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Populismo contra populismo

11/01/2014 10:04 CET | Actualizado 13/03/2014 10:12 CET

¿Puede haber una idea menos eficaz y más peligrosa que competir con partidos populistas a base de imitar su lenguaje y asumir sus postulados? Me temo que no.

Desdibujar las esencias de la democracia para defenderla. Estirarla como un chicle irrompible para estrangular electoralmente a quienes la amenazan. Romper las reglas con el pretexto de garantizar la supervivencia. Dejar de ser uno mismo y, en fin, hacer el ridículo. Me temo que un político en apuros puede ser capaz de casi todo para tratar de preservar el poder.

Los líderes euroescépticos, representantes del Tea Party europeo - como dice el último número de The Economist - que han pasado las Navidades brindando por las fiestas, pero sobre todo por el festival electoral que les espera el próximo mes de mayo en las elecciones al Parlamento Europeo son, claro, una amenaza para la UE. Pero también lo son para los partidos tradicionales que en Europa se han alternado en el poder durante décadas sin la amenaza de incómodos outsiders.

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Los euroescépticos acarician la victoria en países como Francia, Reino Unido y Holanda, además de esperar buenos resultados en muchos otros. Ya no son minoritarios y marginales. Están de moda, sobre todo, me temo, entre los jóvenes. Tienen en común una reivindicación de la vuelta a las fronteras nacionales y como consecuencia siembran la sospecha sobre sus vecinos europeos e inmigrantes de países más lejanos.

La crisis en Europa ha dejado muchas secuelas y no es la menor la desconfianza hacia quienes pueden ser vistos como una amenaza para el trabajo de los ciudadanos nacionales. La xenofobia y el racismo encuentran siempre su caldo de cultivo en las crisis económicas y es entonces cuando los partidos extremistas se frotan las manos. La historia está llena de ejemplos. Nada nuevo a este respecto, salvo la deriva populista con la que algunos líderes pretenden ahora hacer frente a los extremistas. La nueva moda es, como graficamente dice José Ignacio Torreblanca, "si no podemos con los eurófobos, unámonos a ellos".

Sólo la ambición por la preservación del poder explica el soberbio ridículo democrático que estos días practican líderes como David Cameron, primer ministro del Reino Unido, o Horst Seehofer, jefe del Gobierno de Baviera, aliado de Merkel y de los socialdemócratas alemanes tras la reedición de la gran coalición. Con toda seguridad su lenguaje xenófobo les impediría entrar en la UE al frente de cualquier país candidato, pero desde dentro, contribuyen un poco más a oscurecer las horas bajas que vive Europa.

Sus despropósitos se han producido en relación a que el pasado uno de enero se han eliminado las restricciones para que los ciudadanos de Bulgaria y Rumanía, que accedieron a la UE en 2007, puedan libremente trabajar en todos los países de la Unión. Pero en lugar de una felicitación por su estatuto de pleno derecho, se han encontrado una ola xenófoba en su contra.

Cameron, acosado por el ascenso del patrioteramente populista UKIP, estudia planes para limitar los beneficios sociales a los que tengan acceso los ciudadanos búlgaros o rumanos que se instalen en el Reino Unido y no duda cada vez que habla en sembrar sospechas sobre su honorabilidad. Lo más ridículo de las alarmas cameronianas es que el número de búlgaros y rumanos en el Reino Unido es muy inferior al que hay en países como España, donde la norma general es una razonablemente buena integración. Por si fuera poco, una encuesta reciente ha reflejado que dos terceras partes de los británicos acogen de buen grado la llegada de búlgaros y rumanos "si se integran y trabajan". ¿Dónde está la gran alarma?

Alemania es desde luego el país de Europa donde más claros son los peligros que están asociados al nacionalismo y la xenofobia. Su líder bávaro, Seehofer, lleva a cabo una campaña en primera persona para ahuyentar a los ciudadanos búlgaros o rumanos que hayan pensado en ir a trabajar allí. Ha tenido incluso el atrevimiento de calificar a los futuros inmigrantes como "peligrosos turistas sociales" y proclama el lema: "El que engaña debe ser expulsado". Casi nada.

Estos episodios son la continuación de la cruel forma con que el ministro del interior francés, Vals, sacó pecho por la expulsión de Leonarda, gitana de origen rumano, durante una excursión escolar. Hollande, en lugar de desautorizarlo, decidió, preocupado por el ascenso de Le Pen, mantener su confianza.

En España podemos estar contentos porque no hay a la vista un partido populista anti europeo. Tampoco uno de extrema derecha. Aunque, ya se ha encargado el ministro Gallardón de recordarnos con su ultramontano proyecto de ley del aborto que ya se encargan ellos de cubrir ese espacio.

Con el populismo antieuropeo ocurre igual que con el nacionalismo: Al final, los electores prefieren la versión original a la edulcorada. El Gin&Tonic con frutas flotando sobre los hielos puede entretener un rato, pero al final el regreso a la versión original con la corteza de limón es inevitable. Coquetear con el lenguaje nacionalista o antieuropeo es arrimar la discusión al espacio natural de los eurófobos y supone también darles parcialmente la razón. Manosear la UE y sus cuatro libertades (personas, bienes, servicios y capitales) con tal de mantener el poder hace que quienes la atacan no parezcan en el fondo tan equivocados.

Se busca estrategia coherente para luchar contra el populismo anti-europeo y no queda casi tiempo para las elecciones al Parlamento Europeo. Competir en populismo con los populistas no parece una buena idea.

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