus Zürich la exposición se tituló Deftig Barock, siendo "deftig" "fuerte, picante"-. No por libertina, sino por libre y por liberada, como esas monjas provocadoras de Entre tinieblas (Almodóvar, 1983) que no deberían quedarnos tan lejos. ¿O estamos olvidando el himno de Alaska? «¿A quién le importa lo que yo haga? ¿A quién le importa lo que yo diga?»

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