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Lo que Hitler nos dejó

08/03/2013 08:31 CET | Actualizado 07/05/2013 11:12 CEST

Hace poco menos de doscientos años, cada ciudad y pueblo se regía por su hora local, aquella que quedaba establecida por el Sol según su longitud. Entonces, las pequeñas diferencias en la hora solar entre lugares alejados unas decenas o centenares de kilómetros no suponían ningún problema para las relaciones entre ellos, fundamentalmente por dos motivos: los tiempos de viaje eran suficientemente largos como para que unos pocos minutos de diferencia no fuesen relevantes, y no había comunicaciones instantáneas entre ellos.

Este problema se agravó con la aparición del ferrocarril, y la necesidad que tuvieron las primeras compañías ferroviarias de establecer unos horarios coherentes para sus servicios, que entonces suponían un increible avance en el transporte terrestre, y se agravó todavía más con la llegada del telégrafo, que permitía las comunicaciones instantáneas entre lugares alejados cientos de kilómetros. El primer país que sufrió estos problemas, por su más adelantanda industrialización, fue Gran Bretaña. Los británicos del siglo XIX encontraron diferentes soluciones: las compañías ferroviarias empezaron utilizando en todos sus horarios y estaciones la hora de la sede de la empresa; pero esto no era lo más efectivo ni coherente. Así, en poco tiempo, se estandarizó un huso horario diferente de la hora local (solar) de cada asentamiento humano. Finalmente, en 1880, la hora de Londres, tomada por la hora solar en la longitud del Observatorio de Greenwich, en las afueras de la capital, se hizo oficial en Gran Bretaña. Fue el nacimiento del actual sistema de husos horarios, que se vería ratificado cuando poco tiempo después, en un congreso celebrado en los Estados Unidos, la comunidad internacional decidiera adoptar el Meridiano del Observatorio de Greenwich en Londres como meridiano 0º, que tendría por tanto su antimeridiano (el 180º, o la línea natural de cambio de fecha, que no se corresponde con la Línea Internacional de cambio de fecha por las modificaciones a la que a esta última han sometido los diferentes Estados por motivos políticos o económicos).

La Tierra queda dividida, desde entonces, en 24 husos horarios; de 15º de longitud cada uno de ellos, sumando en total los 360º de la circunferencia de un paralelo. Los husos están centrados en cada uno de los paralelos desde el 0º hasta el 180º hacia el Este y el Oeste, cada 15º y se extienden 7,5º a Este y Oeste de cada uno de los paralelos centrales de los husos. Estos son los husos naturales, aunque evidentemente están tomados por convención; pero los Estados los han modificado adscribiendo su territorio a uno u otro huso según su conveniencia. Un ejemplo es la República Popular China, que a pesar de que tiene su territorio continental extendido entre el huso GMT+5 (5 horas más que en Londres; GMT son las siglas inglesas de Greenwich Mean Time) y el GMT+9, tiene como hora oficial para todo él la hora de su capital, Pekín (el GMT+8). Esto lleva a una peculiar circuntancia en sus fronteras más occidental y más oriental: a pesar de compartir hora solar, hay tres o más horas de diferencia con sus vecinos Rusia, al Este, o Pakistán y Afganistán, al Oeste.

En España muchas veces se habla de nuestras peculiaridades horarias, y algunos casi se enorgullecen de ellas como si de un símbolo de la identidad nacional se tratara. Los españoles "se levantan tarde" dicen, y "trasnochan mucho", lo que por cierto, ayuda a extender globalmente la idea de que los españoles "son vagos". Aunque no lo parezca, los husos horarios, los nazis y la Segunda Guerra Mundial tienen mucho que ver con esto: prácticamente son los únicos responsables.

Mientras que a principios del siglo pasado, la mayoría de las naciones del mundo se habían adaptado a los husos horarios y se habían establecido oficialmente aquellos que se correspondían para su ubicación geográfica siguiendo el criterio del meridiano cero en Greenwich (aunque algunas tenían por tradición usar sus propios meridianos origen), la asociación entre la nación y su huso horario pareció surgir como un elemento más de la unificación nacional propia de las ideas nacionalistas. España, como casi todos los Estados, se había adaptado ya a aquel sistema, y regía en la península el huso horario de Greenwich, como correspondía por coherencia geográfica. La península ibérica se encuentra prácticamente en su totalidad dentro del huso horario que tiene por meridiano central el de Greenwich, que no en vano, pasa por territorio peninsular español. La excepción está en la Galicia occidental, que queda geográficamente en el huso horario solar GMT-1 (es decir, una hora menos que en Greenwich), aunque por motivos políticos comparta hora oficial con el resto de la España peninsular.

Esto fue así hasta la expansión nazi en la Segunda Guerra Mundial. Los alemanes extendieron por la Europa dominada por el Eje no solo su régimen político y su espeluznante genocidio, sino también el huso horario que compartían las dos grandes potencias de su alianza: Alemania e Italia. Las capitales de aquellos dos países, Roma y Berlín, y la mayoría de su actual territorio, se encuentran dentro del huso horario GMT+1 -lo que hoy llamamos CET, Central European Time, u Hora de la Europa Central-. Su extensión territorial durante la Segunda Guerra Mundial llevó a las naciones conquistadas a adoptar el huso horario de la metropoli, aunque no se correspondía con su posición geográfica, pero así daba continuidad temporal al Reich.

Así los Países Bajos, Bélgica o Francia, que como ustedes saben, comparten longitud con el Reino Unido, y por tanto, comparten hora de Sol, están desde entonces adelantados una hora con respecto a la hora de Londres. En 1940, por decreto del entonces jefe del Estado español, el general Franco, se determinó que a partir del 16 de marzo, España sumase 60 minutos a su hora oficial, pasando de la hora que había sido oficial hasta entonces, la de Greenwich -que es oficial ahora en Marruecos, Portugal y el Reino Unido- a la hora de sus aliados Alemania e Italia, que por entonces parecían los llamados a ganar la guerra y convertirse en la potencia hegemónica de Occidente.

Así fue como Hitler cambió las costumbres españolas. Al tener una hora oficial que no se corresponde con la hora solar, por un rango de entre una hora en la región oriental de la península, y en inviero, hasta las casi tres horas en verano en Galicia, los españoles parecemos excéntricos según dicta el reloj internacional, aunque realmente hacemos nuestra vida según nuestra hora solar, la hora natural. Muchos autores afirman que la diferencia entre la hora solar y la hora oficial en España (tanto en la península como en Canarias, donde la hora oficial es la de Londres, pero la solar en una hora menos, GMT-1), es un lastre para la competitividad. Otros en cambio afirman la necesidad de esta incoherencia geográfica para tener mejores relaciones comerciales con nuestros vecinos europeos.

Lo cierto es que situarnos en el GMT+1 en invierno, y el GMT+2 en verano, cuando nuestro huso horario natural es el GMT no solo nos hace generar la imagen de España como "país perezoso" que madruga poco y trasnocha mucho (cuando en realidad los horarios con respecto al Sol son equivalentes a la Europa central), sino que además nos pone horariamente más lejos de los países emergentes de América Latina, de los Estados Unidos, y de nuestros vecinos Portugal y Marruecos (con los que compartimos fronteras terrestres), además del Reino Unido. Por el otro lado, no hay una ventaja real en compartir hora con Alemania, Suecia, Polonia o Hungría, por ejemplo, ya que la descompensamos con horarios laborales y comerciales adaptados a nuestra hora solar, por lo que a pesar de compartir huso horario perdemos varias horas al día para realizar contactos de negocios con aquellos países: nuestras oficinas abren y cierran más tarde que las suyas. Por contra, si adelantaramos la hora hasta llevarla a la hora solar y con ella, también los horarios empresariales, las dos horas o más de Sol que nos pueden llegar a diferenciar con el Centro y el Este europeo y que alteran los horarios laborales, se quedarían en solo una hora, la de diferencia oficial.

En diferentes momentos han surgido movimientos reivindicativos del cambio horario en Galicia, e incluso en el resto de España, con recomendaciones de paneles de expertos por la conciliación de la vida familiar y laboral. Lo cierto es que parece razonable para la economía española y la europea, y también para las relaciones sociales y familiares, hacer el cambio horario y determinar la hora oficial que nos corresponde por nuestra geografía.

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