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Adaia Teruel Headshot

Me negué a que me provocaran el parto y el médico me amenazó con llevarme ante el juez

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Hoy es el cumpleaños de la Peque. Todavía recuerdo cuando nació y lo mal que lo pasé. No por ella, ni por el parto, sino por el calvario de médicos que tuve que soportar.

Estando embarazada me visitaba en Marruecos. Todo iba fenomenal. Una ginecóloga estupenda. Una clínica modernísima. Pero yo quería parir en España. No porque no me fiara de hacerlo en Marruecos pero quería tener a la niña en casa. Hacía tiempo que lo había decidido. "Terremoto" ya nació de parto natural en el hospital, sin epidural, ni oxitócina, ni nada de nada. En esa ocasión todo fue bien pero esta vez deseaba que fuese más íntimo.

Me informé mucho. Leí. Busqué. Comparé y encontré una comadrona en Barcelona. Quedamos para vernos. Cuando la conocí lo supe. Era ella. Tenía que ser ella. Se llamaba Imma.

El siguiente paso era buscar un lugar apropiado. Pues para parir en casa se necesita una casa y yo, en España, no tenía ninguna. Pensé en la de mis padres. Ni hablar. Barajé la de mis suegros. Tampoco me convencía. Me plantee incluso hacerlo en casa de mi tía. Imposible. Al final decidimos alquilar un apartamento para la ocasión.

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Mi hija a los pocos minutos de nacer.

Un mes antes de salir de cuentas, dejé Tánger y me instalé con "Terremoto" en Barcelona. El "Kalvo" se quedaba trabajando en Marruecos y subía los fines de semana. Cruzábamos los dedos para que me pusiera de parto estando él con nosotros. Al mismo tiempo, ideamos un plan B. Si el "Kalvo" no estuviese, su sustituto sería mi padre.

Las últimas revisiones médicas las hago en el Hospital de Mataró, mi centro de referencia. No he llegado a término de mi embarazo y ya me quieren programar el parto. Les digo que no, que prefiero esperar, al menos a salir de cuentas. Mi primer hijo ya se retrasó diez días. Me hacen firmar un papel eximiéndolos de cualquier responsabilidad. Me parece razonable y estampo mi firma sin rechistar. El problema surge cuando, al despedirme y pedir hora para la próxima cita, la doctora me contesta que no me la van a dar:

- Si no quieres que te programemos el parto, no hace falta que vengas.
- Que no quiera un parto programado no significa que no me quiera hacer los controles.

Porque una cosa es querer respetar el curso de la naturaleza y otra bien distinta renunciar a los avances de la ciencia. Controlar el estado del feto es primordial. No soy idiota ni irresponsable.

Después de un rato convenciéndola y, de muy mala gana, me da la puñetera cita. Al cabo de unos días vuelvo al centro. La enfermera de turno me hace las pruebas. Son unas correas que te ponen en la barriga. Controlan el ritmo cardíaco del feto para ver si hay sufrimiento.

-"Todo está perfecto", me dice al acabar.

Vuelvo a pedir cita y otra vez surgen los problemas. No quieren dármela. Según el médico, esta vez me ha tocado un hombre, estaré ya de cuarenta semanas y ellos, en ginecología, no dan citas. Claro, ¡cómo van a darlas, si no esperan nunca ese plazo¡ Siempre sacan a los bebés antes. No entiendo qué prisa tienen y mucho menos por qué les molesta tanto que yo prefiera esperar.

Las mujeres deberíamos poder decidir sobre nuestros cuerpos, nuestros hijos y cómo queremos traerlos al mundo. Cada vez hay más estudios que explican la importancia del nacimiento.

No están acostumbrados a que alguien decida por sí mismo o cuestione los protocolos. No están acostumbrados a que la gente se informe y tenga ideas propias. El médico se pone chulito:

- No le vamos a dar cita. No insista.
- ¿Por qué? No me pueden negar la asistencia médica.
- Si usted se niega a que le programaremos el parto, yo me niego a hacerle las pruebas.
- La sanidad es un derecho universal.
- Usted está poniendo en riesgo la vida de su bebé.
- Pero si ustedes mismos me acaban de decir que está todo perfectamente. Además, ya soy mayorcita y soy su madre. Lo tendré que decidir yo, ¿no?
- No, lo va a decidir un juez.

¿Un juez? Ni que fuera una criminal. Este médico no sólo no me quiere atender, sino que encima me amenaza. Se cree que por llevar bata blanca es Dios. No quiero discutir. ¿Para qué? Me visto y salgo de allí por piernas. Estoy alterada. Nerviosa. Angustiada. Decido no volver a pisar este hospital. Al cabo de veinte minutos llego a casa y suena el teléfono. Es otro médico del mismo centro. Me pide que recapacite.

- No pienso ir. Y por favor, no me llaméis más.

No pueden obligarme. Es mi cuerpo. Es mi bebé. No quiero que me programen ninguna intervención si el embarazo no es de riesgo, el bebé está bien y no hay motivos para ello.

Pasan los días y todo el mundo me pregunta cuando saldrá la niña. Y yo que sé. Cuando ella quiera, supongo. Yo por mi parte he decidido respetarla. Pero la insistencia de la gente empieza a menguar mis fuerzas y decido recurrir a los métodos tradicionales: comer chocolate, picante, hacer el amor, caminar,...

Nada da resultado.

Empiezo con acupuntura. Me ponen un montón de agujas por el cuerpo pero tampoco sucede nada. Pruebo con otra cosa. Esta vez la comadrona se presenta con una maletita. Trae una especie de puros chinos. Me desnudo y me siento en una silla en la terraza. Espero que no me vea ningún vecino. Me los va pegando por el cuerpo. Brazos. Espalda. Piernas. Me los enciende con un mechero. Los petarditos empiezan a desprender humo. Parezco un canuto gigante. Vuelvo a esperar un par de días. Tampoco da resultado.

Pronto llegaré a mi fecha límite, así que recurro a medidas más drásticas. Aceite de ricino. Dicen que sabe fatal y que te cagas pata abajo pero no estoy yo para poner pegas. Suele ser efectivo, dicen. Me lo tomo. Dos cucharadas soperas. Es repugnante. Pero tampoco surte efecto. No me tiro ni un pedo.

Estoy de cuarenta y dos semanas. Mi familia quiere que me someta a la intervención. No me quedan fuerzas para luchar. Decido ir a la Maternidad, en el Hsopital Clínico de Barcelona, de la que todo el mundo habla tan bien. Me visito de urgencias. Cuando llego al centro me parece que estoy en otro planeta, aunque sólo he cambiado de ciudad. Todo el personal, desde el conserje a las ginecólogas, pasando por las auxiliares son grandes profesionales. Me siento muy bien atendida. Me hacen pruebas. Muchas. Al acabar, las doctoras me tranquilizan.

- Todo está perfecto. Tu bebé está bien pero deberías ir pensando qué vas a hacer.

Salgo de allí tranquila, relajada y serena. Y muy a mi pesar, decido que si pasado el fin de semana no me he puesto de parto ingresaré voluntariamente para que me lo programen. No es lo que quería pero si hay que hacerlo...

Esa misma noche nació la Peque. En poco más de dos horas desde la primera contracción hasta que la tuve en brazos. La parí a cuatro patas. En el sofá. Con mi marido dándome la mano y la comadrona controlándolo todo. Yo misma la ayudé a salir. Fue un parto maravilloso, que colmó todas mis expectativas. Estoy orgullosa de haber esperado. Mi hija nació cuándo y cómo ella quería. Yo sólo la ayudé un poquito.

¿Por qué a las embarazadas nos tratan como si fuéramos idiotas? ¿Por qué todo el mundo sabe qué es mejor para nosotras menos nosotras mismas?

Hay gente que dice que soy muy valiente. No lo veo así. Lo que pasa es que nunca me ha gustado que me digan lo que tengo que hacer. Me gusta decidir las cosas por mí misma. Este es mi parto. Yo decido cómo quiero vivirlo. No quiero ser una mera espectadora. Quiero ser la protagonista.

Las mujeres deberíamos poder decidir sobre nuestros cuerpos, nuestros hijos y cómo queremos traerlos al mundo. Cada vez hay más estudios que explican la importancia del nacimiento. No hay que tener miedo. Las mujeres paren desde hace miles de años. Estamos diseñadas para ello. Es un momento mágico. Un milagro de la naturaleza. Lamentablemente muchas de nosotras se lo están perdiendo.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog de la autora