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Unas vacaciones maravillosas

11/08/2014 07:40 CEST | Actualizado 10/10/2014 11:12 CEST

Deseamos unas vacaciones maravillosas, maravillosas del latín mirābilis, que significa "admirable, extraño". Que sean dignas de admiración y de fotos espectaculares para Facebook, claro. Pero las esperamos como agua de mayo -aunque sea en agosto- sobre todo por lo que tienen de extraño, de ruptura con la monotonía, de momento extraordinario en medio de lo ordinario. Además, en este contexto el adjetivo maravilloso también recoge la proyección de las vacaciones hacia espacios mentales: en la planificación, la ilusión; durante su desarrollo, la excepcionalidad y sus campanas de irrealidad en las que parece que nada pueda ser cierto; después, al recordarlas, la memoria y su tendencia a la reelaboración y la distorsión. Lugares, todos ellos, de la imaginación. Esos que el arte, por cierto, convoca desde hace siglos, bien mostrando las construcciones de la mente desde dentro -como sucede en la obra onírica de Kyle Thompson- o sugiriéndolas desde fuera -es el caso de los jóvenes sumidos en el ensimismamiento estival tanto del fotógrafo Juan Carlos Martínez como del pintor barroco Antoni Viladomat i Manalt-.

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Arriba, imagen de la serie Secret Photography [Fotografía secreta] (desde 2013) de Juan Carlos Martínez, © cortesía del artista; abajo, Estiu [Verano] (c, 1730-1755) de Antoni Viladomat i Manalt, © Museu Nacional d'Art de Catalunya.

En ese rasgo de maravilla que tienen las vacaciones desempeñan un papel fundamental los modelos extraídos de paisajes legendarios y de ficción que suponemos -quizá con excesiva rapidez y ligereza- fuera de la realidad cotidiana. Por ejemplo, en una casa rural o en el pueblo de los abuelos fácilmente podemos fantasear con haber llegado a uno de esos remansos de paz y contemplación que tanto la tradición mítica como la literaria nos han regalado, desde el paraíso terrenal bíblico al Shangri-la en el Himalaya de Horizontes perdidos (James Hilton, 1933) o el Rivendel crepuscular de los elfos de El señor de los anillos (J. R. R. Tolkien, 1954).

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Adaptación cinematográfica de Horizontes perdidos (Frank Capra, 1937), © Columbia Pictures Corporation.

Por supuesto no son lo mismo los emplazamientos de leyenda -la Atlántida- que los inventados -la casa de Madame Bovary-, lo aclara con estos dos ejemplos Umberto Eco en Historia de las tierras y los lugares legendarios (2013), ya que los primeros inspiran ilusiones y temores a partir de la creencia en su existencia, mientras que los segundos lo hacen desde la ficción narrativa. Sin embargo, cuando viajamos, no nos paramos a hacer distinciones de este tipo. Sencillamente vamos en busca de lo maravilloso echando mano de lo que invita a trascender al sopor del día a día.

A veces nos embarcamos en esa búsqueda casi sin saberlo. Así sucede cuando anhelamos playas blancas con cocoteros sin reparar en que trasladamos al plano tangible un imaginario a base de postales, calendarios, películas y novelas, incluidas tantas de James Bond. En otros casos lo hacemos conscientemente. Por ejemplo, la granja inglesa Top Withens no es la mansión de Cumbres Borrascosas (Emily Brontë, 1847), pero, como se dice que a la autora le sirvió de inspiración, ingentes cantidades de turistas se enfrentan a los páramos y las ovejas para sentirse dentro de su novela favorita. Del mismo modo, quien quiera aproximarse al lejano planeta Naboo de El ataque de los clones (George Lucas, 2002) sólo tiene que pasearse por una de sus localizaciones, la Plaza de España de Sevilla.

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La Plaza de España de Sevilla -con algunos retoques digitales, por supuesto- en La guerra de las galaxias: El ataque de los clones (George Lucas, 2002), © Lucasfilm Ltd. & TM.

Pensamos con cierta ingenuidad que las recreaciones de los mundos de fantasía se encuentran sólo en los parques de atracciones y su arquitectura imposible. Sin embargo, incluso el más paradigmático, el Walt Disney World Resort, en Orlando, está presidido por un castillo, el de Cenicienta, levantado a partir de un modelo que no forma parte de ningún complejo de ocio amurallado: el castillo de Neuschwanstein (Christian Jank, 1886), inspirado, a su vez, por la mitología germánica que tanto gustaba a su promotor, el rey Ludwig II. No hace falta el cartón piedra de ningún parque para encontrar homenajes a la ficción. Sin ir más lejos, en Verona está el balcón de Julieta Capuleto y en Tintagel la fortaleza donde nació el Rey Arturo, ambos personajes inventados -aunque pudieran basarse remotamente en personas de carne y hueso-.

No nos engañemos, lo maravilloso impregna los paisajes de tal manera que ya no hay vuelta atrás. Así, en Transilvania el turista busca más al Drácula de la Universal y la Hammer que a su referente histórico, el héroe valaco Vlad Tepes. Del mismo modo, Manhattan, Rennes-le-Château y determinados enclaves de Malta y Croacia son, respectivamente, la serie Sexo en Nueva York (Darren Star, 1998-2004), la novela El código da Vinci (Dan Brown, 2003) y la adaptación televisiva de Juego de Tronos (David Benioff y D. B. Weiss, desde 2011). En consecuencia, los guías turísticos toman buena nota de lo maravilloso que resulta lo imaginario.

Con la mitología, el folklore, la ficción y el arte retocamos y transformamos esa realidad consensuada y compartida que en ocasiones es tan anodina. Lo recuerda con su acierto e ironía habituales el artista Manel Bayo en la obra Cop de flors [Golpe de flores] (2014), donde señala espacios urbanos degradados que, cual Marisol del mapping virtual, cubre "de luz y de color". Y no se trata de poner máscaras psicodélicas a la fealdad, sino de mirar de otra manera. Viajar en un crucero por los fiordos noruegos no es ir en un antiguo barco knarr, pero saber que se asoma la nariz al mismo frío de las sagas vikingas tiene algo de mágico, del mismo modo que es imposible caminar por Baker Street, en Londres, sin evocar a Sherlock Holmes. Como diría el pintor romántico Caspar David Friedrich, "cierra tu ojo físico y abre el ojo de la mente".

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Manel Bayo, imagen de la obra Cop de flors (2014), © cortesía del artista.

Umberto Eco, en su libro sobre los lugares legendarios -un libro de viajes en toda regla- defiende la realidad de las ilusiones. De un modo parecido, en 2011 Ana María Matute acababa su discurso de aceptación del Premio Cervantes pidiendo que se admita la ficción como una parte más de la vida: "Si en algún momento tropiezan con una historia, o con alguna de las criaturas que trasmiten mis libros, por favor, créanselas. Créanselas porque me las he inventado". Todo ello porque la separación entre la realidad tangible y las utopías de la imaginación, antaño tan férrea e infranqueable, hoy está, quizá, más de capa caída de lo que parecía. Especialmente en vacaciones.

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