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Carrera medioambiental: ¿la próxima carrera espacial?

04/06/2015 08:09 CEST | Actualizado 03/06/2016 11:12 CEST
GETTYIMAGES

Durante la carrera espacial, cuando la URSS y EEUU competían por ser el primero en enviar un hombre a la Luna, usaron tecnologías poco más potentes que una calculadora de bolsillo. Aunque inconscientes de ello en aquel momento, ese esfuerzo de inversión en un rápido desarrollo tecnológico por parte de ambas potencias llevó a mucho avances que actualmente son de uso corriente en la vida civil, desde dispositivos médicos de ultrasonido hasta filtración de agua y aire, uso de LEDs en tratamientos contra el cáncer, GPS, y ordenadores portátiles.

Hace no tanto tiempo, cuando India y China empezaron a competir por enviar un satélite a Marte, esta rivalidad tecnológica llevó al desarrollo de la misión al planeta rojo menos costosa hasta la fecha, siendo su presupuesto de tan sólo 73 millones de dólares. Puesto en contexto: La misión Mars Express, llevada a cabo por la Agencia Espacial Europea en 2003 costó 386 millones de dólares, y el éxito de taquilla Gravity de 2013, con Sandra Bullock y George Clooney, costó 110 millones.

Es evidente que la carrera espacial es responsable por sí sola de muchas tecnologías vitales que de otra manera no se habrían desarrollado. Estos avances demuestran que las recompensas de la investigación científica generalmente van mucho más allá de lo que sus desarrolladores pueden llegar a imaginarse. Ahora llega el turno de la carrera medioambiental.

Se aproxima la Conferencia de las Partes de la CMNUCC (Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático) de este año, y con ella también el momento de que los países se pongan a competir por el título de "País Más Verde del Mundo", es decir, competir en una carrera medioambiental. Esta carrera medioambiental implica inversiones en energías renovables, eficiencia agrícola, reducción de emisiones, tratamiento de residuos, investigación de materiales y la formación de ingenieros y otras mentes creativas que resuelvan los problemas venideros. Esto no es un acto de caridad: hacerse verde potenciará la innovación y debería colocarse en el corazón de los intereses económicos a largo plazo de todos los países.

El argumento a favor de una carrera medioambiental

Hacerse verde tiene beneficios que abarcan el ámbito social, ético y económico. Económicamente, uno podría argumentar que las inversiones verdes no tienen sentido a corto plazo, debido a lo que se conoce como "miopía del inversor": no es que los inversores sean irracionales, más bien es que es difícil estimar los beneficios a largo plazo de las inversiones verdes, mientras que los costes son bastante evidentes. Si te dijeran que hay una inversión que podrías hacer hoy mismo que te dará con seguridad una gran suma de dinero, y luego una incierta pero muy probable pérdida en 20 años, probablemente te arriesgarías debido a la garantía de beneficios a corto plazo. Ésta es la razón por la que seguimos invirtiendo en petróleo y carbón. De modo que lo que necesitamos es algo que haga que las inversiones verdes generen beneficios positivos y asegurados hoy. O, mejor aún, algo que haga que estas inversiones sean las que más beneficios generen.

Ahora bien, ¿cómo haces que tecnologías caras se conviertan en negocios que den beneficios hoy mismo? La respuesta está en la regulación. Un ejemplo de esto son las patentes: las patentes no son otra cosa que una forma de regulación que convierte inversiones muy caras, como por ejemplo el I+D de la industria farmacéutica, en negocios con altos beneficios. Desarrollos regulatorios similares podrían usarse de manera legalmente vinculante en los acuerdos marco para el cambio climático. Por tanto, de la Conferencia de las Partes de la CMNUCC de París 2015 esperaríamos no sólo un instrumento legalmente vinculante en el que nos comprometamos a reducir emisiones, sino un marco regulatorio legalmente vinculante que dé inicio a la carrera medioambiental. Esto implicaría un sistema impositivo medioambiental y libertad para que los países sean innovadores en cuestiones regulatorias (de forma que competirían unos con otros para ver quién regula mejor para llegar a ser una superpotencia verde).

Un instrumento legalmente vinculante para reducir emisiones, que es a lo que aspiran los líderes globales que acudirán a París, es más simple que un marco regulatorio completamente nuevo para esta carrera medioambiental; sin embargo, no es suficiente, de la misma manera que el Protocolo de Kioto no lo fue. Para los países en vías de desarrollo (que son responsables de aproximadamente un 59% de las emisiones globales), la prioridad es alimentar a sus poblaciones y seguir creciendo, lo cual relega las inversiones verdes a un lugar menos relevante en la lista de prioridades -incluso si reducir las emisiones es legalmente vinculante (al fin y al cabo, quién no ha quebrantado alguna vez alguna que otra ley internacional, ¿verdad?).... A no ser que ser verde implique ganar mucho dinero gracias a la innovación pro-ambiental. Ésta es precisamente la razón por la que necesitamos un marco regulatorio que recompense las innovaciones verdes y que fomente el desarrollo sostenible en todos los países, y no solamente en los ricos.

Todo esto suena genial, pero si vives en un país grande y rico probablemente sientas que el cambio climático te va a afectar más bien poco: hay muchos sitios hacia los que huir y el sistema de bienestar estatal te echará un cable cuando las cosas se pongan feas. Pero ahora, ten en cuenta que cuando el escenario del cambio climático empeore, los países pobres ya no podrán producir la comida que comes, y en tu ciudad habrá muchos migrantes y refugiados provenientes de las zonas que se hayan convertido en demasiado hostiles para la vida humana. Así que tanto a xenófobos como a gente a la que le guste comer en general, les recomendamos que se pongan los primeros a la cola para firmar la petición por la carrera medioambiental.

Conclusión

La cuestión del cambio climático ha sido sistemáticamente archivada una y otra vez desde la esfera política, pero las próximas negociaciones del clima en París ofrecen una excelente oportunidad para que todos los países se esmeren en llegar a ser superpotencias verdes. El mundo necesita un cambio de rumbo, pasar de una política medioambiental inconsistente a una que fomente la innovación, la protección y el buen gobierno del planeta. Todos los países han demostrado alguna vez capacidad de liderazgo, carácter innovador y potencial de emprendimiento; y este espíritu sigue presente, todo el tiempo, esperando resolver los problemas que se nos plantean. Todos los días, la gente tiene ideas para un mundo más limpio, más verde y más eficiente, pero la innovación rara vez ocurre a pasos agigantados o de manera aislada. Hacerse verde tiene que ser más que una colección de acciones individuales; tiene que ser un nuevo estilo de vida. La necesidad de una colaboración y cooperación estrechas es imperiosa: sólo a través de intervención gubernamental, un diálogo abierto y la creación de los incentivos económicos correctos, los países podrán obtener grandes ganancias de la innovación verde, similares a las que siguieron al esfuerzo innovador de la carrera espacial. Ahora el mundo necesita un líder medioambiental que encabece esta nueva era. Hacerse verde es una necesidad social, medioambiental y económica para la seguridad de cualquier país.

Este post fue publicado originalmente en la edición británica de 'The Huffington Post'

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