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'La Atalaya', un centro juvenil levantado por chavales en un instituto abandonado de Vallecas

14/03/2015 09:55 CET | Actualizado 14/03/2015 09:55 CET

Al sureste de Madrid, desde un lugar que ofrece una panorámica privilegiada del perfil de la capital, se erige un edificio en el que, día tras día, un grupo de jóvenes entre 17 y 30 años trabajan para construir su sueño.

Se trata del antiguo IES Magerit de Vallecas, convertido en el Centro Social Okupado Juvenil Atalaya desde el pasado 30 de noviembre, cuando unos cuantos chavales ataviados con frontales de luz, escobas, bolsas y colchones entraron en él para recuperar un espacio abandonado desde 2011.

"Esto era un instituto olvidado, sin luz, sin agua y sin voces. Nosotros lo hemos llenado de voces, de propuestas y de dinámicas para nuestro barrio", explica a El Huffington Post Iker Ibarrondo, de 26 años, quien asegura que el centro "ejemplifica el deterioro al que está acostumbrado Vallecas".

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Fruto del estudio de las carencias del barrio, uno de los más humildes y contestatarios de Madrid, estos chicos decidieron "pasar a la acción" y generar, no un centro social caritativo, sino un "espacio de encuentro y ocio" para "dar respuesta a los problemas de los jóvenes". Es lo que Iker denomina "un ejercicio práctico de solidaridad" basado en "la recuperación de la cultura castellana, la emancipación juvenil y la recuperación del municipio".

"Como decía Galeano, la solidaridad se ejerce de igual a igual. Queremos que esto sea una construcción popular en la que los jóvenes retomamos lemas como que 'nadie es más que nadie' y que sea un ejemplo y una escuela de cómo queremos que sea la sociedad del mañana", añade.

"PARECÍA QUE HABÍAN SALIDO CORRIENDO"

Cuando estos jóvenes entraron por la puerta del instituto abandonado se encontraron con un paisaje "tétrico". Pisando una mezcla de cristales y escombros, recorrieron las distintas estancias del edificio comprobando si su estructura era estable. Tras comprobar que sí, fueron limpiando. "Todo apagado, en silencio y nosotros empezando a generar vida", recuerda Iker, que reconoce que "lo peor" que se encontraron fueron jeringuillas y un aula completamente quemada.

"Había hasta cuadernos abiertos, parecía que los alumnos habían salido corriendo", cuenta Daniel Palomeque, de 21 años, otro de los miembros del centro okupado, mientras sujeta uno de los exámenes corregidos que aún aparecen entre las ruinas de una de las clases.

Los primeros días el edificio se les hizo enorme. "Al principio nos desesperamos, lo vimos demasiado grande, pero pensamos que las cosas se construyen poco a poco, así que decidimos que íbamos a ir planta a planta", añade Iker.

MUCHAS HORAS DE TRABAJO

Tres meses después, el edificio ya no se parece a la "película de terror" con la que se toparon en noviembre. Aunque aún conservan un aula con escombros y cristales ("para que la gente vea cómo era esto cuando llegamos", dicen), el centro ya cuenta con una biblioteca, una cafetería, un gimnasio y un aula que se prepara para ser un estudio de música.

Muchas horas de trabajo en las que, sin apenas formación en albañilería, han rehabilitado los aseos, arreglado las instalaciones eléctricas, tapiado muchas de las ventanas e incluso construido un escenario en el patio, donde de vez en cuando realizan conciertos para recolectar fondos con los que costear el centro.

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"Al creer en un proyecto, al ser parte de tu vida, todo el mundo pone lo que tiene. Uno pondrá mano de obra, otro dinero y otro cosas que le sobran o que no le da una utilidad y aquí sí", explica Daniel, quien, entre otras cosas, aporta su formación como electricista. En eso es fundamental la ayuda de los vecinos de Vallecas. "Si entras por la puerta puedes ver la cantidad de cajas de libros, de juegos y de materiales que nos dejan. Se están generando dinámicas que antes estaban rotas", añade Iker.

De esta forma, los vallecanos muestran su agradecimiento a una labor a la que estos jóvenes dedican gran parte de su día a día como cuenta el propio Iker, licenciado en INEF, que compagina la actividad en La Atalaya con trabajos de profesor de Pilates o de fútbol en algún colegio. "Te levantas, vas al trabajo y luego destinas tu tiempo de ocio a colaborar, en lugar de descansar. Echas tus dos o tres horas y te vas a casa. Lo haces con una sonrisa en la boca, porque estamos construyendo un mañana para los nuestros. El colectivo está por encima del individuo y nosotros somos muy útiles, pero lo realmente útil es construir un barrio lleno de sonrisas", explica.

También Daniel, formado en un Grado Superior de Electricidad, arrima el hombro en el centro cuando no trabaja en "cosas precarias" que le salen "una semana sí y otra no".

BAJO AMENAZA DE DESALOJO

Si todo sigue como quieren estos chicos, el centro podrá poner en marcha iniciativas enfocadas para los jóvenes, como el "pasillo de la educación", que engloba clases de apoyo a chavales, la biblioteca y el aula de arte; o el proyecto de mezclar el gimnasio con el "pasillo de la educación", de modo que quienes vayan a boxeo o thai boxing tengan que asistir obligatoriamente a una hora de clase.

Todo esto será posible si no son desalojados por la administración regional con la que mantienen una "relación antagónica", en palabras de Iker. "Los mismos que nos dicen que nos tenemos que ir, a título personal manifiestan su empatía y nos dicen que es mejor que estemos nosotros dándole vida a que esté devastándose", asegura.

De momento, ya se han visto obligados a irse del edificio una vez en un desalojo que Daniel califica de "ilegal" porque se hizo "sin orden judicial". "Se presentaron cinco lecheras de la Policía y se nos echó", explica.

Ahora viven pendientes de un segundo desalojo desde que dos funcionarios del Ivima (el Instituto de la Vivienda de Madrid, dependiente de la Comunidad) les entregaron una notificación para que se marchen. "No sabemos la fecha, aunque el proceso de desahucio ha empezado ya. Lo que sí sabemos es que esto va a seguir y que no se acaba", agrega Daniel. El Huffington Post ha tratado de ponerse en contacto con el IVIMA sin obtener respuesta.

"No sabemos por qué tanto interés en que se desaloje", se queja Iker. "Quizás preocupe que la gente joven se empodere, que empiece a dar respuesta a sus propias problemáticas. A nadie se le escapa que, si nos impiden el acceso a la educación, si nos impiden el acceso a un trabajo digno, si nos impiden el derecho a emanciparnos, es por algún interés. Quizás les convenga más a ellos un pueblo ignorante que un pueblo formado y empoderado. Quizás en ello estribe el por qué no les conviene este centro", asegura.

Entre tanto, miran como centinelas hacia un horizonte mejor desde su particular Atalaya, donde día a día tratan de forjar un futuro de esperanza para los jóvenes de Vallecas.

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