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La historia del futuro de las personas LGTB+

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Foto: EFE

Contemplo con similares dosis de asombro y preocupación este caminar sin rumbo cierto, casi a la deriva, de un movimiento social que en la lucha por el reconocimiento de sus derechos en los últimos lustros no ha hecho otra cosa que sembrar primero para cosechar después grandes éxitos. En efecto, la historia del movimiento por la consecución de la igualdad de las personas con una orientación sexual o identidad de género (homosexuales, transexuales, bisexuales, etc. = LGTB+) diferente a la predominante (heterosexuales y cisexuales) solo puede ser caracterizada como de enorme éxito en nuestro país. No en vano, España figura en lo más alto de las listas que elaboran centros internacionales para medir el grado de aceptación y respeto a las personas LGTB+.

Este logro, el de la práctica igualdad formal o legal en el ámbito de la diversidad sexual, ha sido posible, en buena medida, gracias al formidable trabajo desarrollado por las asociaciones, organizaciones o colectivos de defensa de los derechos de las personas LGTB+, capaces de conseguir un amplio apoyo político y social, lo que ha permitido aprobar en lo que va de siglo una normativa muy avanzada, y muy bien aceptada por amplias capas de la población en este terreno (ley de matrimonio entre personas del mismo sexo, leyes estatal y autonómicas de reconocimiento y protección de las personas transexuales, etc.). Normas, en definitiva, que han servido, y sirven aún, de referente para otros muchos países, dispuestos también a avanzar en este largo camino de la igualdad.

El movimiento LGTB+ ha tenido la fortuna de contar, en este deambular, con apoyos inestimables, de manera muy destacada el de otro gran movimiento social, bien organizado, y de gran potencia intelectual, el movimiento feminista.

Sin embargo, hoy, cuando todo debería ser más sencillo, nos encontramos con algunos signos de enfrentamiento fraternal, confusión conceptual, frustración personal y colectiva, o simple desorientación, muy preocupantes.

Por razón de espacio, me limitaré a enunciar algunos, con el único afán de llamar la atención sobre ellos, y, fundamentalmente, sobre la necesidad de que los afrontemos con calma, respeto y diálogo, mucho diálogo. Pues solo a través del diálogo acabaremos (re)descubriendo lo que nunca deberíamos olvidar: que todas y todos los que de una u otra forma estamos comprometidos con esta apasionante e inacabable lucha a favor de la igualdad o, dicho en negativo, en contra de toda discriminación odiosa por motivos personales o sociales, todas y todos -digo- perseguimos, matices al margen, el mismo objetivo, que, en realidad, no es otro que convertir en real lo que, en gran parte, ya es legal.

Primero.- La llamada gestación por subrogación, vulgarmente conocida como "vientres de alquiler", sin ser una cuestión típicamente LGTB+, sí que concierne, de manera directa, a este colectivo, pues no en vano parte de las parejas que acuden a esta técnica reproductiva son parejas del mismo sexo, sobre todo, de hombres. El debate abierto en torno a ella está adquiriendo tintes, por decirlo suavemente, muy vehementes, con el preocupante añadido de que está produciendo grietas que amenazan con resquebrajar, o directamente romper, la fructífera convivencia y apoyo que parte muy importante de los movimientos feminista y LGTB+ se han venido prestando desde hace tiempo. Para frenar esa amenazante deriva, me parece que, como decía, hay que dialogar más, sobre bases firmes.

Creo que lo que está aquí en juego tiene que ser afrontado desde la perspectiva de los derechos, pero bien entendida: no creo que se pueda defender el derecho de una persona -o pareja- a ser padre/s y/o madre/s por gestación subrogada, sencillamente porque tal derecho ni existe ni puede existir. En todo caso, aquí lo que está en juego es el derecho de la mujer gestante a aceptar libremente serlo. Y es aquí, en torno a la idea de dignidad, libertad, o autonomía personal de la mujer, donde surge el desencuentro. Quienes defienden la gestación subrogada sostienen que es posible que haya mujeres que libremente opten por gestar para posibilitar la paternidad o maternidad de un tercero. Quienes están en contra, por su parte, defienden que algo así supone, en todo caso, una denigración o instrumentalización de las mujeres gestantes, apoyando su argumento en que la razón económica suele ser la verdadera causa que lleva a estas a tomar esa decisión, cuando no directamente la explotación a que pueden ser sometidas por un tercero. Pues bien, sobre ello hay que debatir, porque solo así, poniendo encima de la mesa los buenos argumentos, seremos capaces de acercarnos al entendimiento.

Segundo.- En los últimos tiempos se está produciendo un fenómeno mediático, fomentado desde ciertas asociaciones LGTB+, sumamente preocupante, por dos razones: la primera, porque se está poniendo el foco sobre una realidad que en sí misma es deplorable, a saber, el hecho de que en nuestro país, y, más en concreto, en una ciudad supuestamente abierta y tolerante, como lo es Madrid, se estén produciendo ataques o agresiones a personas LGTB+ por el simple hecho de serlo y manifestarlo públicamente; y la segunda, porque el clima que se está generando como consecuencia de la repercusión mediática de esos hechos llega a ser de carácter poco menos que paranoico, al incluir llamadas al cuidado y vigilancia que debemos tener las personas LGTB+ para evitar esos ataques o agresiones.

Pues bien, sin negar la verdad que se esconde tras esas denuncias, esto es, que aún existe un reducto importante de odio, a veces muy agresivo, a quienes tenemos una orientación sexual o identidad de género diferente a la mayoritaria, y sin escamotear ni un ápice de reconocimiento y mérito para aquellas asociaciones que hoy hacen bandera de su vigilancia ante esta manifestación de los llamados delitos de odio, creo que tampoco podemos caer en la paranoia. España, en general, y Madrid, en particular, son lugares donde las personas LGTB+ pueden sentirse seguras. Lo que no quiere decir, evidentemente, que no haya casos de agresiones reales a personas LGTB+ que deben de ser vigilados, combatidos y, dado el caso, policial y penalmente perseguidos. Pero de ahí a extraer la conclusión, como, intencionadamente o no, se da a entender, a partir de datos no suficientemente contrastados y convenientemente analizados, de que nuestra vida o integridad física, por ser LGTB+, corre riesgo, hay un paso enorme en el vacío que no deberíamos dar. Que queda mucho camino por recorrer para alcanzar la igualdad real: cierto. Que no podemos vivir con miedo o temor a una agresión: también cierto. Y a partir de ahí, dialoguemos sobre cómo afrontar de mejor modo esa realidad, que no por ser puntual, es menos preocupante.

Tercero.- Lo anterior seguramente tenga mucho que ver con lo siguiente: Las personas LGTB+, en buena medida, nos hemos convertido en el objeto LGTB+. Un objeto del que, para bien o para mal, se han apropiado determinados partidos políticos, introduciéndolo en la batalla electoral. Es importante no olvidar la historia del pasado, para recordar quiénes estuvieron a nuestro lado y quiénes en nuestra contra. Pero mucho más importante es escribir la historia del futuro. Y para que esa historia sea una historia de éxito, me parece que hay que dar ya el gran paso de extraer de la disputa político-partidista una cuestión que, por afectar al núcleo mismo de la dignidad de la persona, al mismo corazón de los derechos humanos, debería ser asumida por todos los que creen en esa dignidad y la defienden. No habrá igualdad real de las personas LGTB+ en este país mientras haya un partido político que represente a una parte importante de la sociedad que esté o se muestre en contra de tal igualdad. Tengo el convencimiento de que, con inteligencia y generosidad, construyendo puentes sólidos, ese partido será capaz de transitar esa senda; de hecho, ya hay personas que forman parte de él que lo están haciendo. Ojalá no me equivoque; no por mí, sino por todas las personas LGTB+ de este país. En definitiva, creo que, en tanto que individuos y colectivos comprometidos con la igualdad, nuestra "obligación" es facilitarles ese tránsito. Y para eso nada mejor que superar el estadio de "objetos" ("lo LGTB") para convertirnos en sujetos protagonistas de nuestro propio destino.