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Con Trump y los hermanos Koch, petróleo barato y contaminación para rato

03/03/2017 07:00 CET | Actualizado 03/03/2017 07:20 CET
REUTERS

El petróleo barato significa malas noticias para las energías renovables. Con estos precios, el crudo es más rentable económicamente que cualquier otra energía y que nadie se engañe: el precio del barril no va a subir a corto plazo. Básicamente porque, en la energía, como en cualquier otro sector, el efecto Trump se ha dejado notar ya. En sus pocas semanas al frente de la Casa Blanca, el neoyorquino ya ha demostrado que los magnates del petróleo (al igual que los magnates financieros o farmacéuticos) se lo van a pasar de lujo con él. El petróleo de esquisto va a salir a borbotones de Texas, Dakota o Wisconsin y, por lo tanto, es imposible que los precios suban.

Gracias a la velada influencia que ejerce el ejército de lobistas de los famosos hermanos Koch sobre el nuevo Gobierno de Trump, los próximos cuatro años va a estar llenos de petróleo barato, de contaminación y, en general, serán cuatro años perdidos para cualquier avance ecologista que se produjese en los Estados Unidos. El temido fracking, uno de los principales enemigos de los ecologistas y que parecía en declive hace unos meses, resurge de sus cenizas gracias a SuperTrump.

La crisis del fracking pertenece al pasado

La crisis del precio del petróleo tuvo su punto álgido hace poco más de un año, tocando fondo en enero de 2016, cuando el barril de Brent se llegó a vender por debajo de la barrera de los 30 dólares, mínimos de la década. Se dice que dicha bajada estuvo en parte provocada por Arabia Saudí, que tenía el objetivo de minar a uno de sus principales enemigos: Irán. La monarquía árabe puede extraer beneficios del petróleo aún con precios muy bajos y, por ello, creó una sobreproducción en el mercado mundial que abaratase los precios y perjudicase a todos aquellos productores que cuentan con márgenes de beneficios mucho menores, principalmente Irán.

Sin embargo, dichos precios alrededor de los 30 dólares por barril también hicieron que la extracción de petróleo de esquisto en los Estados Unidos (fracking) dejase de ser rentable para sus productores. Un productor norteamericano gasta casi 40 veces más en producir un barril que un productor saudita y, por ello, con los precios tan bajos y con las cargas impositivas y ecológicas del Gobierno federal norteamericano, numerosas empresas del sector del fracking o relacionadas con él se declararon en bancarrota durante la primera mitad del año pasado.

Queda claro que la llegada de Trump y la oligarquía petrolera norteamericana solo puede traer malas noticias para el ecologismo.

Y esto, visto desde un punto de vista ecologista, no dejaba de ser una gran noticia. Allí donde se utiliza, el fracking puede provocar la contaminación de los recursos acuíferos de la zona, la emisión de cantidades nocivas de metano a la atmósfera o riesgos para la salud pública por los materiales utilizados en la extracción.

Make oil American again

Sin embargo, ya corren nuevos tiempos para producción de petróleo de esquisto en los Estados Unidos. Primeramente, porque el pacto para la reducción de la producción en la OPEP ha conseguido aumentar los precios, acercándolos más a la barrera de beneficio de los productores norteamericanos. Y, segundo, porque el salvador de la contaminación, del fracking y de cualquier otro método de no hacer nada bueno por el medio ambiente ha llegado a la Casa Blanca, y se llama Donald J. Trump.

Como casi todo en su, por ahora, corta carrera presidencial, Trump hizo público su apoyo al fracking a través de Twitter. Además, en un comunicado en vídeo desde el despacho oval, también comunicó su intención de propulsar la producción energética norteamericana (no solo de fracking, sino también de otros recursos fósiles como el gas natural o el carbón). Por ahora, este enemigo acérrimo de las teorías del calentamiento global ya ha aprobado la apertura de dos oleoductos parados en su momento por la administración Obama y, además, no deja de proclamar a los cuatro vientos su búsqueda de la independencia energética para los Estados Unidos.

Solo con echar un vistazo a los donantes de la inauguración presidencial de Trump (con la petrolera Exxon figurando como principal donante) o a los nombramientos en el gabinete y en el personal de confianza del nuevo presidente de los Estados Unidos, en el que tal y como señalan The Guardian o Good aparecen por todas partes las conexiones con los hermanos Koch, se puede ver que es un hecho que la oligarquía petrolera ha llegado a la Casa Blanca para quedarse.

Si Donald Trump incentiva o recorta los gastos impositivos a los que tienen que hacer frente las extractoras de petróleo de esquisto (que lo hará), esto permitirá que los márgenes de éstas aumenten y, por lo tanto, se pongan a producir nuevamente de forma masiva, provocando una nueva abundancia de petróleo. El peligro será, pues doble: por un lado, la contaminación y riesgos medioambientales que conlleva el fracking, por otro, el abaratamiento del crudo que frenará la inversión en energías renovables.

Alexandra Marín, analista financiera en Avatrade, afirma que, en su opinión, "el petróleo se mantendrá barato durante un tiempo, probablemente entre los 40 y 50 dólares por barril". "Probablemente, veremos cómo, en unos meses, las acciones de Exxon, BP u otras petroleras comienzan a subir".

Queda claro que la llegada de Trump y la oligarquía petrolera norteamericana solo puede traer malas noticias para el ecologismo. Quizás, lo peor de todo es que por ahora solo llevan unas semanas.