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Rumbo a la escisión

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"Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel del alma (...)"

Así escribió Neruda de la muerte y así deben sentirla ya muchos socialistas. Náufragos hacia dentro, ahogados en el corazón y en medio de un cementerio, quizá no de tumbas, sino de ideales y recuerdos perdidos ya en la memoria de quienes no se reconocen ni en sus propias siglas.

Nunca un secretario general hizo tanto por la desaparición de un marca y nunca un líder se atrincheró de tan humillante forma a una silla. Si los resultados electorales fueran para un partido lo que la cuenta de resultados de una empresa a sus directivos, hace tiempo que a Pedro Sánchez le hubieran dado el finiquito. Pero este PSOE de nuevo cuño tiene más de táctico que de estratega y más de personas que de proyectos. Y quienes, en diciembre, aguardaron para mejor momento, están hoy tan atrapados como quien les ha llevado hasta este infierno.

Ni el peor de los escenarios dibujados, imaginó una degradación semejante. Guerra abierta, desgarro, fractura y una profundísima crisis de la que ni los más optimistas alcanzan a ver cómo saldrá la socialdemocracia española. Con daños irreversibles, seguro. Porque haya o no terceras elecciones, el PSOE ya no estará en condiciones óptimas de afrontar siquiera ni la investidura negociada con la derecha por la que apuestan algunos. De todo esto, quien gana, seguro, son PP y Podemos.

Pase lo que pase ya nada puede salir bien en el PSOE. Porque nunca un secretario general llegó tan lejos y nunca un sector crítico se atrevió a tanto. Hasta donde a algunos les alcanza la memoria, un antecedente igual de cruento fue el del congreso en el que la socialdemocracia española abjuró del marxismo. A otros la escena les recuerda más a la crisis que el PCE vivió en 1980.

¡Fuera caretas! El debate ya no es si abstención si o no, sino si Pedro Sánchez está capacitado para seguir al frente del PSOE o no. Unos, que sí, pese al hundimiento electoral; otros, que ni un minuto más. A medida que transcurren las horas, quedan pocos argumentos con entidad que justifiquen la permanencia de un secretario general que ha llevado la marca a su peor registro por dos veces consecutivas; ha perdido la confianza de sus cuadros; ha enfrentado a la militancia con los dirigentes, le ha dimitido la mitad más uno de su dirección y aún así ha decidido atrincherarse en la silla de la calle Ferraz.

Y todo como consecuencia de un conflicto entre legitimidades, la de un secretario general elegido por voto directo de los afiliados y la de los órganos de dirección cuyo mandato emanó de la voluntad de los delegados representados en un congreso. De aquellos polvos estos lodos.

España tiene ante sí a un Partido Socialista que se saca los ojos ante el respetable. Los antecedentes los conocen bien. La secuencia de las últimas 24 horas es digna de repaso y tendrá, seguro, consecuencias traumáticas para una marca centenaria.

Un ex presidente del Gobierno que declara sentirse engañado por su secretario general; un secretario general que pierde la confianza de los cuadros dirigentes del partido y ofende la memoria y la historia de sus mayores; 17 miembros de un órgano director que presentan su dimisión y dan por disuelta la Ejecutiva; una dirección que formalmente ya no existe, pero se atrinchera en los despachos; un secretario de Organización que impide la entrada en la sede a uno de los dimisionarios...

Luego, las interpretaciones estatutarias: que si dimitida la mitad más una de la Ejecutiva hay que crear una gestora; que si no hay un artículo de las normas que establezca semejante salida; que si el Comité Federal convocado para aprobar la fecha del congreso ya no se puede celebrar; que si la dirección no está disuelta; que si el secretorio general se pasa por el forro los estatutos del partido y el reglamento de su propia dirección...

Los socialistas han sacado lo peor de sí. Y aquí ya no hay más lectura que la política: un PSOE que pone rumbo a la escisión como consecuencia del atrincheramiento de un liderazgo jamás consolidado al que se debió reprobar en diciembre y, por un mal entendido sentido de la responsabilidad, se le permitió llegar donde ha llegado. Y donde ha llegado es a un callejón sin salida digna ni para él ni para el partido porque la batalla puede acabar en los tribunales de Justicia y con un juez que decida quién tiene o no la propiedad de las siglas.

El caso es que cuando Felipe González se declara engañado por Pedro Sánchez ante los micrófonos de la SER es porque el secretario general le garantizó una abstención a Rajoy en segunda vuelta y porque los pasos a seguir por los críticos liderados por Susana Díaz ya estaban todos medidos y decididos: dimisión de la mitad más uno de la Ejecutiva.

Sólo faltaba decidir si la renuncia se formalizaba antes del próximo sábado o el mismo día para el que estaba convocado el Comité Federal que debía aprobar la fecha del congreso federal. Había dudas. Hacerlo antes suponía que los 17 dimisionarios no podrían votar en el máximo órgano entre congresos. Pero, una entrevista de Sánchez con eldiario.es, en la que situó al otrora presidente en el "bando" de la abstención a Rajoy y emplazó a Susana Díaz a retratarse, precipitó toda la operación.

17 dimisiones y el PSOE se quedó sin dirección. No hay disquisiciones jurídicas que valgan. El reglamento de la Ejecutiva Federal lo deja claro en su artículo 5: "El pleno de la Comisión Ejecutiva Federal se entiende debidamente constituido cuando estén presentes la mitad más uno de sus miembros". Y la mitad más uno de sus miembros ya no están, por lo que no irán a la cita convocada por Sánchez con el propósito de convocar ahora un Congreso Extraordinario.

SI hubiera dudas, para eso está la Comisión de Garantías a la que Sánchez y Luena no le reconocen autoridad alguna en este conflicto. ¡Hasta dónde han llegado!