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La verdad no existe pero duele

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La verdad es que la verdad no existe, y si alguien le asegura lo contrario, probablemente le esté tomando el pelo. Esto es, como mínimo, lo que uno podría deducir al leer La ciencia. Su método y su filosofía, obra del filósofo y físico Mario Bunge.

En este excelente libro, Bunge viene a explicar que las ciencias fácticas, las experimentales, sólo producen un conocimiento probable de la realidad. Por otro lado, las ciencias formales, como las matemáticas, no nos proporcionan información sobre la realidad, ya que no se ocupan de objetos ni de hechos reales.

En otras palabras, aunque la ciencia es objetiva y verificable, para Bunge, ésta sólo puede aspirar a proponer respuestas que podrían representar "la verdad" o aproximarse a ella. O sea que, a efectos prácticos, la verdad absoluta nos resulta inalcanzable. Permítanme, por tanto, que me aventure a verbalizarlo de otro modo: la verdad no existe.

Verdades que no existen pero duelen

Habiendo expuesto lo anterior, y a sabiendas, por tanto, de que en el mejor de los casos lo que voy a contarles a continuación sea solo "probablemente cierto", debo reconocer que creo con bastante convicción en algunas verdades, como por ejemplo: la Tierra gira alrededor del Sol (y no viceversa) y el ser humano es el resultado de un proceso evolutivo (y no el resultado del poder creador, inteligente y espontáneo de un ser superior).

Pero todavía más, la verdad es que demasiadas personas pierden la vida cada día por culpa de la miseria, la guerra, la codicia, la persecución, la opresión o la intolerancia. La verdad es que, aunque el cambio climático es uno de los mayores retos a los que se enfrenta la Humanidad, una gran parte de la misma, o no se entera, o no quiere enterarse. También es verdad que, aunque el ser humano no está biológicamente programado para competir, sino para colaborar, hemos creado un sistema que nos obliga a estar dándonos codazos todo el día.

La verdad es que estamos convirtiendo el mundo, y hasta el espacio, en nuestro basurero. La verdad es también que, aunque todos somos híbridos un poco trogloditas, seguimos desconfiando de aquél que no es como nosotros. La verdad es que, aunque nos creemos mejores que el resto de los animales, nos estamos convirtiendo en ineptos desnaturalizados que no sabemos vivir sin nuestros smartphones. La verdad es que, muchos de nosotros, nos arrepentiremos antes de morir de haber trabajado demasiado y de no haber intentado ser más felices.

Y la verdad innegable es que, mirando la foto de este hombre sirio llorando mientras abraza a su familia al finalizar la odisea vivida para llegar a Grecia, se me hace un nudo en el estómago.

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Freedom House

Mirar hacia otro lado

La verdad es que, ante todo esto, podemos mirar hacia otro lado, construir muros más altos, pelearnos por banderas y creencias, aceptar que siempre habrá pobres y ricos.

Podemos seguir tolerando que haya niños-soldado, permitiendo que los medicamentos y las vacunas sigan siendo sólo para los que pueden pagárselos, aceptando que nuestros niños se aburren en las escuelas y que es lícito matar su creatividad y consentir que no desarrollen su pensamiento crítico.

Sí, la verdad es que podemos continuar con nuestras vidas sin cambiar nada, seguir trabajando, consumiendo y contaminando. Podemos seguir pensando primero en el bien individual y, si algún día nos sobran tiempo y ganas, pensar en el bien común.

La verdad es que podemos seguir viendo la tele, bebiendo, comiendo más de lo que necesitamos y pensando que todas esas desgracias que enumeraba antes no son verdad.

Discúlpenme, no pretendía ponerme tan impertinente con tantas "verdades".

La verdad es que lo único que quería contarles yo hoy era lo siguiente: la verdad no existe, pero duele.