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Roma tenía al César, Estados Unidos tiene a Trump: la gente estaba y está desesperada

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CESAR Y TRUMP
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Soy profesor de Historia Antigua de una Facultad de Humanidades del medio oeste de Estados Unidos. Cuando me preguntan a qué me dedico, suelen preguntarme si Estados Unidos se está derrumbando como el Imperio romano en su día. Quieren saber lo que significa para el futuro del país la victoria de Donald Trump y si los romanos nos pueden dar alguna pista sobre por qué Trump ha sido capaz de conseguir uno de los triunfos políticos más asombrosos de la historia de Estados Unidos.

A los profesores no nos gusta dar respuestas cortas, pero hay ciertos paralelismos alarmantes entre la antigua Roma y el Estados Unidos actual, especialmente con respecto a las elecciones presidenciales de 2016.

Roma fue una civilización de ricos y pobres. Fue una república en la que los hombres podían votar, pero las elecciones las dominaba una aristocracia que manipulaba de forma rutinaria el proceso para que el poder siguiera siendo suyo. Se compraba a las masas con promesas de pan y circo, mientras que los ricos se daban banquetes y gestionaban los asuntos de Estado.

Simplemente, los romanos decidieron que preferían tener comida antes que libertad.

En ocasiones, la gente de a pie se rebelaba y exigía un trozo más grande del pastel, pero se les aplacaba con limosnas o con palizas propinadas por matones contratados por los gobernantes. La nobleza rara vez se tomaba en serio los apuros de los pobres, aunque, en ocasiones, había miembros de la élite que empleaban el descontento popular para hacerse con el poder político. Los nobles como los hermanos Gracchi, Clodio y, por supuesto, Julio César eran expertos en detectar el estado de ánimo del pueblo y en manipularlo para su propio beneficio.

Solemos imaginarnos que el Imperio romano cayó a manos de sudorosos bárbaros que entraron por las puertas de la ciudad atacando y matando a los ciudadanos que intentaban refugiarse en los templos de los dioses, pero no fue así. Simplemente, los romanos decidieron que preferían tener comida antes que libertad. Cuando, tras un siglo de conflictos civiles y turbulencias económicas, el César cruzó el río Rubicón, tomó las riendas del Estado y se proclamó dictador de por vida, el pueblo le vitoreó y le dio la bienvenida. La nobleza no era capaz de entender lo que estaba sucediendo. ¿Es que los plebeyos habían perdido la cabeza? No, simplemente estaban cansados de ser ninguneados por una élite que no se preocupaba por ellos. Quizá el César era mejor. Estaba claro que peor no podía ser.

Vivo en un pueblecito rural de Iowa (uno de esos estados republicanos al que los progresistas de las costas suelen tildar de irrelevante, excepto cuando quieren comer). Mis vecinos, que colocaron carteles de apoyo a Trump durante las elecciones, son buenas personas cuyas familias están sufriendo y creen -con razón- que en Washington a nadie le importa en lo que se han convertido sus vidas. Salvo raras excepciones, no odian a los inmigrantes ni a las minorías y sienten vergüenza ajena cuando Trump presume de abusar de las mujeres.

Mis vecinos, que colocaron carteles de apoyo a Trump durante las elecciones, son buenas personas cuyas familias están sufriendo y creen -con razón- que en Washington a nadie le importa en lo que se han convertido sus vidas.

Pero aquí hay muchas personas que han perdido su trabajo en una economía cambiante en la que no saben qué hacer. Invito a todo el mundo a darse una vuelta por mi pueblo y a ver que las tiendas están llenas de carteles en los que los vecinos anuncian la venta de platos caseros para poder pagar las facturas del médico. Mis vecinos no van a tomar el brunch los domingos por la mañana; van a la iglesia y rezan por tener una vida mejor. Como la gente de a pie de la antigua Roma, estaban dispuestos a darle una oportunidad a cualquiera que les ofreciera alguna esperanza.

Es demasiado fácil decir que Donald Trump es un demagogo que le hará a Estados Unidos lo mismo que el César le hizo al Imperio romano. La Historia no es tan simple. Pero, para entender por qué mis vecinos votaron lo que votaron estas elecciones, se puede aprender mucho de la antigua Roma.

Este post fue publicado originalmente en 'The WorldPost' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.