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Sin casa, en tiendas de campaña y a 40 grados: así malviven Lidia, Santiago y sus cuatro hijos

La familia lleva 52 días acampada en un barrio de Madrid.

09/08/2017 12:14 CEST | Actualizado 09/08/2017 19:11 CEST
CARLOS PINA

Lidia, Santiago y sus cuatro hijos (de 13, 10, ocho y tres años) llevan 52 días acampados en la Plaza de Carabanchel, un barrio obrero del sur de Madrid. En menos de dos meses han pasado por un desahucio, un aborto y han llamado a las puertas del Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, reclamado soluciones en la Empresa Municipal de la Vivienda y el Suelo (EMVS), y en la sede del Área de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Madrid. Desde 1998 reclaman el acceso a un alquiler social, pero en casi dos décadas de papeleo no han podido acceder a ella.

Hasta hace un año la familia vivía de los mil euros mensuales que ingresaba Santiago trabajando como repartidor. Pero, cuando perdió el empleo el pasado verano, la familia se quedó en una situación límite. Desde entonces, los seis miembros sobreviven con una renta mínima de inserción de 655 euros mensuales. Su última vivienda con paredes y techo fue un piso ocupado en el barrio de Carabanchel propiedad de un fondo buitre.

VIVIR UN DESAHUCIO

Decenas de vecinos de la zona convocados por la Asamblea Popular de Carabanchel consiguieron frenar su desahucio el 2 de junio. Pero unos días después se produjo lo inevitable. Lidia, Santi y sus cuatro hijos se quedaron en la calle, sin otra opción que acudir al Hostal Welcome, en Vallecas, Madrid, como parte del servicio de instancias mínimas facilitado por el SAMUR Social.

Este hostal es también uno de los centros en los que los refugiados que llegan a España se alojan de manera temporal mientras se gestionan sus casos. El Welcome es un negocio privado que tiene convenios con organizaciones como Cruz Roja o la Comisión Española de Ayuda al Refugiado. Entre sus huéspedes pueden convivir desde turistas que ocupan las habitaciones por un par de días hasta familias que tuvieron que huir de la guerra en Siria.

CARLOS PINA

Lidia se desesperaba al ver a sus hijos en esas cuatro paredes: "Los cinco días que pasamos allí fueron una pesadilla, había gente borracha en el centro y no se podía dormir. No es una alternativa para cuatro menores".

El 17 de junio recibieron una llamada desde el Ayuntamiento en la que les comunicaron que tenían que abandonar el hostal y les instaron a buscar una alternativa por su cuenta: "Nos dijeron que había gente con más necesidad que nosotros", recuerda.

52 DÍAS DE ACAMPADA

Dos días después abandonaron el hostal y, apoyados por miembros de la Asamblea de Carabanchel, colocaron una carpa y dos tiendas de campaña frente a la Junta Municipal del distrito. Empezaba el primer día de acampada.

En esta "casa", como la llama Santiago, llevan viviendo este mes y medio, tiempo en el que la ciudad ha vivido lluvias torrenciales y una ola de calor con registros históricos.

CARLOS PINA

Allí han vivido otro trago amargo. "Fui al Hospital 12 de Octubre y me indicaron que tenían que ingresar para hacerme unas pruebas. Me dijeron que tenía un aborto", recuerda Lidia con gesto serio. "Me hicieron un legrado y me aconsejaron reposo, pero lo primero que hice fue regresar a la acampada. Tengo una familia por la que luchar. Voy a ser fuerte, voy a aguantar".

MUCHO MÁS QUE DOS TIENDAS DE CAMPAÑA

En estos 52 días, el improvisado campamento familiar ha ido creciendo. Las dos tiendas de campaña que instalaron el día 19 de junio ahora son siete. La "casa ya tiene siete habitaciones", señala Santiago.

Ahora cuentan con dos placas solares, aportadas por Greenpeace y una pequeña piscina hinchable de plástico en la que los cuatro niños combaten las horas de calor. Semana a semana se van incorporando nuevas banquetas, sillas y taburetes a la estancia, que invitan cada noche a más vecinos a unirse a la tertulia, una manera de hacerles ver que no están solos.

"Lo mejor ha sido la reacción del barrio", asegura Lidia. "Desde que empezamos la acampada han venido vecinos a interesarse por nosotros. Algunos nos ofrecen lavarnos la ropa, otros nos bajan comida para que podamos cenar algo caliente. Otros simplemente bajan para hablar con nosotros y hacernos compañía".

CARLOS PINA

Pero no solo han recibido solidaridad y comprensión por parte del vecindario. En este tiempo también los han increpado: "¡Yo también quiero una vivienda gratis!", "¡Para piercings sí que tenéis dinero!", "¡Poneos a trabajar!".

"También nos han criticado algunos comerciantes molestos por la cercanía de las tiendas de campaña a sus negocios". Pero viendo siempre el vaso medio lleno, Lidia añade a renglón seguido: "la inmensa mayoría nos ha tratado con respeto y nos han intentado ayudar".

Para Lidia y Santi esta lucha no sería posible sin el apoyo de sus familias: "Son cruciales. Si no fuera por ellos no estaríamos así de atendidos. Son nuestro verdadero soporte." Cada día, hermanos, padres o amigos de Santi y Lidia acuden al campamento familiar para llevar comida, bebida, ropa limpia o hielo en botellas de agua congelada, elemento imprescindibles para mantener los pocos alimentos que acumulan y aún más importante para jugar con los más pequeños de la familia, mientras todos esperan.

CARLOS PINA

La Red Española de Inmigración y Ayuda al Refugiado se ha referido a este caso como una muestra de la falta de políticas y protocolos sociales eficaces en la Comunidad de Madrid. Daniel Méndez, presidente de la plataforma, se ha referido a "la falta de eficacia de la estrategia de servicios sociales y la planificación de la Renta de Inserción Mínima de la Comunidad" como "colaboradores necesarios en este grave suceso".

Lo que esperan Lidia y Santi es una solución que ni la Comunidad de Madrid, ni el Ayuntamiento, ni siquiera la Junta del Distrito de Carabanchel les han sabido dar. Desde la Comunidad aseguran que es una cuestión que debe resolver el Ayuntamiento. Fuentes del Ayuntamiento indican a El HuffPost que conocen el caso pero que la solución del problema la tiene la Junta de Carabanchel. Por último, en la Junta de Carabanchel señalan que la Concejalía intenta establecer comunicación con el fondo propietario de la vivienda a fin de presentarse como una propuesta de interlocución bancaria, pero advierten de las "dificultades encontradas para hallar una solución".

"No queremos vivir gratis. Queremos un alquiler social", defiende Lidia mientras sigue esperando.

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