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El valor de la confianza

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La confianza es un activo económico de primer orden, y su pérdida acarrea, inevitablemente, costes económicos. Además, conforma una nueva modalidad de capital, el capital social, que, justamente se basa en la confianza entre los agentes, y entre éstos y las instituciones. No es exagerado decir que uno de los rasgos que definen la actual situación en España es el de una generalizada pérdida de confianza, dentro y fuera de nuestras fronteras. ¿Ha contribuido Mariano Rajoy a esa pérdida, a esta erosión de nuestro capital social? Son muchas las evidencias de que, en efecto, así ha sido.

Ha hecho lo contrario de lo que prometió hacer. Y tal vez lo más grave no sea que el Ejecutivo haya subido impuestos cuando se comprometió a bajarlos; que haya aplicado recortes sociales que negó que fuera a hacer; que una tras otra haya dejado sin contenido sus promesas electorales. Lo más grave es que pocos españoles dudan ahora de que nunca estuvo en el ánimo del Partido Popular cumplir esos compromisos, y con ellos, muchos inversores internacionales que siguen muy de cerca el día a día de nuestro país.

No se genera confianza buscando a la desesperada culpables ajenos. Eso es precisamente lo que ha hecho en estos meses el Gobierno de Rajoy: recurriendo machaconamente a la herencia recibida; señalando a las Comunidades Autónomas, en lugar de explicar el origen de sus déficits; demonizando a los sindicatos; denostando a las Universidades, a sus rectores y a sus alumnos; y llegando, incluso, a socavar el prestigio del Banco de España. Desde luego, no es la mejor manera de reforzar la confianza en nuestras instituciones, ni, por supuesto, en nuestro país. Como tampoco lo es retrasar por motivos electorales la presentación de los Presupuestos Generales del Estado, cuando las instituciones europeas lo demandaban insistentemente, o realizar un retórico ejercicio de soberanía fiscal, anunciando un objetivo de déficit inferior al que muy poco después fijaría la Comisión. Y menos aún si cuando finalmente se presentan esas cuentas públicas, resultan increíbles a todas luces.

Generar confianza era, precisamente, el declarado objetivo de la reforma financiera emprendida por el Gobierno. Lamentablemente, la mayor parte de sus actuaciones en este sentido no han hecho más que empeorar la situación. En especial en la gestión de la crisis de Bankia. Por decirlo con las mismas palabras que el Presidente del Banco Central Europeo, las cosas se han hecho "de la peor manera posible".

Desde luego, no parece que la mejor manera de generar confianza sea mantener la crisis abierta durante semanas, o comenzar fijando las necesidades de recapitalización de la entidad en una cifra de 4.500 millones de euros, para acabar situándola en 23.500 millones de euros. Es decir, en muy poco tiempo la cantidad se multiplicó por cinco, tras el compromiso del Ministro de Economía de poner "todo el dinero que fuere necesario" para sanear la entidad. Al parecer el Gobierno ha dado por buena esa cifra; una aceptación acrítica, de la cantidad y la metodología utilizada para llegar a ella, cuya influencia sobre quienes están evaluando nuestro sistema financiero solo puede ser negativa.

A estas alturas está claro que los errores del Gobierno van a elevar las necesidades de recapitalización de nuestros bancos. Y es que la reforma ha sembrado dudas sobre todo el sistema financiero español y sobre su solvencia, cuando según el propio FMI sólo un tercio de nuestras entidades financieras tienen problemas.

Hasta ahora, el Presidente del Gobierno ha mantenido públicamente que España puede abordar con sus propios recursos la reforma financiera, y eso es razonable. Poco a poco, empero, se va abriendo paso, en ocasiones por declaraciones del propio Ejecutivo, la idea de que Europa debe contribuir a la recapitalización de nuestros bancos. Llegue esta ayuda directamente a las entidades financieras o lo haga a través del Estado es evidente que va a venir acompañada de una cierta "condicionalidad". Hay que decirles a los ciudadanos que si hay dinero europeo, habrá exigencias que van a afectar a la vida de millones de ellos. Y puede haber algunas que resulten inaceptables. Este es un debate que, de producirse esa ayuda, no se puede rehuir.

En esta situación, lo más urgente es generar confianza, dentro y fuera. Confianza para que los españoles sepan adónde va nuestro país; confianza para reactivar la inversión, el languideciente consumo interno y estimular a los emprendedores. Confianza para que el mundo deje de vernos como un problema, porque no lo somos. Y cambios en Europa, tan urgentes como profundos. Empezando por una política económica que combine austeridad con estímulos al crecimiento, como vengo defendiendo desde hace un año.

Hace falta, en fin, una actitud que permita grandes acuerdos sociales sobre aspectos básicos de nuestra convivencia. Hay muchos españoles que lo están pasando muy mal y reclaman este esfuerzo. Los grandes países lo son, entre otras cosas, por su capacidad de unirse ante las dificultades. Y España es un gran país. Estoy convencido de que hoy, en una situación tan difícil, necesitamos recuperar esa voluntad de acuerdo, que surge de la confianza en nuestra propia capacidad. Como siempre ha hecho a lo largo de su historia, el Partido Socialista está dispuesto a poner lo mejor de sí para lograr ese entendimiento.