"Europa puede ser un acicate para escapar de nuestros demonios identitarios"
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"Europa puede ser un acicate para escapar de nuestros demonios identitarios"

Exsecretario de Estado para la UE y embajador en Croacia o Turquía, el diplomático sevillano publica 'Europa: la otra patria', un libro "militante" a favor de lo que nos une, en tiempos de prioridades nacionales. Detecta peligros, pero también ve esperanza. 

El diplomático y escritor Juan González-Barba, en una imagen de su época como secretario de Estado para la Unión Europea.MAEC

Dos fantasmas recorriendo Europa: el de la invasión rusa de Ucrania y el del alejamiento de un aliado histórico como Estados Unidos. La conjunción de alarmas prendió la chispa en un ya preocupado Juan González-Barba (Sevilla, 1966) y de ahí nace ahora su último libro, Europa: la otra patria. Claves de una identidad compartida (Siglo XXI Editores), un repaso histórico, filosófico, político y hasta sentimental a lo que nos une en el viejo continente. 

El exsecretario de Estado para la Unión Europea (2020-2021), embajador en países como Croacia, Turquía y Sudán y también novelista, no oculta que se trata de una obra "militante", una defensa del proyecto comunitario -lejos de los señalamientos vacíos a los burócratas de Bruselas- que no viene a "ahogar" las distintas patrias, sino a compartirlas y ensancharlas. Desde su experiencia, que arranca en 1991, detecta los peligros, empezando por las "fuerzas eurohostiles", el irredentismo y el iliberalismo, pero es optimista porque los ciudadanos, al final, no se dejan embaucar. En eso confía. 

P: La prensa llenando titulares sobre la "prioridad nacional" y usted, como un verso suelto, hablando de una patria mayor. ¿Cómo es esa patria europea? ¿Es alternativa, es complementaria o excluyente?

R: Primero hay que explicar que fue la primera, porque cuando Europa equivalía a Cristianidad sólo se concebía pertenecer al cristianismo y, por tanto, pertenecer a Europa en su conjunto, a la civilización europea. Cuando se crean los Estados nacionales, esta primacía se va diluyendo pero, sobre todo, ya en la época de la secularización y la eclosión de los Estados nacionales, ya con la edad contemporánea y a partir del siglo XIX, se fija más la atención en la patria concreta nacional. Así, hasta que llegamos a las dos Guerras Mundiales. Entonces, se empieza a reelaborar otra vez una estructura supranacional, que al principio lo que se quiso es centrarla en lo que los ingleses llaman "Bread and Butter Cooperation", la cooperación de cosas muy concretas y tangibles. Y se dejaron todos los símbolos a las naciones.

Pero a medida que la integración progresaba y se veía que hacían falta más competencias para defender el proyecto y, sobre todo, cuando entramos en la época de la defensa, pues te das cuenta de que tienes que volver a replantearte lo más básico de todo y eso es, al fin, el afecto que se tiene hacia la criatura. Entonces hace falta un esfuerzo, primero uno intelectual y clarificador para decir qué es Europa y en qué ha consistido nuestra aventura europea, para realmente sentirte en casa allá donde estés en Europa. El objetivo al que habría que llegar es a ser como un español: cuando tienes una erupción volcánica en La Palma, que está a 3.000 kilómetros de distancia, tú lo sientes como tuyo porque hay ese afecto a España en su conjunto. Pues eso mismo, hay que lograr que se sienta como algo tuyo cuando algo está ocurriendo a 4.000 kilómetros de España en la frontera este de la Unión Europea.

P: Que nada de lo europeo nos sea ajeno... 

R: No cabe duda de que con la invasión y la agresión física de Rusia a Ucrania se ha avanzado mucho en ese sentido. Y es eso, lo básico, conseguir que ninguna parte de Europa te sea indiferente, que sientas un afecto hacia ella. Ese es el pretexto europeo y tiene, por supuesto, de complementar al nacional.

"Hay que lograr que se sienta como algo tuyo algo que está ocurriendo a 4.000 kilómetros de España, en la frontera este de la Unión"

P: ¿Es una cuestión de falta de emoción, de corazón, de coherencia, de conocimiento?

R: Bueno, yo creo que el corazón opera siempre sobre un conocimiento previo. Y si a ti lo que te están diciendo distintas opciones políticas es que lo que se defiende por parte de Europa es un globalismo aséptico, desprovisto de lo esencial y que además es enemigo de tu afecto principal, que es a la patria concreta, ahí es muy difícil que logres edificar un patriotismo más amplio. El mensaje que te están diciendo es que si tú haces eso, eres un traidor a tu auténtico afecto. Y, claro, hace falta un ejercicio intelectual previo, porque sin eso no se genera el afecto del que hablamos.

  Portada de 'Europa: la otra patria. Claves de una identidad compartida", de Juan González-Barba.Siglo XXI Editores

P: ¿Qué falta para fomentar ese patriotismo?

Para mí uno de los problemas es el déficit en símbolos. Reflexiono de eso en el libro y en artículos más antiguos. Básicamente, se nos ha olvidado -o quizás no se quiso poner de modo voluntario-, la integración de las estructuras institucionales de los Estados miembros, que son las conservadoras y las generadoras de símbolos, que son los jefes de Estado no ejecutivos. No hay ninguna instancia comunitaria que los relacione. Sólo hay unas reuniones que se llaman del Mecanismo Arriolo, que se circunscribe a los presidentes de democracias parlamentarias no ejecutivas, pero están fuera los reyes y están fuera también los jefes de Estado ejecutivos.

A mí se me ocurren al menos tres medidas en ese sentido. Para empezar, sugiero que esta cooperación la centralice el presidente del Consejo Europeo, que tenga un sombrero de jefe de Estado. Una vez que tú reúnas a todos los jefes de Estado, monárquicos republicanos y republicanos ejecutivos, a lo mejor un presidente Macron quiere delegar en alguien para asistir a esa reunión. Y sólo habría tres presidentes ejecutivos, que serían el chipriota, el francés y el rumano a medias, que son los que participan ellos en el Consejo Europeo. Pues se podrían hacer, por ejemplo, unas visitas en formato troika, que fuera un jefe de Estado republicano y un jefe de Estado monárquico, a países con los que hubiera una especial vinculación. Por ejemplo, ahora se está hablando mucho de Canadá o, también, a uno de los países candidatos a la adhesión o hasta latinoamericano, a raíz del acuerdo con Mercosur. Este tipo de cosas. 

Tú haces una visita institucional, como cuando va el jefe de Estado. Sólo hay seis reyes europeos, pero esos reyes tienen poder simbólico enorme, también, desparraman simbolismo, como decía Julián Marías, porque fueron los primeros europeos en el sentido de que se casaban entre sí y ellos crearon la familia europea. Nuestro rey Felipe, por ejemplo, tiene sangre de una docena de países europeos. Y yo cuando he estado de embajador o diplomático en países europeos, republicanos, y he presenciado visitas de reyes o del príncipe de Asturias lo que veo es que suscita un interés que va mucho más allá del que pueda haber hacia España. Abren muchísimas puertas.

P: Esa es su primera apuesta. ¿Las otras dos?

Lo segundo por lo que abogo serían unas condecoraciones europeas, que serían boton up, y no top down como han sido las que ahora ha instituido la orden del mérito civil, entregadas en Estrasburgo y con muy poca repercusión mediática. Propongo que haya una hornada o una promoción anual de condecoraciones que se den conjuntamente por cada uno de los jefes de Estado, con el presidente del Consejo Europeo, y que haya unas 60 al año, una cosa así. Dividiría a los países europeos en grandes, medianos y pequeños y daría cuatro, tres, dos y una... en cada caso. En uno grande, como sería España, el rey, con los mecanismos de refrendo que se fijen, propondría a cuatro españoles que, por las razones que considerara oportunas, han contribuido al europeísmo. Y luego, a toda la promoción de los 60 se reúne, el rey les daría los diplomas y las medallas ya se darían conjuntamente en el país de la presidencia por el presidente del Parlamento Europeo. Se conseguiría una visibilidad muy grande de los condecorados, mucho mayor de la que ha tenido ahora lo que han hecho los países europeos.

Y luego también, en ese foro de jefes de Estado, empezaría a diseñar el mapa europeo de la memoria histórica y sugeriría distintas fuentes para incorporar puntos que sean importantes de la memoria histórica. Por ejemplo, todos los edificios que sean patrimonio común de la humanidad de la UNESCO en Europa o todos los edificios en claves, automáticamente pasarían a la lista de la memoria europea. Hablo de lugares de nacimiento y fallecimiento de europeos ilustres o sitios emblemáticos que hayan tenido impacto en la historia compartida. Pienso, en España, en el Puerto Viejo de Palos [Huelva] o en la Escuela de Sagres, en Portugal. Lo más delicado serían las batallas, porque la narrativa nacional incluye a veces las batallas frente a los vecinos europeos. Haría falta el consentimiento de los que se consideren herederos de los vencidos. En el caso de España, pues debería darlo en la batalla de Aljubarrota [1385], que fue el momento fundacional de la nación portuguesa. Todos estos lugares y personajes están ya reconocidos por los estados, regiones o por los municipios, pero se trataría de darles un enfoque europeo. Tendríamos una lista que harían los jefes de Estados conjuntamente con el presidente del Consejo Europeo y daría una historia europea viva, se haría todos los años con 30 o 40 nuevos reconocimientos.

P: La clave es reducir distancias. 

R: Es que todo esto construye afecto y es ver a los jefes de Estado cooperando en ello. Imagine el impacto visual que tiene una reunión con los seis reyes europeos, los demás presidentes de la República y el presidente del Consejo Europeo. Le aseguro que mucha, muchísima más repercusión que cualquier Consejo Europeo desde el punto de vista de atractivo de la población, sin contar con el impacto simbólico enorme de los lugares de memoria. Nada de esto se hará en Bruselas, en uno de esos actos que los ciudadanos ven como uno más. Yo lo comparo con la visita del papa que, cuando realiza todo tipo de actos en el Vaticano, tiene mucha menos repercusión.

P: Destaca en su libro la certeza de que más que un proyecto político, un destino laboral o una unidad económica, hay muchas cosas que nos unen realmente y que a veces no vemos. ¿Con qué elementos clave de esa patria europea se quedaría?

R: Con los valores, para empezar. Más allá de esa influencia inicial del cristianismo en Europa, está además el sentimiento de una historia compartida. Y una de las cosas que solidifica mucho la sensación de pertenecer a un grupo o una organización común es cuando tienes que protegerte frente a enemigos exteriores. Eso al final hace que te sientas perteneciendo a un grupo que tiene que desarrollar mecanismos de defensa, pero no me refiero sólo a la defensa como tal. No cabe duda que ahora el éxito del proyecto europeo estriba en en que ha suscitado la inquina de enemigos muy poderosos, como la Rusia de Vladimir Putin o los EEUU de Donald Trump, que coinciden en intentar desmontar el proyecto. Esto crea también una sensación de pertenencia a un grupo común, que de repente, está en peligro. Si todo era más suave, si los roces con el exterior no se producían, pues es más difícil que percibas que tienes en común algo, o algo poderoso, con otro. ¿Yo, español, con un polaco o un finlandés o un chipriota, qué comparto? Cuando el proyecto se ve amenazado por fuerzas grandes y sientes que te tienes que unir, eso acentúa el valor común y también las experiencias comunes compartidas. Es una mezcla. 

P: ¿Los españoles hemos necesitado también este empujón de los últimos años? Las encuestas siempre decían que el sentimiento europeísta en nuestro país era bastante alto, por encima de la media.

R: En el libro, a España la califico como el proyecto nacional inacabado. No cabe duda que Europa fue desde el principio un acicate muy poderoso para lograr vencer a los demonios que teníamos, históricos y espirituales. Eso fue, en principio, uno de los grandes estímulos de la Transición y creo que Europa puede ser también un acicate -si se hacen bien las cosas- para escapar de nuestros demonios identitarios actuales, porque es una pugna en la que todos salimos perdiendo.

P: Frente a eso, vemos el auge de los nacionalismos, de la ultraderecha, la puesta en cuestión de estas instituciones de las que nos hemos dotado y que hasta se trata de reescribir la historia.

R: Hay quien dice que Europa ya sólo es un acto de fe. Otros, que hay que adaptarse. Precisamente, servir de revulsivo era en parte un objetivo de este libro, un llamamiento a creer en lo que somos. Yo creo que el principal riesgo, por fuertes que sean nuestros enemigos exteriores, es el que llevamos dentro: las fuerzas eurohostiles. Y singularizo ahí, especialmente, a Víctor Orbán, el exprimer ministro de Hungría. Lo he seguido muy de cerca, desde el principio, porque era un político inteligentísimo, que tenía una misión, una misión que le sobrepasaba, y una misión histórica. Cuando tú tienes un político con misión, tienes que echarte un poco a temblar, porque es capaz de cualquier cosa. Y esa misión en la que se vio él mismo coronado era recuperar la Hungría histórica.

"El principal riesgo, por fuertes que sean nuestros enemigos exteriores, es el que llevamos dentro: las fuerzas eurohostiles"

El Orbán primero, el Orbán liberal, se transmutó cuando se dejó infectar por el gran apóstol del irredentismo, que ha sido y sigue siendo Vladimir Putin. Una alianza contra natura que no se explicaba por razones históricas. Pensaba que si Putin terminaba triunfando en Ucrania, la moneda de pago, la recompensa que le daría, sería carta blanca para tratar, según él considerara conveniente, la minoría húngara de Transcarpatia. Con la excusa de justificarse, montó un grupo con una ideología que criticaba a los woke y el olvido de las raíces cristianas y muchos se dejaron atrapar por ese mensaje. Este riesgo está ahí, pero a mí lo que me induce al optimismo es ver cómo los europeos, en el fondo, cuando les llega el momento, no se dejan engañar por esos cantos de sirena. Lo hemos visto en las elecciones de Hungría de este año. 

El presidente ruso, Vladimir Putin, estrecha la mano del primer ministro húngaro, Viktor Orban, durante una reunión en Moscú, el 28 de noviembre de 2025.Alexander Nemenov / Pool via REUTERS

Lo que está sucediendo en Hungría es un canto al optimismo del futuro de la Unión Europea. Pero luego también fueron importantes, antes, aunque quizás pasaron desapercibidas, las elecciones presidenciales que hubo en Rumanía, como se votó a Nicusor Dan, el liberal, y no al candidato a George Simión, que era el candidato de Orban, porque no lo querían en absoluto. También lo hemos visto en Moldavia y en Armenia. De alguna manera, la población está diciendo que queremos liberarnos del influjo de Rusia y queremos acercarnos a Europa. A eso se suma la conversión de Giorgia Meloni, quieras que no, que llega con una agenda ideológica muy anti-europea, y luego se produce un cambio, que atribuyo a que los italianos han sido unos de los grandes artífices de Europa, antes de que se formara primero el Reino de Italia, y luego se convirtió en la República Italiana.

Así que, sí, es cierto que hay unas fuerzas internas en Europa contrarias al proyecto europeo, pero luego, la mayor parte de la población no quiere, bajo ningún concepto, ser responsable de la finiquitación que este proyecto, el mejor que se ha dado a lo largo de la historia europea, desde que se inicia Europa con Carlomagno.

"Lo que me induce al optimismo es ver cómo los europeos, en el fondo, cuando les llega el momento, no se dejan engañar por esos cantos de sirena"

P: En parte es optimista pero, ¿hasta qué punto cree usted que está en peligro esta patria de la que trata el libro?

R: Hay dos grandes riesgos. Uno es, por supuesto, el irredentismo, que es la mayor fuerza destructiva que pende sobre el futuro de Europa, y luego el otro es el iliberalismo. O sea, la democracia iliberal es un camelo, porque en el fondo es una democracia anti-europea. Europa se caracteriza por el equilibrio de poderes, que se puede garantizar de manera violenta o pacífica. Y si se garantiza de manera pacífica, que es la opción que se ha tomado desde que se crean las comunidades europeas en la década de los 50, eso es consustancial al mantenimiento del liberalismo, entendido como equilibrio de poderes en el interior de los países. Una democracia iliberal termina, si no sale de la Unión Europea o no se la expulsa, contaminando al resto del cuerpo, porque está basado en un control de poderes y en una confianza mutua hacia lo que haga el prójimo, en este caso, el otro Estado Unidos.

P: Le quería preguntar por la polémica de aquellas declaraciones de Von der Leyen, afirmando que "Europa no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido", que fue muy criticada por declarar el fin del orden mundial basado en reglas. ¿Fue un terremoto puntual?

R: Yo le diría que creo que fue una tormenta en un vaso de agua, porque en el fondo lo que puede hacer la presidenta de la Comisión en este sentido es muy limitado. Vamos a ver las reglas del juego: una presidenta de la comisión no tiene el poder que tiene un primer ministro, en el caso de Francia, el presidente de la República, para decidir, por ejemplo, utilizar la fuerza armada en el exterior de la frontera de su país, como ocurrió durante la primavera árabe. Eso no lo puede hacer la presidenta de la CE. Lo único quizá que puede hacer, y yo creo que por ahí van las palabras de Von der Leyen, es que la Unión Europea tiene no sólo valores, sino intereses que defender en el exterior. Una es, pongo por caso, el suministro de tierras raras. Y lo que no podemos es que tierras raras se encuentren en un país del Sahel y que ahora mismo, en el país del Sahel de que se trate, haya una junta militar. Si aplicamos las cláusulas de derechos humanos y otro tipo de cláusulas, no podemos establecer ningún tipo de relación con ese país. Y, sin embargo, Europa necesita las tierras raras, porque si no se queda sin industria tecnológica, por ejemplo.

Yo creo que la opción de Von der Leyen iba por ahí. Tenemos que coger y salvaguardar también unos intereses básicos, aunque nos cueste nuestra labor purista de defensa del valor. Es un debate muy legítimo, porque al final, si nos quedamos como los únicos guardianes de los derechos humanos en toda su extensión, resulta que van a llegar chinos, norteamericanos y otros países, se van a hacer con el control a través de acuerdos de la explotación de esas tierras raras y nosotros nos quedamos en una posición de extrema dependencia. Eso va en contra de la autonomía estratégica. 

"Tenemos que salvaguardar también unos intereses básicos, aunque nos cueste nuestra labor purista de defensa del valor. Es un debate muy legítimo"
La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, estrecha la mano del presidente de EEUU, Donald Trump, el club de golf Trump Turnberry (Escocia), el 27 de julio de 2025.Andrew Harnik / Getty

P: Desde su experiencia, ¿cómo ve las relaciones europeas con Estados Unidos? ¿Y puede sobrevivir la diplomacia a cuatro años de trumpismo? 

R: Yo creo que las relaciones se reconducirán. Es difícil que se pueda mantener una situación de confrontación perpetua, no sólo con Europa, sino con Trump, con el resto de sus aliados y en el interior de Estados Unidos. Lo que sí es cierto es que, cuando se reconduzcan, ya nada volverá a ser lo que fue. Sobre todo, porque Europa ha visto su vulnerabilidad en cuanto tiene una dependencia tan grande respecto a un país, y que podría volver a tener en el futuro con otro que se le parezca a Trump. No puede confiar su defensa u otro tipo de protección básica de sus intereses a un país que ya sabemos que de repente no es el aliado perenne, que puede volver a cambiar el camino. Yo creo que las relaciones se van a reconducir, pero no van a volver al momento inicial antes de que tuviéramos este sobresalto. La autonomía estratégica ha venido para quedarse.

"Europa no puede confiar su defensa u otro tipo de protección básica de sus intereses a un país que ya sabemos que de repente no es el aliado perenne, que puede volver a cambiar el camino"

P: ¿Hay particular ojeriza en EEUU contra España? Vivimos días convulsos con comentarios sobre si hay algún tipo de estrategia en este sentido. 

R: Creo que el objetivo de la actual administración, sobre todo, es evitar que la Unión Europea desarrolle unas competencias y adopte decisiones que puedan ir contra los intereses norteamericanos tal como los perciben. Por ejemplo, una de las cosas con las que norteamericanos se resienten de los europeos es el incremento de acuerdos de asociación con países de América Latina, que consideran su patio trasero y, por supuesto también, el apoyo a Canadá. Entonces me dice: ¿tiene algún tipo de reproche que hacer a España? Yo creo que tiene reproche que hacer a todos los europeos.

El choque más duro no ha sido con España, ha sido con Dinamarca, porque ha decidido plantarle cara frente a la reivindicación absolutamente fuera de todo lo imaginable de que le entregue Groenlandia a cambio de un dinero, pero también lo está teniendo con Francia o Alemania, que por ver las cosas de diferente manera están recibiendo palabras muy duras. Por supuesto, también con los británicos y con [Keir] Starmer la relación es muy, muy bronca. Lo es con todo aquel europeo que intenté defender lo europeo antes que cualquier otra cosa. O sea que nosotros, como españoles, sí que percibimos esos choques, pero digamos que está media Europa echando chispas ahora mismo, no somos sólo nosotros. Es generalizable.

P: En general, estamos en un momento en el que España está copando muchos titulares en el plano internacional, con Gaza o con Irán. ¿Cómo valora ahora mismo esa fuerza, esa posible influencia que pueda tener nuestro país en materia exterior? 

R: Creo que aquí la influencia no es tanto la española sino la europea en general. Si España hubiera mantenido una posición, pero luego el resto de la Unión Europea estuviera colaborando ahora mismo con los norteamericanos en Irán, pues no tendría mucho impacto. El impacto es europeo, es que no hay ningún europeo que esté dando apoyo. Sí, se puede dar apoyo en cuanto a uso de bases, pero siempre con crítica respecto a esta guerra y, sobre todo, con el énfasis en que tiene que acabar cuanto antes y se tiene que recurrir a la vía negociada. La importancia no es tanto de la posición española sino de la posición de los europeos en general, que hay discrepancias, serias discrepancias en cuanto a la manera de actuar Estados Unidos en Irán y también, por supuesto, en la manera de actuar Estados Unidos en Ucrania. Ahí las críticas también son muy duras. Hay que verlo como Europa en su conjunto y no individualizar a todos los países.

"Con EEUU, media Europa está echando chispas ahora mismo, no es sólo España. Es generalizable"

P: Vistas todas estas figuras que se repasan en su libro y que soñaron con una Europa o que la pergeñaron y la proyectaron mucho antes de la que tenemos hoy, ¿con quién se quedaría como padres del proyecto? 

R: Bueno, aparte de los llamados ya de por sí "padres de Europa", como [Jean] Monet y [Robert] Schumann y los que la gestaron de manera concreta, en el libro intento reflejar una paradoja y es que, para mí, alguien esencial en la construcción de Europa ha sido Charles de Gaulle. Uno dirá es es contraintuitivo, porque a De Gaulle si se le recuerda por algo es por haber acentuado el patriotismo francés, pero logró hacerlo de una manera tal que dio todo su peso moral a la reconciliación con Alemania. Lo que hizo en la década de los 60, cuando vuelve al poder, fue absolutamente esencial.  Hizo compatible, a pesar de la silla vacía y a pesar del veto británico, su apuesta por dicha reconciliación, porque hizo visible la compatibilidad entre la nación más celosa de sus competencias, como es la nación francesa, con el proyecto europeo de tal manera que, en el fondo, incluso los presidentes de la República socialistas han sido gaullistas también en ese sentido. Y por ese mismo sentido, añadiría que pienso lo mismo de Konrad Adenauer en Alemania; fue otra persona fundamental.

Tenemos presidentes y primeros ministros, muchísimos italianos, también, o nombres españoles y portugueses esenciales en lo que fue la universalización del proyecto europeo, que sucede durante todo el siglo XVI. Hay una figura que a mi me resulta enormemente atractiva desde el punto de vista del imperio paneuropeo, que fue el último emperador que creyó realmente en una visión paneuropea de su magistratura, que fue el emperador, Carlos I y V de Alemania. Es igualmente esencial en nuestra historia común. Me podría alargar mucho, porque muchos han puesto su grano de arena para construir esto que se llama Europa.

P: Una más personal: ¿en qué momento, como una persona al servicio de la diplomacia española, entiende realmente que Europa es una patria también?

R: He estado trabajando en Europa, en Bruselas, fui secretario de Estado... y, para desempeñarte bien en tu trabajo, este proyecto ya te lo tienes que creer, y yo ciertamente me lo creía. Pero digamos que el libro como tal ya sido el final de ese camino, es un proceso, porque al principio fueron artículos que fui publicando y luego ya le di forma. El momento de mayor reflexión es la invasión de Putin de Ucrania. Ahí es cuando, de repente, ves que está en juego algo que hemos recibido de manera mostrenca, porque yo soy un diplomático y cuando me incorporo en el año 91, ya mis mayores negociaron el acceso a las comunidades europeas, y yo me encontré ya con algo. España pronto sería de la Unión Europea y se daba como por sentado. Y, de repente, ese año 2022... Yo había cesado como secretario de Estado hacía tres meses y aún no me había incorporado a mi puesto de embajador en Croacia, y ahí sucede la invasión física, aunque es cierto que la invasión había sucedido antes en Crimea, por ejemplo, o el Donbás, pero todavía no se había visto la posibilidad de que todo el edificio se nos viniera abajo.

Ucrania no es Unión Europea, pero inmediatamente, ese mismo día de la invasión, vi o intuí todas las posibles repercusiones que podía tener y no supe si como europeos íbamos a estar a la altura de las circunstancias o no, porque eso exigía algo que la Unión Europea nunca había concebido, que es defenderse también militarmente. Ahí fue cuando vi que teníamos que hacer cada uno lo que estuviera en nuestra mano para proteger el proyecto europeo. A esa agresión física por parte de Putin se suma la conjunción de las declaraciones de Trump y el dejarnos en la estacada, cuando EEUU había sido nuestro principal socio histórico, el que había hecho las veces contención de las amenazas que provenían del este de Europa. Cuando veo esta pinza es cuando entiendo que debo hacer algo en lo que esté en mi mano, que que no es mucho, y surge este libro militante, que no pretende ser neutro, que quiere argumentar a favor de este proyecto de Unión Europea, que no es algo circunstancial y que no es algo que viene a ahogar las distintas patrias. Es la única garantía que tenemos de que podamos seguir manteniendo un cierto margen de actuación en los años tan complicados que vienen por delante.

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Redactora especializada en Global. Licenciada en Periodismo y experta en Defensa y Comunicación Institucional por la Universidad de Sevilla. Corresponsal en Jerusalén durante cinco años, colaboró con la SER, El País o Canal Sur. Trabajó en El Correo de Andalucía y fue asesora en la Secretaría de Estado de Defensa. Es autora de 'El viaje andaluz de Robert Capa', Premio de la Comunicación Asociación de la Prensa de Sevilla y jurado del Premio Internacional de Periodismo Manuel Chaves Nogales.

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