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El Pacto por la Educación que necesitamos

16/02/2017 07:18 CET | Actualizado 16/02/2017 07:19 CET

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Foto: ISTOCK

La Subcomisión de Educación del Congreso de los Diputados celebró el pasado martes la primera de lo que, según se anuncia, puede ser una serie de reuniones encaminadas a la consecución de un Pacto de Estado por la Educación. Una idea casi mítica, invocada cada vez que se sintomatizan los muy diversos problemas estructurales de los que adolece nuestro sistema educativo. Un horizonte por todos deseado ante la exasperación que provoca comprobar el carácter caprichoso y caduco de los últimos intentos de reformarlo.

Pese a ello, la Educación es uno de los ámbitos de discusión más ideologizados de nuestra agenda política y social. No solo porque cuestiones como la pertinencia de las reválidas, la edad de elección de itinerarios, la presencia de la religión, la supresión de la filosofía, el lugar de la enseñanza de las lenguas cooficiales del Estado o la propuesta de un nuevo sistema de acceso a la universidad dividan a nuestros partidos y sirvan para decantar su posición en el tablero político. El debate sobre la Educación es también ideológico en el sentido "filosófico" del término, a saber: refleja una serie de creencias que, pese a parecer producto de la libertad de conciencia y de opinión, en realidad ocultan la verdadera naturaleza del problema, perpetuando así el estado de cosas vigente.

Porque, en efecto, si bien las cuestiones antes enumeradas no carecen de importancia, acaban por copar la totalidad del debate, dejando sin espacio otros problemas que apenas llegan a emerger en el espacio público. ¿No sería un buen momento para cuestionar el papel de las calificaciones numéricas como sistema de gratificación y recompensa, al menos en la educación primaria? ¿Por qué no preguntarse si la transmisión de contenidos es un fin en sí mismo, o si más bien debería ser una excusa para el desarrollo de las competencias cognitivas y emocionales de los estudiantes? ¿Acaso la duda acerca de la pertinencia de los deberes no está sobradamente justificada, en la medida en que fomenta un aprendizaje solitario y competitivo que recompensa la disciplina antes que la libre curiosidad y la iniciativa personal? ¿Por qué los sistemas de evaluación que califican a los estudiantes y determinan su futuro desempeño son ciegos a las destrezas cooperativas, al trabajo en equipo, a la capacidad de combinar eficacia con valores morales positivos para la colectividad? ¿Tienen aún sentido los libros de texto como referencia última, en un tiempo en el mundo digital permitiría que los estudiantes accedieran a la información de un modo más activo e imaginativo?

Cuando leo que, esta vez sí, todos los partidos tienen la voluntad de alcanzar un pacto educativo, me echo a temblar. Porque en el ámbito de la Educación, ya no podemos permitirnos no ser radicales.

La lista de preguntas podría seguir por extenso, y aunque la mayoría no parece que estén en la agenda de nuestros representantes, sí lo están en la de muchas madres y padres que tienen relativamente reciente su propia experiencia educativa, han sabido reflexionar sobre ella y han formado una conciencia crítica sobre sus deficiencias. Que la referencia al sistema educativo finlandés sea un tópico ya casi manido es buena prueba de ello.

Es cierto que, en ocasiones, el celo de esta generación de madres y padres puede interpretarse como la consecuencia de una aplicación nociva del valor de la espontaneidad y de la defensa de la singularidad inalienable de cada niña y cada niño. Habitantes de la era digital, estos nuevos padres pueden convertirse en consumidores de teorías pedagógicas pret-â-porter, pese a no contar con las herramientas necesarias para poder fundamentarlas y compararlas por otras. Cualquier profesor de primaria o secundaria puede dar testimonio de la presión que ejercen los progenitores reunidos en torno a grupos de Whatsapp, que terminan por convertirse en tribunales sobre su actividad. La evidente consecuencia es una pérdida de autoridad de nuestros maestros y de la institución educativa, mayor de la que ha podido experimentar cualquier otra profesión.

Frente a este tipo de desconfianza hacia a la institución escolar, es necesario replicar que el fin de la Escuela no es solamente escuchar la singularidad de cada niña y cada niño, sino también enseñarles a que su singularidad no es más importante que la de los demás. Frente al recelo hacia el carácter arbitrario de reglas de comportamiento de apariencia coactiva, es necesario argumentar que esas normas son la garantía de la convivencia entre personas diversas, y que aprender a respetarlas equivale a aprender a vivir en sociedad.

Ahora bien, este debido respeto a la Escuela como institución no es contradictorio con la exigencia de una reforma del sistema educativo que no se limite a fijar el lugar de las asignaturas ya existentes, a pactar un equilibrio entre las asignaturas de Ética y de Religión, o a acordar una función cosmética para las reválidas. Nuestro futuro como país depende de una ampliación del número de profesores por centro que les permita atender a la diversidad de cada desarrollo individual, depende de que se abra un debate sobre la formación emocional y la evaluación de competencias, depende de que la creatividad no sea coartada por la necesidad completar temarios que un mundo complejo e interrelacionado torna inevitablemente arbitrarios. El Pacto educativo que necesitamos no es un acuerdo de mínimos, es una revolución del sistema desde sus cimientos.

La tarea es difícil, pues implicaría contrariar a poderosos grupos editoriales, obligaría a las Facultades de Educación a alterar sus programas académicos y, sobre todo, requeriría una inversión presupuestaria de calado. Por eso, cuando leo que, esta vez sí, todos los partidos tienen la voluntad de alcanzar ese Pacto, me echo a temblar. Porque en el ámbito de la Educación, ya no podemos permitirnos no ser radicales.

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