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Heridas de un fuego redondo

29/09/2013 09:07 CEST | Actualizado 28/11/2013 11:12 CET

"Today, however, she didn't go looking for urchins or broken shells. She simply walked to the end of the earth and stood a while". John Burnside, A Summer of Drowning

Día de Navidad de 1989 en Targoviste, al sur de Rumanía. El dictador Nicolae Ceaucescu y su esposa Elena son fusilados tras un juicio público ante millones de espectadores. Sus cuerpos caen bajo las balas envueltos en lujosos abrigos. En ese momento, muy cerca de allí, Ami comienza a respirar. Dos años después su madre la abandona en un orfanato. Ahora está sentada ante mí y su piel todavía respira furia por aquel momento.

En una zona indefinida cerca del puerto de Valencia. María, que entonces tenía seis años, baja asustada del coche en el que el amante de su madre acaba de tocar su cuerpo por primera vez. No recuerda mucho más, un paisaje borroso con grúas y barcos a lo lejos. Las palabras del hombre que le dice que sea buena y vuelva a subir al vehículo. Lo hace.

Ami y María son prostitutas. Tienen la misma edad, veinticuatro. La primera es distante y brusca, se ha construido una coraza de ira. La segunda es dulce y amable. "Ten cuidado que hoy no me he tomado la pastilla", me dice sonriendo para recordarme que sufre un trastorno límite de personalidad y que su carácter, por ello, es inestable. Me enseña las habitaciones de la casa de citas como quien muestra apartamentos en venta. Su falda apenas oculta la ausencia de ropa interior.

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Las manos de la suerte

Se escucha una voz femenina desde el fondo del pasillo. Anuncia que hay una "presentación". Es la jerga que anuncia la entrada de un nuevo cliente ante el que desfilan las mujeres para que decida con cuál (o cuáles) va a tener sexo. Durante los días que he convivido con ellas en la casa de citas lo he contemplado a menudo a través de los monitores de un circuito interno de vigilancia. Ese ritual en el que ellos miran la mercancía y eligen a una o varias. El sonido rápido de los tacones sobre la madera con unos euros en la mano, las sábanas, las toallas, las llaves de una habitación. Hombres que entran, un taxista que espera el cobro de su comisión. Todo está a la vista hasta que el pago del servicio abre la puerta a la intimidad del sexo.

Ami no siente nada. Eso dice. Sus compañeras lo corroboran. Se ha puesto un hermoso vestido blanco bajo el que asoma un ropa interior delicada y nueva. Su cuerpo está en tensión permanente, distante, cubierto por una línea imaginaria de arpones. "No sé quién es mi padre (...) mi madre nos dejó a mí y a mi hermano en el orfanato cuando se quedó embarazada de su quinto hijo. Al final somos seis, dos de un padre rumano, uno de un alemán, el mío -dicen que es húngaro- otro de nuevo con un rumano y el sexto con un español". Habla como quien golpea en un combate, suelta las palabras y espera un nuevo ataque. Poco a poco añade piezas. Esquiva mi mirada cuando le pregunto por la vida en el orfanato. Pone un ejemplo estremecedor. "Domíamos todos los pequeños juntos en un cuarto con literas. Nos desnudaban y nos metían en la ducha, puestos en fila, y nos limpiaban el culo con una escoba de paja, con la misma a todos. La mierda de uno pasaba al siguiente". Después abandona la habitación (un pequeño bar con sofás, revistas de mujeres desnudas, botellas de alcohol caro y un interruptor que conecta al cliente con el exterior) y se va a fumar.

Con María hablo en otra estancia, más pequeña. Abro las ventanas, me falta oxígeno en este espacio diseñado para el mercado sexual. El sofá de piel blanca muestra la herida de un fuego redondo. Me ha hecho esperar, iba a la farmacia pero vuelve cargada con bolsas de ropa. Su madre trabajaba y su padre llegaba tarde a casa después de beber más de la cuenta. "Ella hablaba conmigo de cosas de las que no tenía que hablar, me decía que de ese hombre no le dijera nada a mi padre. Un par de veces a la semana venía a recogerme al colegio". El aire golpea la persiana y nos interrumpe. Me tranquiliza. Le aseguro que no tiene por qué seguir si no lo desea. "No te preocupes". Baja la mirada, sonríe, respira hondo. "Al principio era en el coche y luego en una especie de motel, una habitación supercutre. Creo que el sitio se llamaba Las Vegas. Recuerdo un bidé sucio, dos mesitas horribles y el olor, el olor no se ha ido de mi cabeza. Ese ambientador lo recuerdo como si fuera ahora. Ya habíamos estado algunas veces antes de ese día, solo me tocaba y me hacía que se la chupara. Pero esa vez me dijo que ya era mayor, se puso un preservativo, se lo apretó en la base con una goma y me separó las piernas. Me dolió mucho. Grité tanto que tuvo que parar". Nos miramos en silencio, ella acaricia unos pequeños tatuajes que se acaba de hacer en una mano. La cortina ondea sin control. Llegan hombres. Hay que salir a presentarse.

El edificio es un bloque gris no muy lejos del centro de la ciudad. Cuando un dedo pulsa el interruptor del portal se pone en marcha la máquina. Se mide, se calcula. Este es un centro de producción. 24 horas al día, 365 días al año. Una fábrica, un comercio que ofrece el producto más viejo del mundo. La posesión de un cuerpo. Sentado en un rincón de la oficina observo el mecanismo. Una chica me ofrece un croisán relleno de chocolate y me recomienda una serie sobre una joven que es "lumi" -se ve que este es el eufemismo en boga- y que emiten en no sé qué canal. Espero a Sara, que es una de las veteranas de este lugar en el que trabajan cerca de cuarenta mujeres. Aprovecho los tiempos muertos para intentar entender lo que veo, para administrar el dolor que me causa. Un póster de una morena desnuda, un calendario, una lista a boli con los locales de comida rápida más cercana. El teléfono suena sin parar. Piden chicas. Otras llaman para informar de que han cobrado el servicio en algún lugar (cuando salen llevan en el bolso un datáfono para las tarjetas de crédito). Una avisa de un retraso. Una no aparece. El proveedor de preservativos anuncia una subida de precios, el de los limones ofrece un nuevo producto (ya los traen cortados). Entran mujeres, salen mujeres. Llevan tacones imposibles, peinados perfectos. La encargada le cambia el agua a una rosa de jericó que vive en un bol junto a las pantallas del circuito de vigilancia. En la pared, pegada con celo, arrugada por el tiempo, una cuartilla fotocopiada con una foto y un texto de Albert Einstein recuerda que "hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo". Resulta irónico en este contexto. El genio de la física era un misógino.

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Las palabras atribuidas a Albert Einstein sirven lo mismo para un coaching de ejecutivos que para motivar a las prostitutas en su trabajo. Estas palabras, en este contexto, producen escalofríos.

En ocasiones llego a la puerta y vuelvo sobre mis pasos. No sé muy bien qué hacer. Otras me armo de valor y llamo. Atravieso la barrera de ambientador, los espejos, las paredes decoradas de lujo prostibulario, viajo en el ascensor con mujeres en bragas. Saben quién soy, a fin de cuentas su jefe me ha permitido deambular por el local. Saben que soy alguien que no gasta dinero en sexo. Un hombre invisible. Sara es una puta sin complejos, en los cuarenta, experimentada. Dice ser feliz. Alquien que huye (o eso me quiere hacer creer) de los dramas. "Mira, hay putas por vicio y por dinero. Y otra cosa... la mayoría son lesbianas, si se lo montan con tíos sus novias no piensan que les han puesto los cuernos". Sara vendría a ser la eterna empleada del mes y la es la única que se ofrece a posar para mí. Trabajó durante años como "gestora de tiendas de alimentación" y se casó con un hombre que vivía por encima de sus posibilidades y se enamoró de otra. De modo que "como no estaba valorada" en el trabajo decidió tomar las riendas de su vida. "No es duro acostarse con un tío, la mayoría de las veces no tienes sexo con ellos porque vienen aquí jodidos de fuera, con demasiados problemas y demasiado alcohol en el cuerpo". Se ajusta un tirante del sostén. Más o menos una vez cada veinte segundos. "Somos igual de dignas que esas tías que van a una discoteca y te las follas la primera noche".

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Sara, en una de las habitaciones del prostíbulo en el que trabaja.

Intento establecer los límites exactos en este mundo de mentiras. Ami comienza poco a poco a hablar. Ya no me pide dinero cada cinco minutos. Pudo ser feliz, casi llego a serlo. Un día se interesó por ella un matrimonio danés que se la llevaban en vacaciones y el resto del año le hacían llegar paquetes con ropa. "Cuando cumplí 12 años iniciaron los trámites para adoptarme, pero mi madre no quiso firmar los papeles (...) aunque no la culpo, ella tampoco ha tenido una buena vida". Siguieron viéndola, pasaba mucho tiempo con ellos, incluso fue operada en Dinamarca de un quiste benigno en el pecho ("mi madre se enteró y estuvo en el hospital, pero en aquella época estaba en Italia y se volvió") pero un par de años después el sueño de la estabilidad se trunca. "Se murieron los dos en poco tiempo, ella de un cáncer de pulmón y él de una enfermedad del corazón... así que me devolvieron al orfanato". Se hace un silencio profundo. El perro de Ami, un Shih tzu mil veces cepillado, dormita junto a la puerta y a punto está de morir aplastado cuando la encargada abre y anuncia la llegada de clientes.

Veo a María pasar corriendo. Me sonríe. Pero hay algo de terrible tristeza en el fondo de sus ojos, aunque sé que el lagrimeo es un síntoma del consumo de determinadas drogas. Vuelvo a una de nuestras conversaciones. Silenció los abusos sexuales hasta los 15 años. Hasta esa edad, en que le contó la historia a un novio y éste a su vez a su madre, no abrió la boca. "Ella quedó con él y lo negó todo, después pusimos una denuncia pero lo absolvieron por falta de pruebas. No le echo la culpa, no siento odio por él (...) lo único en lo que pienso es que ahora mi hija tiene la edad que yo tenía cuando empezó aquello y que si alguien le hace eso... le mato". Tomo la cámara y le hago unas fotos. Sus compañeras me han advertido sobre el tiovivo emocional que es su mente, pero conectamos en ese punto frágil en el que decides confiar en alguien. Luego me explica cómo acabó haciendo este trabajo: uniéndose a un yonki que la maltrataba. "Una vez me encerró en casa con él dento y empezó a pegarme y no paró hasta que los bomberos tiraron la puerta, le pusieron una orden de alejamiento y acabó en la cárcel, pero yo iba a verlo, seguí con él... le daba el dinero porque tenía que vestir bien. Hasta que me cansé y lo dejé".

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Un completo sistema de seguridad vela porque nada vaya mal dentro ni fuera.

Cuando salgo del prostíbulo me golpean el calor y el oxígeno. Me invade una sensación de irrealidad. Me quedo en la calle observando el bloque gris en el que trabajan todas esas mujeres, ese edificio con aspecto de hotel en que ellas alquilan habitaciones. Esa trampa legal para seguir con un negocio tan productivo. Desfilan ante mis ojos fotografías, películas y lecturas de tantos años. Las putas siempre han estado ahí, como un ejército silencioso de la noche y Sara me recuerda que, aunque cada vez es más raro, todavía "hay algún padre que trae al hijo para desvirgar" y que existen clientes con los que se establece una relación de confianza: "Tengo algunos abuelos que ya llevo tantos años con ellos... bueno, vienen de vez en cuando, pagan media hora porque no les da la pensión para más y se conforman con tocarme las tetas y el culo, ya no se les levanta, y me cuentan cómo va su vida, si han tenido un nuevo nieto, si se ha muerto un cuñado... esas cosas". Sara resulta ser una enciclopedia del gremio, desde los años del esplendor valenciano, "había tíos de esos de mándame a diez para follar que lo pagaban todo", piensa que las de su oficio "hacen mucho bien a la gente" y que "el dinero siempre va por delante". Se sabe todos los trucos del oficio y vive algunas situaciones que darían para un culebrón bizarro: "Hay un matrimonio al que voy a ver a su casa desde hace ocho años y me quedo allí a dormir, luego desayunamos juntos como si fuéramos una familia". Aunque en este trabajo ir cumpliendo años es duro y la crisis también hace mella en los beneficios, pero ella no es de las tiene miedo... "es verdad, ahora solo vas a follar, antes te llevaban por ahí, te compraban ropa, zapatos... había mucho maricón que no quería ir solo a las fiestas". Sara se detiene, me mira las manos. Le pregunto. Me responde: "Ah, bueno... es que según su tamaño sé de cómo es la polla". Cierro la libreta, ha llegado el momento de irse.

En el cuarto de al lado un hombre ha perdido el rumbo. Lleva muchas horas en el local. Apura una copa y con ella se bebe sus últimos euros. La chica que le acompañaba está nerviosa, no sabe cómo hacer que se vaya. Él se empeña en tener su compañía, mientras anuncia la llegada de unos amigos con dinero fresco. Es uno de esos monólogos circulares de los excesos humanos. Deciden dejarlo tranquilo, hasta que vuelve a empezar el ciclo. Al final se queda sentado en el sofá. Luego llegan sus amigos y se lo llevan envuelto en una nube de humo. La tela de su camisa está húmeda. Sus pupilas siguen dilatadas.

Me queda una conversación con Ami, interrumpida por el trabajo. Ese día está de mejor humor. Un poco. Pero se cabrea enseguida porque no deja de darle vueltas a la idea obsesiva de que tenía derecho a una infancia feliz. Me mira de reojo. Me cuenta que abandonó el orfanato y se vino a España e intentó recuperar la relación con su madre. "Ella trabajaba en un hotel de Murcia y acababa de tener un bebé. Intenté ayudarla con el niño, intenté quedarme con ella, pero me rechazó, me dijo que era una puta, me dio 75 euros y me dejó en la estación". Luego me habla del dinero y del odio a los hombres. Esa constante entre estas paredes: "Lo único que quieren es vaciar los huevos... una vez me enamoré de un cliente, me equivoqué, no había nada de verdad, nunca puedes esperar nada de sentimiento, no quiero saber nada de sentimientos, aquí se paga, aquí buscas a Ami, la puta".