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Tengo suerte. Es una bendición elegir una vida artística y tener un trabajo que a veces te permite cambiar las cosas. Merece la pena pagar el precio en tu vida pública.

Aunque, en ocasiones, implica resignarse a la humillación y, otras veces, entender cuándo los silencios perpetúan un problema mayor.

En octubre de 2014, un artículo publicado en un tabloide informó de que posiblemente me había operado los ojos.

No importaba, era sólo una historia más en la inmensa pila de estiércol que genera cada día la prensa sensacionalista, alimentado por titulares explosivos y gente aficionada a la crueldad cobarde desde sus púlpitos anónimos de Internet.

En los intereses del periodismo de tabloide -que se beneficia del caos y escándalo que genera e inyecta en la vida de la gente- y la consiguiente humillación, la verdad queda reducida a ser una nota al margen de un argumento ficticio. No creo que haya ninguna dignidad en dar explicaciones a quienes comercian con escándalos inventados o en buscar la aprobación de aquellos que hacen de reírse de los demás un deporte.

Aun así, en nuestra cultura de transparencia no solicitada, ropa sucia televisada y gente exponiendo todos sus detalles más íntimos a cambio de atención y notoriedad, parece que la opción de valorar la privacidad levanta suspicacias. Alguien mentiroso que oculta un comportamiento malévolo. "Lo niega" implica un intento de cubrir la supuesta "verdad expuesta" por el sensacionalismo.

¿Y si las insulsas historias sensacionalistas, los juicios y malentendidos quedaran confinadas en el tarro de entretenimiento vulgar y se sustituyeran en los medios de masas por conversaciones mucho más importantes y necesarias?

Y, mientras en Internet la historia artificial, por su atractivo morboso para las mentes curiosas, se convierte en supuesta verdad en cuestión de momentos, elegir la dignidad del silencio en lugar de involucrarse con el comercio de la cruel ficción te deja vulnerable no sólo al ridículo habitual, sino también a ver la vida de uno asaltada por aquellos que se benefician por el escándalo inventado.

Hoy no escribo porque haya sido acosada públicamente o porque se haya cuestionado el valor de mi trabajo por un crítico cuyo ideal físico está basado en un personaje ficticio de hace 16 años, sobre el que siente una posesión, y que ya no alcanzo.

No escribo en protesta por la asquerosa suposición de que el valor de una persona y su contribución profesional se ven devaluadas si presuntamente cede a las presiones sociales sobre la apariencia, y debe justificar sus elecciones personales en un juicio público.

No escribo porque crea que es un derecho individual tomar decisiones sobre el cuerpo propio, sea cual sea el motivo, sin que seas juzgado o juzgada por ello.

Escribo porque, para ser fiel a mí misma, debo defender las verdades de mi vida y porque ver cómo se transforma el rumor de tabloide en verdad es realmente preocupante. La sensacionalista historia de la "cirugía de los ojos" por sí misma no tiene importancia, pero catalizó mi inclusión en el consiguiente hilo de noticias legítimas sobre la autoaceptación y las mujeres que sucumben a la presión social para parecer y envejecer de cierta manera. En mi opinión, que la suposición del tabloide se convierta en una noticia de la que informan los grandes medios, sí importa.

No es que le importe a nadie, pero no tomé la decisión de cambiar mi cara y operarme los ojos. Este hecho no es relevante para nadie, pero que la mera posibilidad fuera discutida por los periodistas serios y se convirtiera en tema de conversación generalizada es una desconcertante ilustración de la confusión entre noticias/entretenimiento y la fijación social por lo físico.

No es un secreto que históricamente el valor de una mujer se ha medido por su apariencia. Aunque hemos evolucionado hasta admitir la importancia de la participación femenina en el éxito de la sociedad, y damos por supuesto que las mujeres también marcan los estándares y todos los puestos de alto nivel e influencia, el doble rasero a la hora de valorar nuestra contribución permanece, y se perpetúa por la conversación negativa que introducimos en nuestro día a día como entretenimiento fácil.

¿Demasiado delgada, demasiado gorda, se le ve mayor, mejor como morena, muslos con celulitis, escandaloso lifting, quedándose calva, barrigona o hinchada? Zapatos feos, pies feos, sonrisa fea, manos feas, vestido feo, risa fea; material de titulares que enfatiza las variables que pretenden determinar el valor de una persona y servir de parámetros en, cuyo estrecho margen, cada uno de nosotros debemos entrar para ser considerados socialmente aceptables y profesionalmente valiosos, y para evitar un doloroso ridículo.

De esto sacamos un mensaje problemático para las generaciones más jóvenes y mentes más volubles. Además, sin lugar a dudas, da pie a cuestiones sobre prejuicios, igualdad, autoaceptación, abusos y salud.

No es un secreto que históricamente el valor de una mujer se ha medido por su apariencia.

La expansión de la recepción de noticias online de historias sensacionalistas y humillantes, juicios malintencionados e información falsa no resulta inofensiva.

Cada vez consume más tiempo de exposición a incontables eventos inéditos y de vital importancia que están afectando al mundo. Satura nuestra cultura, perpetúa unos estándares desagradables y poco inteligentes, degrada el nivel del discurso social y político, normaliza la crueldad como norma cultural y avasalla a la gente con información que no es importante.

¿Y si las insulsas historias sensacionalistas, los juicios y malentendidos quedaran confinadas en el tarro de entretenimiento vulgar y se sustituyeran en los medios de masas por conversaciones mucho más importantes y necesarias?

¿Y si tuviéramos más cuidado y fuéramos más conscientes de lo que elegimos, de cómo canalizamos nuestra energía y de lo que compramos, recordando que la información -tanto real como ficticia- se suele tratar como una mercancía y que sus contenidos y cómo se usa tienen consecuencias personales, sociales y públicas?

A lo mejor podríamos hablar más de por qué parece que compartimos un apetito común por ser testigos de la degradación y humillación de personas con ataques a su apariencia y carácter y cómo esto afecta a las generaciones más jóvenes y daña la igualdad. A lo mejor podríamos hablar más sobre cómo medios serios se han vuelto vulnerables a la ambigüedad noticias/entretenimiento, lo que peligrosamente allana el camino para invenciones peores que inundan -aún más- la conciencia del público. A lo mejor podríamos hablar de la gran cantidad de retos a los que se enfrenta nuestra sociedad y de cómo podemos hacerlo mejor.

Este artículo fue publicado originalmente en la sección de voces de la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés.

En una primera versión de este artículo, en el párrafo 12 escribimos por error la frase "No es que le importe a nadie, pero decidí cambiar mi cara y operarme los ojos" cuando debería haberse leído "No es que le importe a nadie, pero no tomé la decisión de cambiar mi cara y operarme los ojos"