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Lo que nunca debemos olvidar frente al terrorismo

20/12/2016 11:24 CET | Actualizado 20/12/2016 13:20 CET

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Foto: EFE

La infinita indignación ante los atentados terroristas de Ankara y Berlín no nos debe hacer olvidar dos cuestiones esenciales.

La primera, que los terroristas querrían cometer muchos más ataques, pero no pueden.

Evidentemente, el hecho de que estén en condiciones de llevar a cabo aunque sea uno solo, con su terrible secuela de muertos y heridos, debe movilizar todos los esfuerzos de las democracias para que ni esa cifra alcancen los asesinos, porque únicamente hay un objetivo frente a ellos que pueda ser calificado de éxito: atentados cero. Eso está claro.

Pero estoy seguro de que se cuentan por decenas los intentos terroristas frustrados por las fuerzas de seguridad. Se trata de un logro callado y silencioso, pero eficaz, que también se demuestra en el hecho de que, para matar, los criminales tengan que recurrir a los métodos más simples (pero no menos salvajes) en cuanto a logística, como el de los camiones de Niza o de Berlín lanzados contra multitudes.

Es bueno que lo recordemos, porque, aunque mientras siga habiendo atentados es tan imprescindible como posible una mejora en la seguridad, evitar más ataques es un éxito atribuible, en buena medida, a la coordinación entre las democracias europeas. Los instrumentos de actuación conjunta de los que se ha dotado en tal sentido la UE juegan un papel clave en ese sentido, papel que una profundización federal de la Unión no haría más que perfeccionar: los federalistas europeos no somos unos utópicos, más bien grandes pragmáticos.

A los niños, los ancianos, las mujeres y los hombres que sufren en Alepo no les representa el terrorista de Ankara por mucho que grite tal o cual consigna.

Por lo tanto, lo ocurrido esta semana debe servir para señalar lo que nos falta, pero no para menospreciar lo que ya hemos conseguido entre todos.

La segunda cuestión a no olvidar es que nada justifica o explica un atentado terrorista, ni siquiera el contexto en el que se produce.

Cuando el policía turco traiciona su juramento, asesina cobardemente al embajador de la Federación Rusa en Ankara y grita antes de caer abatido "Venganza para Alepo" y otras consignas, puede haber muchas personas de bien que en vez de mirar a su pistola giren su vista a Siria y tiendan a "responsabilizar" (con comillas) de lo ocurrido a quienes no han sabido o podido parar la guerra civil en ese país.

Está fuera de toda duda que los Estados Unidos de Obama, la UE y la ONU han fracasado y siguen haciéndolo en Siria, que la Rusia de Putin y otros muchos juegan sin demasiados escrúpulos con la vida de la población civil en el tablero de un país que tardará décadas en recuperarse, y que el régimen de El Assad y buena parte de la oposición armada cometen crímenes contra la Humanidad un día sí y otro también.

Pero no nos equivoquemos: a los niños, los ancianos, las mujeres y los hombres que sufren en Alepo no les representa el terrorista de Ankara por mucho que grite tal o cual consigna. Al apretar el gatillo contra un inocente -el embajador ruso-, se une a quienes consideran la vida humana por debajo del único lugar en el que puede estar entre los derechos humanos: el primero e inviolable.

Los únicos que pueden exigir a la Comunidad Internacional que intente parar la guerra y su barbarie en Siria de forma inmediata son las víctimas y quienes les defienden con la paz y la palabra, no quienes practican el terrorismo, porque estos están entre los verdugos.

En ese sentido, la Fundación Alternativas ha editado La Catarata el libro del profesor Ignacio Álvarez-Ossorio Siria: revolución, sectarismo y yihad, con el que quiere sumarse con el pensamiento a la reflexión para promover la paz.

Esperemos que la UE y el resto de democracias hagan mucho, muchísimo más para conseguirlo.

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EFE

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