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Sobre catalanes terroristas, totalitaristas y bobos

04/10/2013 07:23 CEST | Actualizado 03/12/2013 11:12 CET

Corren por la red informes científicos avalados por la Unión Europea en los que se plantea la hipótesis de que una Cataluña independiente sufra cambios inesperados e irreversibles, a saber: expulsada de la península ibérica a palanca se convertiría en una isla rodeada por cocodrilos con un clima similar al de Chad, lo que motivaría que ya no fuera considerada parte de Europa sino de África; los catalanes tendrían que viajar en patera a España, donde no serían bien vistos, para buscar trabajo; y lo que es infinitamente peor, el Barça jugaría la Champion League africana. Gerardo Martino, por si acaso, ya se ha quejado de los largos desplazamientos. "Lo veo todo, este, muy negro", ha comentado el entrenador argentino.

¿Imposible? Cataluña es un tema que excita mucho la imaginación. Pero mucho. Y no sólo entre los fervientes defensores de los grandes valores de la patria española, a quienes cada vez que escuchan algo sobre Cataluña les sale un salpullido en el trasero y se pasan el día rascándoselo con fruición.

En las últimas semanas he leído cosas sorprendentes que nunca hubiera pensado que una persona sensata pudiera afirmar. Nunca hubiera pensado que Juan Alberto Belloch pudiera comparar con terroristas a cualquiera que defienda la independecia de Cataluña. Y eso lo dice alguien que ha compartido partido político con miembros del GAL; por ende, según la lógica bellochquiana, cualquiera que defienda la unidad de España es un terrorista.

Otra persona que me ha sorprendido por su retórica es Javier Cercas, experto agitador de hormigueros. En uno de sus últimos textos publicados en El País define la situación en Cataluña como totalitarismo soft, una forma despectiva de llamar a una corriente de pensamiento, en teoría, mayoritaria. El totalitarismo soft de la ciudadanía es el que, en general, impone, por ejemplo, lo políticamente correcto. Para contrarrestar, hay otras voces de gente de la calle que demuestran que se puede vivir en Cataluña incluso sin participar de la corriente que impone ese totalitarismo soft. Más adelante, Javier Cercas se descuelga con la idea de que no se puede exigir un derecho que no existe. Que un derecho no exista, no significa que no pueda existir. Hablamos de leyes humanas, no de leyes divinas. Para todo derecho, como para todo estado, siempre ha habido una primera vez.

Otro texto que me ha llamado la atención es el de César García, compañero bloguero del HuffPost y experto en temas americanos (Goyo Jiménez, tiembla) y catalanes. En él afirma: "Los catalanes están perfectamente informados de lo que pasa. (...) Pero la información no equivale a sabiduría, la cual no puede enseñarse y sólo se adquiere como producto de la interacción entre conocimiento y vida". Pero claro, la única interacción válida entre conocimiento y vida es la del autor del artículo, no la de los catalanes o la de cualquier otra persona a título individual. En el fondo estoy de acuerdo con él, la sobreinformación no equivale a sabiduría. Así como ser profesor universitario tampoco es garantía de que uno sea sabio. Eso es algo que yo les repito mucho a mis alumnos.

En el fondo comprendo todos estos ejercicios de dialéctica. Aceptar un referendum significa aceptar la posibilidad real de que Cataluña alcance la independencia. Muchos de los que defienden la unidad de España no pueden aceptar dar este paso en una dirección opuesta a sus pensamientos y sentimientos y se enredan en extrañas justificaciones. Hay que ser una persona muy madura para aceptar que alguien no quiera ser lo que tú eres sin sentirlo como un desprecio. Creo que cada uno debe preguntarse a sí mismo si lo más importante es defender la unidad de España a toda costa o defender un referendum como expresión de la democracia.

Yo, por mi parte, prometo no volver a escribir sobre este tema tan cansino hasta el año que viene.