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Todavía

27/12/2012 08:11 CET | Actualizado 25/02/2013 11:12 CET

Hoy no les voy a hablar de política exterior. En estos días brumosos hay pocas cosas tan gratificantes como poder compartir historias de esperanza; historias de individuos absolutamente normales que han sabido cambiar el rumbo de sus vidas y darle un nuevo sentido.

Esta comienza por Marc Freedman, un norteamericano que ha dedicado buena parte de su carrera a lo que él llama, en una traducción algo forzada, "los años bis" (the encore years); o sea, cómo reinventarse, cómo encontrar un nuevo sentido a la vida en el periodo que va entre la madurez y ese concepto cada vez más difuso de la jubilación.

Su objetivo son los sesentones, fruto del baby boom que vivió Estados Unidos -y también otros países anglosajones- entre los años 40 y los 60; decenas de millones de personas en perfecto estado de salud física y mental, que no están dispuestas a dejarse arrastrar por la vejez pero que por diversos motivos acaban saliendo de los circuitos laborales habituales.

Freedman reparte su actividad entre escribir libros sobre el tema y gestionar Encore.org, una organización sin ánimo de lucro de la que es fundador y que asesora y guía a aquellos que quieren lanzarse a este segundo acto: "Con causa, con pasión y con dinero" es su lema. Con causa porque todos ellos buscan contribuir, de algún modo, a la sociedad; con pasión, porque en muchos casos acaba transformándose en su razón para existir; y con dinero, porque con ello no tienen por qué renunciar a ganarse la vida.

Y es ahí donde empiezan las auténticas historias. Freedman cuenta, por ejemplo, el caso de Aggie y Louise, dos mujeres que habían tenido siempre trabajos perfectamente anodinos y que al llegar a la jubilación, por temor a aburrirse, se apuntaron a un programa llamado "Abuelos de acogida" en su hospital local, en Maine. Allí, a cambio de una paga simbólica, se comprometían a pasar 20 horas semanales en la sección de pediatría. Esa decisión les cambió la existencia.

Sin ningún conocimiento médico ni asistencial, se convirtieron en la familia de facto de un montón de niños enfermos, muchos desahuciados, acompañando a pequeños de futuro lamentablemente cierto, sustituyendo a menudo la presencia de padres que no pueden permanecer semanas pegados al lecho de sus hijos y descubriendo un motivo por el que merece la pena levantarse cada mañana. "No es un trabajo, es una alegría", afirmaba una de ellas.

Cuenta también el caso de Thomas Cox, un abogado de 68 años que trabajaba para bancos y se convirtió en el mayor experto de su estado en desahucios. Pero su alma se resintió; se deprimió, se divorció, abandonó el Derecho y decidió dedicarse a la carpintería. Hasta que, utilizando sus enormes conocimientos sobre el tema, empezó a colaborar como voluntario para asistir a personas al borde de ser desahuciadas. En uno de sus casos destapó una trama fraudulenta por parte de una de las firmas hipotecarias más importantes y que ha permitido fijar límites a los abusos por las hipotecas agudizados por la crisis. Cox ha sido uno de los ganadores del Purpose Prize de 2012, un premio que organiza Encore.org y que otorga anualmente 100.000 dólares a cada una de las personas que lo consiguen. Junto a Cox, este año lo han obtenido un ingeniero indio que ha contribuido a garantizar el agua potable en su pueblo natal; una mujer que facilita a expresidiarias la reincorporación a una existencia normal; otra que ayuda a ancianos y adolescentes de bajos ingresos a encontrar nuevas posibilidades de desarrollo; y otra que trabaja para mejorar las perspectivas de niños en acogida con programas de innovación social. Todas ellas son historias de gente que ha encontrado el auténtico sentido de su vida ayudando a otros y después de los sesenta.

En España hay más de un millón de personas entre los 50 y los 64 años sin empleo, un tercio de ellos con estudios. Mucho se habla estos días -y con razón- del drama que supone el paro juvenil, la falta de oportunidades para los jóvenes que encuentran imposible su incorporación al mercado laboral. Pero se habla mucho menos de todas esas personas que en la plenitud de sus facultades, con hijos todavía relativamente pequeños, -la paternidad entre los españoles llega cada vez más tarde-, con padres, también, de los que ocuparse a menudo, son expulsados de dicho mercado. La tendencia comenzó hace ya mucho, cuando determinados sectores -financiero, telecomunicaciones- decidieron aplicar una política de prejubilaciones completamente abusiva. Pero la crisis ha venido a poner la puntilla. Aunque no sea una norma escrita, no es extraño encontrar que los primeros nombres en las listas de muchos de los ERES actuales son los de los empleados mayores y más experimentados.

¿Sería posible que algunos de ellos pudieran reinventar sus vidas con iniciativas como las que impulsa Encore.org? Parece realmente difícil. El último informe Doing Business del Banco Mundial, que mide la facilidad de hacer negocios en 185 economías, sitúa a España en el puesto 44; pero hay variables, como la que mide el tiempo, los procedimientos y el coste de abrir un negocio en el que la posición española cae al puesto 136. Así que ser emprendedor no es fácil, desde el punto de vista administrativo, ni antes ni después de cumplir los 50. Tampoco la flexibilidad laboral -pese a las reformas- es la tónica. Si alguien quiere dedicar sólo parte de su tiempo a alguna actividad remunerada, la legislación no favorece ni al empleado ni al empleador.

Sí ha habido, sin embargo, en el último año, un aumento en el voluntariado de mayores y desempleados. Existen asimismo organizaciones, como Secot, cuyos miembros son jubilados o prejubilados que ofrecen altruistamente asesoramiento en gestión empresarial a jóvenes. Pese a las tremendas diferencias culturales y de marco legal, es más que probable que en España se desarrollen con el tiempo iniciativas como la de Encore.org. Porque hay mucha gente que tiene mucho que ofrecer y durante mucho más tiempo. Todavía.

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