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¿Es bueno que los niños crean en Papá Noel o en los Reyes Magos?

03/01/2014 08:18 CET | Actualizado 04/03/2014 11:12 CET

Cuando acudí a una escuela infantil a raíz del fallecimiento de uno de los alumnos, sus compañeros, de cuatro añitos, me contaron que "era genial que pronto fuera Navidad, porque Papá Noel se lo traería de vuelta". Poco antes, les había estado preguntando qué era lo que más miedo les daba, y las respuestas eran "llegar a la adolescencia", "no tener pensión de jubilación", "estar en paro"... Increíble.

Estas reflexiones de los más pequeños demuestran la influencia que el discurso de los mayores tiene sobre ellos y cómo unos padres inseguros y preocupados pueden, inconscientemente, debilitar a sus hijos, si bien es cierto que la situación en la que vivimos les afecta lo mismo que sus propios progenitores. Nuestra sociedad emite sin descanso imágenes, vídeos e información de todo tipo que reflejan un mundo exterior peligroso: ya no sabemos realmente lo que comemos; es mejor no pensar demasiado en lo que estamos respirando; nos gustaría estar mejor informados sobre los tratamientos médicos sugeridos; no debemos ponernos al sol por ser un factor de riesgo de cáncer, pero la falta de luz puede generar carencias vitamínicas; los padres reciben tanta información sobre el cuidado de sus pequeños que después acaban saturados y ceden la educación de sus hijos a una pantalla; cuando dejan de llevar pañal, esperan con ansiedad los primeros signos de pubertad, que provocan tantas dudas y dificultades como perspectivas; en cuanto al panorama laboral, el trabajo, que hasta ahora era algo que se daba por hecho, actualmente es motivo de inseguridades y objeto de prevención de riesgos psicosociales de toda clase; y si con tal de escapar de todo esto, nos da por relajarnos con un pequeño crucero, seguimos corriendo riesgos, como el de no llegar a buen puerto...

Por tanto, en esta época de sinistrosis declarada, en una sociedad victimista y victimizada, creer en Papá Noel (o en los Reyes Magos, o simplemente en la magia de la Navidad) podría parecer una última tentativa de libertad.

Papá Noel, más allá de su historia como publicidad de una famosa marca de refrescos, también se ha convertido en un soporte de los sueños que simboliza la preocupación del niño. Acordaos de la infancia, ese período en el que aún vive el pensamiento mágico, en el que el niño está convencido de que maneja el mundo y de que las cosas suceden sólo con pensarlas, en el que las personas a quien amamos son inmortales, en el que los malos siempre son castigados, en el que los príncipes azules salvan a las princesas, en el que los sueños pueden cumplirse, en el que el principio de realidad no ha destruido todas las ilusiones del principio de placer...

Aunque para muchos niños esta representación de la infancia no tenga nada que ver con su realidad, la función de los padres es intentar que así sea. La pregunta de los adultos es: ¿cómo actuar de esa manera en un contexto en el que todo parece incierto y peligroso?

Algunos afirman que no se debe hacer que los niños crean en Papá Noel (o en los Reyes Magos en el caso de la cultura española), pues eso les haría crear una ilusión que no existe. Otros señalan que mentir a los niños no es un ejemplo de valores educativos positivos, y que alimentando esta creencia no se les está preparando para la dura realidad de la vida. Hay también quien considera que los niños que creen en Papá Noel no se mostrarán agradecidos a quienes de verdad les están haciendo los regalos. Otros luchan contra lo que califican de impostura comercial y de rito pagano de los tiempos modernos. Algunos, realmente traumatizados por su propia experiencia cuando descubrieron que no existía, se prohíben hacer revivir el mismo drama a sus retoños. Por otra parte, los partidarios del hombre de rojo argumentan que sólo el recuerdo de la dulzura de su infancia les incita a transmitir esta mitología; algunos lo hacen sin demasiada convicción, sintiéndose culpables por mentir a su pequeño, temiendo el día clave en que todo se descubra... Otros lo utilizan como arma de chantaje para intentar lograr la obediencia de sus hijos; y también hay quien lo utiliza como apoyo para defender los valores en los que creen.

¿Creer o no creer? O como dirían los más jóvenes: "¿Es de verdad o de mentira?". Tener que elegir entre estos dos extremos es limitarse a esa dicotomía del bien y el mal siempre impuesta en nuestra cultura. De hecho, la pregunta no es tanto dilucidar si es necesario o no hacer creer en Papá Noel como saber por qué los padres desean, o no, hablar de Papá Noel a su niño.

Es cierto que mentir, mirando fijamente a los ojos, puede resultar complicado para muchos adultos (no sólo cuando se trata de mentir a sus hijos), pero el ejemplo de Roberto Benigni en su película La vida es bella nos demuestra que no decir "toda la verdad" también es comprensible cuando los padres quieren evitar algún sufrimiento a sus hijos. Lo que sí puede causar un trauma a un niño son las mentiras que sirven para construir un secreto y que conducen a la negación y a la prohibición de las reflexiones. Este sería el caso, por ejemplo, de las mentiras que se emplean para negar los orígenes de una familia o que ocultan las causas de una muerte.

Más que una mentira, Papá Noel se ha convertido en una creencia y en un ritual transmitido de los mayores a los pequeños. Para entenderlo, sólo hay que observar la complicidad que se crea con los adultos cuando un niño se da cuenta de repente de que no existe, pero quiere hacer todo lo posible para que los más pequeños sigan creyendo. Es ahí cuando comprenden que ellos han crecido y están pasando a formar parte del mundo de los adultos.

Lo que es importante para un niño no es sólo creer o no en Papá Noel, sino qué valores acompañan a esta figura, cuál es el mensaje que le transmiten sus padres cuando hacen que crea (o no) en Papá Noel, qué representa para ellos esta referencia navideña.

Un niño necesita el amor de sus padres para crecer de manera positiva y dar sentido a lo que está viviendo. Para ello, tiene que sentirse seguro, protegido y confiado en sus padres o quien cuide de él. Papá Noel es un apoyo parental más para que los progenitores puedan transmitir a su pequeño los valores que consideran más importantes.

Si para un padre o una madre, Papá Noel es portador de sueños, llegado el momento, sabrá explicar al niño los motivos por los que tanto le ha hablado de él. Entonces, el niño podrá soñar con Papá Noel hasta el día en que comprenda que este mito sólo es una maravillosa creencia familiar. Y ese día, en vez de guardar rencor a sus padres y de creer que lo han traicionado, el niño estará orgulloso de haber resuelto ese misterio y de poder entrar en el mundo de los adultos.

Si para el padre o la madre, Papá Noel es portador de valores negativos, mejor mantener al niño lejos de los preparativos de las fiestas de fin de año, pues podrá percibir el discurso paradójico de un adulto que intenta hacerle creer en algo de lo que él mismo se siente culpable. Entonces llegará un día en que el niño se sienta engañado y avergonzado por haber creído en esa mentira, y traicionado por la confianza depositada en sus padres, quienes suponía que debían protegerlo.

Más allá de este tipo de festividades, lo principal es que los niños crean en sus sueños y que vivan relativamente despreocupados para que puedan crecer con un sentimiento de seguridad mínimo sin temer el mundo que les espera. La infancia se pasa enseguida y la adolescencia no es una enfermedad, del mismo modo que el paro no debe ser visto como una afección de la edad adulta.

Al fin y al cabo, Papá Noel es un enigma más como tantos otros. Permitir que el niño experimente es también darle confianza y ayudarle a crecer entendiendo que la realidad del mundo exterior, su propia verdad y la de los adultos no tienen por qué coincidir.

Todavía quedan días de Navidad, que, aparte de la referencia religiosa, es un período de paz, de atención a los demás, de solidaridad y generosidad. Una burbuja de oxígeno en un mundo asfixiante de dramas; un paréntesis encantado entre dos actualidades dolorosas. Si la Navidad pudiera ser durante unos días un tiempo de ensueño en el que cada uno se preocupara del otro, en el que las relaciones humanas no estuvieran dirigidas por los valores comerciales y por la rentabilidad, sino por la solidaridad; en el que los más débiles no fueran considerados como eslabones inútiles de la sociedad; en el que ganar no fuera la recompensa de los manipuladores, mentirosos y demás escoria; en el que las guerras sólo fueran un recuerdo lejano; en el que la violencia y el maltrato no existieran; en el que el valor de un ser humano no se limitara a sus resultados escolares, a sus diplomas o a su cuenta bancaria; en el que Papá Noel nos pudiera traer de vuelta a los que se han ido... Sería un sueño tan mágico que la Navidad podría durar de verdad para siempre.

Los niños nos recuerdan que no hay sueños inútiles, y los sueños siguen siendo LA libertad universal. Que decida cada uno cómo quiere aprovecharla.

Traducción de Marina Velasco Serrano