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02/02/2018 07:30 CET | Actualizado 02/02/2018 07:30 CET

Se han descubierto las causas reales de la depresión, y no son las que crees

Ji Sub Jeong/HuffPost

En el mundo occidental, si alguien tiene depresión o ansiedad y va al médico porque ya no puede soportarlo, es muy posible que le cuenten el mismo cuento de siempre. Al menos eso me pasó a mi cuando era adolescente en los 90. "Te sientes así porque tu cerebro no está funcionando bien", me dijo el doctor. "No produce las sustancias necesarias, así que tienes que tomarte una serie de medicamentos para ponerte bien".

Y eso fue lo que hice durante más de una década y con todo mi empeño. Necesitaba sentir alivio. La medicación me daba un pequeño empujón cuando aumentaba mi dosis, pero poco después regresaba el dolor. Al final, me tomé la dosis máxima durante más de diez años. Pensaba que algo iba mal porque, pese a tomarme las medicinas, seguía sintiendo dolor.

Finalmente, ansioso por obtener respuestas, pasé tres años de mi formación en la Universidad de Cambridge investigando acerca de las verdaderas causas de la depresión y la ansiedad y cómo resolverlas adecuadamente. Lo que descubrí me dejó realmente sorprendido. Para empezar, me di cuenta de que mi reacción a los medicamentos no era extraña; de hecho, era bastante normal.

Muchos científicos opinan que esa teoría de que la depresión está causada por un "desequilibrio de sustancias" en el cerebro es errónea.

A menudo, los investigadores emplean la Escala de Hamilton para medir la depresión. Esta escala va de 0 (ese punto en el que estás dando saltos de alegría) a 59 (cuando tienes tendencias suicidas). Así, mejorar el ritmo de sueño conlleva un cambio de unos 6 puntos en la Escala de Hamilton. Los antidepresivos ayudan a mejorar unos 1,8 puntos, de acuerdo con un estudio llevado a cabo por el catedrático Irving Kirsch en la Universidad de Harvard: surten efecto, pero de manera muy modesta. Por supuesto, estamos hablando de la media, es decir, hay personas para las que los antidepresivos son más eficaces. Sin embargo, para muchas personas, entre las que me incluyo, no basta con eso para salir de la depresión. De modo que me percaté de que era necesario incrementar las posibilidades de tratamiento para las personas que sufren depresión y ansiedad. Y necesitaba averiguar cómo.

Además, me quedé muy sorprendido al enterarme de que muchos científicos opinan que toda esa teoría de que la depresión está causada por un "desequilibrio de sustancias" en el cerebro es errónea. Aprendí que, de hecho, existen nueve causas principales que pueden desencadenar la depresión y la ansiedad. Dos de ellas son biológicas y siete son externas, es decir, no están encerradas en nuestro cráneo como me hizo creer aquel doctor. Las causas son muy diferentes y entran en juego en diferentes grados en la vida de las personas con depresión o ansiedad. Y me sorprendió aún más descubrir que la Organización Mundial de la Salud llevaba años advirtiendo de la necesidad de estudiar las verdaderas causas de la depresión.

Me gustaría hablar sobre una de las causas, la que a mí me resultó más complicado investigar. Existen nueve causas muy distintas, pero esta en concreto preferí dejarla de lado durante la mayor parte de mis años de investigación. En San Diego (California) conocí a un investigador de renombre, el doctor Vincent Felitti; él fue el primero en hablarme de esto. Personalmente, me resultó muy complicado investigar sobre esta causa, pues me obligó a reconocer algo de lo que había estado huyendo durante toda mi vida. Es más, ahora me doy cuenta de que me aferré a la idea de que mi depresión se debía a un problema con mi cerebro solo para no pensar en esto.

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El descubrimiento del doctor Felitti se remonta a mediados de los 80, y tuvo lugar casi por accidente. Al principio puede dar la sensación de que no se trata de una historia sobre la depresión, pero merece la pena indagar, ya que podemos aprender mucho de ello.

Al entrar al despacho de Felitti, a algunos de los pacientes les resultaba complicado entrar por la puerta. Se encontraban en estados muy avanzados de obesidad y les derivaron a este centro como última opción. A Felitti se le había pedido que tratara de poner solución a los costes que estaban provocando los casos de obesidad en Kaiser Permanente, una empresa proveedora de servicios médicos. Le dijeron que empezara de cero, que lo probara todo.

Un día, Felitti tuvo una idea muy sencilla. Se preguntó: ¿Qué pasaría si las personas con sobrepeso grave simplemente dejaran de comer y vivieran de las reservas de grasa que hay en su cuerpo (con una serie de suplementos alimenticios controlados) hasta que consiguieran alcanzar un peso normal? Y eso hizo, con mucha supervisión médica. Al principio, funcionó. Los pacientes perdieron varios kilos hasta alcanzar un peso saludable.

Al hacer las cuentas, los resultados parecían increíbles.

Pero entonces ocurrió algo muy extraño. En el programa, hubo personas que consiguieron bajar muchísimo de peso. Evidentemente, tanto los médicos como sus amigos esperaban que esas personas reaccionaran con alegría. No obstante, cayeron en una profunda depresión, o tuvieron episodios de pánico o furia. Algunos de ellos llegaron a tener tendencias suicidas. Muchos de los participantes, tras finalizar el programa, se atiborraron de comida rápida y volvieron a ganar peso enseguida.

Felitti estaba estupefacto, hasta que habló con una mujer de 28 años. En 51 semanas, Felitti había conseguido que esta mujer bajara de 185 a 59 kilos. Entonces, sin motivo aparente, la mujer recuperó 16 kilos en apenas unas semanas. Después de no mucho tiempo ya había superado los 181 kilos. Felitti le preguntó por lo que había cambiado cuando empezó a perder peso. A ambos les resultaba una incógnita. Hablaron largo y tendido. Ella confesó que sí que había algo. Cuando estaba obesa, los hombres nunca flirteaban con ella, pero cuando perdió peso, por primera vez en mucho tiempo, un hombre se le insinuó. Ella huyó y poco después empezó a comer de forma compulsiva sin poder parar.

Fue entonces cuando Felitti se planteó una cuestión que nunca antes se había planteado. "¿Cuándo empezaste a ganar peso?". Ella reflexionó. "Cuando tenía 11 años", contestó finalmente. A lo que el doctor preguntó: "¿Ocurrió algo en especial cuando tenías 11 años?". "Bueno, fue cuando mi abuelo empezó a violarme", apuntó la paciente.

Felitti habló con 183 personas que participaban en el programa y descubrió que el 55% de ellas habían sido acosadas sexualmente. Una de las mujeres confesó que empezó a ganar peso tras ser violada porque "las personas con sobrepeso pasan desapercibidas, y eso es lo que quiero". Muchas de las mujeres que participaban no habían salido de la obesidad por un motivo inconsciente: para no llamar la atención de los hombres, ya que pensaban que iban a hacerles daño. Rápidamente Felitti se dio cuenta de que "lo que habíamos percibido como el problema (la obesidad grave) era, de hecho, la solución a otro problema que el resto desconocíamos".

Este descubrimiento llevó a Felitti a poner en marcha un gran programa de investigación, financiado por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). Quería descubrir de qué forma los traumas infantiles nos afectan como adultos. Efectuó un sencillo cuestionario a 17.000 pacientes en San Diego que acudían al médico por motivos comunes como el dolor de cabeza o una fractura. El cuestionario constaba de 10 preguntas sobre situaciones que les habían sucedido de pequeños, como no ser atendido correctamente o ser acosado emocionalmente. Después, se preguntaba si habían padecido algún problema psicológico, como obesidad, depresión o adicción. Quería detectar cuál era la relación.

Al hacer las cuentas, los resultados parecían increíbles. Los traumas infantiles disparaban el riesgo de depresión en los adultos. Si habías pasado por siete categorías de sucesos traumáticos siendo niño, tenías un 3100% de posibilidades más de cometer un intento de suicidio siendo adulto, y un 4100% más de probabilidades de consumir drogas inyectables.

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Después de mantener una de mis largas e inquisitivas conversaciones con el doctor Felitti sobre el tema, caminé hasta la playa de San Diego temblando, y escupí al océano. Me estaba obligando a pensar en una dimensión de mi depresión a la que no quería hacer frente. Cuando era pequeño, mi madre estaba enferma y mi padre estaba en otro país y, en medio de este caos, experimenté actos de violencia extrema por parte de un adulto: me estrangularon con un cable, entre otras cosas. Había intentado desterrar esos recuerdos, encerrarlos en mi mente. Me había negado a contemplar que estaban actuando en mi vida adulta.

¿Por qué tantas personas que experimentan violencia en la infancia se sienten de la misma manera? ¿Por qué provoca en muchas de ellas un comportamiento auto-destructivo, como la obesidad, o una adicción fuerte, o el suicidio? Llevo mucho tiempo pensando en esto. Tengo una teoría, aunque quiero hacer hincapié en que esta siguiente parte va más allá de las pruebas científicas halladas por Felitti y el CDC, y no puedo garantizar que esto sea cierto.

Si es tu culpa, está —de algún extraño modo— bajo tu control.

Cuando eres pequeño, tienes poco poder para cambiar tu entorno. No te puedes ir, ni obligar a alguien a que deje de hacerte daño. Así que tienes dos opciones. Puedes reconocer que eres indefenso, que en algún momento te pueden hacer mucho daño y que no hay nada que puedas hacer al respecto. O te puedes decir a ti mismo que es tu culpa. Si lo haces, ganas algo de poder, al menos en tu propia mente. Si es tu culpa, hay algo que puedes hacer para cambiar algo las cosas. Dejas de sentirte como en un juego de pinball. Ahora eres tú quien controla la máquina. Tienes en un tus manos las peligrosas palancas. De este modo, igual que la obesidad protegía a las mujeres de los hombres que podían violarlas, culparte de los traumas infantiles te protege de ver lo vulnerable que eras y eres. Puedes convertirte en el poderoso. Si es tu culpa, está —de algún extraño modo— bajo tu control.

Pero todo eso tiene un precio. Si eras responsable de que te hicieran daño, en cierta forma tienes que pensar que te lo merecías. Una persona que piensa que se merecía que le hicieran daño de pequeño va a pensar que no se merece mucho como adulto. No hay forma de vivir así. Pero hay un fallo que te permitió sobrevivir en un punto temprano de tu vida.

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Lo que más me ayudó fue lo siguiente que descubrió el doctor Felitti. Cuando los pacientes habituales, que respondieron a su cuestionario, señalaron que habían experimentado traumas de niños, pidió a sus médicos que hicieran algo cuando esos pacientes volvieran a acudir. Les pidió que dijeran algo como: "Sé que de pequeño pasaste por una mala experiencia. Siento mucho lo que te ocurrió. ¿Te gustaría hablar de ello?".

Felitti quería ver si al darles la posibilidad de comentar ese trauma con una figura de autoridad, y si esa persona les decía que no era su culpa, los pacientes tendrían más facilidad para liberar su vergüenza. Lo que ocurrió después fue sorprendente. Solo con poder hablar del tema caía enormemente la probabilidad de sufrir enfermedades futuras: había una reducción del 35% en su necesidad de ayuda médica durante el siguiente año. Para las personas que eran remitidas a otros especialistas, la reducción era de más del 50%. Una mujer mayor —que contó haber sido violada de niña— escribió después una carta que decía: "Gracias por preguntar... Creía que me iba morir sin que nadie supiera lo que me ocurrió".

El hecho de liberar tu vergüenza es, en sí mismo, sanador. Así que recurrí a gente en la que confiaba, y empecé a hablar de lo que me ocurrió cuando era joven. Lejos de avergonzarme y de pensar que eso demostraba que estaba roto, me mostraron amor y me ayudaron a llorar aquello por lo que pasé.

La depresión y la ansiedad no se crean en nuestra cabeza, sino por la forma en la que nos están haciendo vivir.

Cuando volví a escuchar las grabaciones de mis largas conversaciones con Felitti, se me vino a la cabeza que si él hubiera dicho a la gente lo que mi médico me dijo a mí —que su cerebro estaba roto y por eso tenían tanta tensión, y que la única solución era medicarse—, quizá nunca habrían sido capaces de entender las causas más profundas de su problema, y nunca habrían podido liberarse.

Cuanto más investigué sobre la depresión y la ansiedad, más me di cuenta de que, lejos de estar causada por un mal funcionamiento espontáneo del cerebro, la depresión y la ansiedad suelen estar provocadas por sucesos de nuestra vida. Si piensas que tu trabajo no tiene sentido y que no tienes el control sobre ello, es mucho más probable que te deprimas. Si estás solo y sientes que no puedes confiar en la gente que te rodea para apoyarte, es mucho más probable que te deprimas. Si piensas que la vida solo consiste en comprar cosas y en ascender, es mucho más probable que te deprimas. Si piensas que tu futuro es incierto, es mucho más probable que te deprimas. Empecé a encontrar un montón de pruebas científicas de que la depresión y la ansiedad no se crean en nuestra cabeza, sino por la forma en la que nos están haciendo vivir a muchos. Hay factores biológicos reales, como los genes, que pueden hacerte considerablemente más sensible a estas causas, pero no son los principales detonadores.

Y esto me llevó a las pruebas científicas de que se debe intentar resolver las crisis de depresión y ansiedad de una forma muy diferente (además de con antidepresivos químicos, que, obviamente, deberían seguir encima de la mesa).

Para hacerlo, hay que dejar de ver la depresión y la ansiedad como una patología irracional, o como un fallo raro de las sustancias químicas del cerebro. Es terriblemente doloroso, pero tiene sentido. Tu dolor no es un espasmo irracional. Es una respuesta a lo que te está ocurriendo. Para lidiar con la depresión, tienes que lidiar con sus causas subyacentes. En mi largo viaje, he aprendido que hay siete tipos diferentes de antidepresivos que, en lugar de mitigar los síntomas, tratan de eliminar las causas. Liberar tu vergüenza es solo el principio.

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Un día, uno de los colegas del doctor Felitti, el doctor Robert Anda, me dijo algo en lo que llevo pensando desde entonces.

Cuando alguien se comporta de una manera aparentemente auto-destructiva, "hay que dejar de preguntarle qué le pasa y empezar a preguntarle qué le ocurrió".

Johann Hari es autor de 'Lost Connections: Uncovering the Real Causes of Depression – and the Unexpected Solutions'.

Anteriormente, Hari publicó en el HuffPost 'Se ha descubierto lo que probablemente causa la adicción, y no es lo que tú crees'.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por María Ginés Grao y Marina Velasco Serrano.

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