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Si tú no vas, ellos ganan y perdemos todos

15/09/2015 07:15 CEST | Actualizado 14/09/2016 11:12 CEST
MARTA PÉREZ

Para las personas que tenemos una alta sensibilidad social, se hace ciertamente complicado tener que estar centrados en luchas de identidades, cuando tanta gente está sufriendo las consecuencias de una crisis económica brutal y desgarradora que ha derivado en una precarización del trabajo inadmisible. Unas identidades que, además, son perfectamente compatibles, y así ha sido siempre para la mayoría de catalanes.

Pero la realidad es la que es, y el nacionalismo nos está abocando a una situación inmoral fruto de sus propias dinámicas sectarias y maniqueas. El egoísmo, la insolidaridad y el totalitarismo uniformador de la ola secesionista están intentando esconder la realidad de unas clases medias y trabajadoras depauperadas. Todo tapado con el empacho de banderas y de yincanas que demuestran que tienen mucho tiempo que perder y que gozan de una situación económica cómoda, como evidencia el profesor de sociología Pau Mari-Klose en el capítulo primero del magnífico libro Cataluña. El mito de la secesión.

Desde hace varios años, en Cataluña se ha dejado de hablar de los temas que nos afectan realmente como ciudadanos, para, a través de un aparato de propaganda continuo e inmoral, pagado con esos recursos de todos que no se destinan a lo prioritario, generar un estado emocional que lleva a muchos conciudadanos a buscar culpables externos para descargar las importantes responsabilidades del propio gobierno. No olvidemos que Cataluña es una de las regiones del mundo con mayor capacidad de autogobierno y con suficientes recursos como para resolver los verdaderos problemas de la gente y no crear problemas añadidos innecesarios.

Debemos tener muy claro que en este 27 de septiembre la participación debe rondar el 80% para darle la vuelta a esta ilusión burguesa tan alejada de las necesidades y aspiraciones de la gente de a pie.

En este proceso de ruptura, orquestado por la clase política nacionalista, la calidad de la democracia se ha resentido muy gravemente. Y no solo por los casos de corrupción que formaban parte del día a día de los padres de la patria, sino también porque todo este salto hacia adelante sin sentido, peligrosísimo para la convivencia y que solo genera divisiones estériles, nos lleva a afrontar las próximas elecciones del 27-S bajo un paradigma plebiscitario que no corresponde. Y los protagonistas de toda esta miseria intelectual y moral lo justifican atribuyéndose la voluntad de la totalidad de los ciudadanos de Cataluña bajo el victimismo del no nos dejan votar, tenemos derecho a decidir y otros lemas de vuelo corto, tan efectivos en los tiempos que corren.

Pero la realidad es tozuda, por mucha creatividad semántica que se atestigüe, y nos demuestra que esta clase política nacionalista que se llena la boca con la palabra democracia, entre otras acciones, coloca las elecciones en un puente para el 80% del territorio menos proclive a sus tesis; las sitúa justo quince días después de la performance masiva del 11-S en el primer día de campaña electoral; utiliza los espacios públicos para marcar el territorio con banderas partidistas; instrumentaliza los medios de comunicación públicos, que actúan de correa de transmisión directa de los postulados oficiales; malgasta el dinero de todos para subvencionar de forma directa o indirecta a entidades que buscan lo que nos distancia en lugar de lo que nos une. Y lo hace con una habilidad para la invención conceptual que nos deja pasmados, uniendo izquierda y nacionalismo (CUP), españolismo e independentismo (Reyes & Rufián) o monolingüismo y pluralidad (Som Escola), en un ejercicio sofístico de baja estofa que avergonzaría al más pintado.

En esta coyuntura tan alejada de los principios democráticos más básicos nos vemos abocados a un proceso electoral determinante para el futuro de todos, con al menos la mitad de los ciudadanos catalanes hastiados de tanta teatralización, de tanta emoción, de tanta futbolización de la política, y con ganas de acabar con esta insensatez creciente. Debemos tener muy claro que en este 27 de septiembre la participación debe rondar el 80% para darle la vuelta a esta ilusión burguesa tan alejada de las necesidades y aspiraciones de la gente de a pie.

Está en nuestras manos acabar con el triste recorrido de los que se envuelven en banderas de una parte para olvidarse del todo. Los mismos que si fueran un 3% menos adinerados entenderían que la pluralidad de Cataluña no permite un programa de máximos. Por ellos, por ti, participa en estas elecciones autonómicas, nos jugamos demasiado.

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