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Por qué acabo de dejar mi trabajo en Apple

25/02/2014 07:46 CET | Actualizado 26/04/2014 11:12 CEST

Hace cosa de un mes, tras años trabajando en el diseño de varias empresas, creando sitios web para pequeños clientes, mejorando iniciativas fallidas (o supuestamente exitosas) y trasteando con proyectos de poca monta, Apple me ofreció una entrevista. No me lo podía creer. Acababa de actualizar mi porfolio, y parecía que ya era lo suficientemente bueno para estar entre los candidatos de Apple. Para mí, Apple es, sin duda, la mejor empresa para la que un diseñador podría trabajar.

Fijaron una fecha para la entrevista, y empecé a prepararme para recibir preguntas trampa y problemas de diseño complejos que tendría que resolver frente a un equipo de diseño. También había asumido que una compañía tan grande haría muchas rondas de entrevistas para tomar una decisión final. Me llevé una grata sorpresa al descubrir que solo tenía que entrevistarme con tres personas durante menos de una hora; además, la entrevista fue bastante normalita. De camino a casa, iba dándole vueltas a la entrevista y tenía la impresión de que había ido bien, pero tampoco quería hacerme ilusiones para no llevarme luego una decepción si no me cogían.

Al final resultó que había ido bien. Recibí una llamada ese mismo día, y me dijeron que había sido todo un éxito. Me ofrecieron un contrato para un puesto como diseñador de móviles. ¡Dios! Estaba tan emocionado que me habría puesto a gritar al coger el teléfono. Mis padres y mi familia estaban que no cabían en sí cuando les di la noticia. Hasta lo publiqué en Facebook; nunca había tenido tantos "me gusta" ni tantas felicitaciones. Tuve más "me gusta" que cuando nació mi hija. Incluso me escribieron los típicos conocidos con los que llevaba años sin hablar. Cambié mi descripción en Twitter y, de repente, la gente empezó a seguirme... Gente que probablemente no me habría seguido una semana antes. Todos estaban tan contentos por mí que decidí invitarlos a tomar algo una noche. La celebración fue impresionante. No me podría creer que tanta gente quisiera celebrar la noticia conmigo.

Al principio, estuve unos días sin poder dormir. Estaba nervioso y al mismo tiempo emocionado. Pensaba que la oferta de Apple había validado mi talento como diseñador. Pensé en el largo (y poco ortodoxo) recorrido que me había llevado hasta la empresa. Me preguntaba qué significaba eso para mi carrera, en qué iba a trabajar, adónde podía llegar y si podría acabar la "iPhone app" en la que llevaba un tiempo trabajando. Demasiadas preguntas.

Y luego empecé. Desde el principio me sentí incómodo por el horario inflexible y el largo trayecto que tenía que realizar a diario, pero, al menos, era uno de los pocos trabajadores de la tecnología que tenía el privilegio de poder ir en un autobús privado con Wi-Fi. (Sobre todo, estaba intrigado por lo del autobús, ya que crecí en San Francisco y había visto el giro cultural y económico resultado de este último boom tecnológico. Qué ironía; ahora era uno de esos "tecnólogos" de los que la gente piensa que arruinan la ciudad). Casi nunca (o mejor dicho nunca) veía a mi hija entre semana por culpa de mi estricto horario. También había tenido un buen recorte en el sueldo, pero consideraba que que era una inversión a largo plazo por el hecho de trabajar en una empresa tan prestigiosa. Allí todo era muy movido; tenían tantas contraseñas, cuentas y usuarios que tardé casi un mes en poder hacerme con el servidor. A todas horas había reuniones que interrumpían la productividad de la gente, pero que supuestamente eran imprescindibles para una empresa tan grande y con productos de una calidad tan alta. Todo era un poco molesto, pero pensaba que a la larga no sería un gran problema.

Entonces, mi superior (un productor muy conocido en Apple), que tenía la costumbre de hacer bromitas insultando a la gente, empezó a insultarme directa e indirectamente a mí. Me recordó que, dependiendo de si hacía o no hacía ciertas cosas, no me renovarían el contrato; que no me dejaría tranquilo y me presionaría para acabar cualquier tarea de diseño mundana que él considerara urgente. Era democrático en sus comentarios groseros y condescendientes, pero no me hacía sentir mejor cuando se los dedicaba a mis compañeros de equipo. Me sentía como un adolescente trabajando de vendedor cutre en una de las mayores empresas de tecnología en el mundo.

Intenté resistir y mirar el lado bueno de las cosas. Trabajaba en Apple con los mejores diseñadores del mundo creando productos de primera calidad. Mis compañeros tenían una vista de lince para las cosas de diseño. Me encantaba que Apple prestara tanta atención a los detalles del proceso de diseño. Se analizaba y reanalizaba cada píxel, cada pantalla, cada interacción. La comida de la cafetería estaba muy bien, y me gustaba mi nuevo iPad Air. Pero las bromas, los insultos y la negatividad de mi jefe estaban empezando a distraerme de hacer bien mi trabajo.

Los compañeros que se mantenían firmes y ponían sus límites acababan en la lista negra por no lamerle el culo al jefe. Me convertí en una de esas personas desesperadas por que llegara el fin de semana y asustadas las noches de domingo. Entre mis amigos y mi familia, había pocos que quisieran escuchar las maldades del trabajo en Apple. Les encantaba decir: "Piensa en lo bien que va a quedar en tu currículum", o "tienes que ser uno de los grandes", o "acabas de empezar. No puedes dejarlo ahora".

Una mañana me levanté un poco más tarde de lo normal y perdí el único bus de Apple que pasa por mi casa. Me tocó conducir hasta el trabajo con un tráfico imposible. Estaba agradecido por no tener que coger el coche todos los días. Pero seguía pensando que preferiría poder llevar a mi hija a la escuela como hacía antes de empezar a trabajar para Apple. Llegué al trabajo e inmediatamente me fui para la reunión. Salió bien, así que luego volví a mi mesa. Después de un simple "hola", el jefe me soltó uno de sus insultos ofensivos y gratuitos a modo de bromita graciosa. Traté de ignorarlo y volver a mi trabajo, pero me di cuenta de que no era capaz de concentrarme. Estaba dándole demasiadas vueltas a la situación. ¿Debería denunciar ese tratamiento? ¿Podría aguantar hasta el final? ¿Podrían cambiarme de equipo? ¿Cómo iba a encontrar otro trabajo si no salía de allí? Quizás lo mejor sería darle un puñetazo al jefe... No, no, no lo hagas, Jordan.

Luego, a la hora de la comida, limpié la base de datos del iPad, organicé bien los archivos en los que había estado trabajando, dejé todas las pertenencias encima de mi mesa, cogí el coche y me fui para casa. Le dejé un mensaje a mi jefe diciéndole que era el peor jefe que había tenido en toda mi trayectoria profesional y que no podía seguir trabajando para él por muy bien que quedara el nombre de Apple en mi currículum. La empresa intermediaria que me contrató está furiosa porque he puesto en peligro su relación con Apple. Por supuesto, piensan que no me he comportado como un buen profesional al irme así como así. La verdad es que no estoy orgulloso de ello y, de hecho, me siento fatal por destruir la larga relación que me unía con la persona que me ayudó a conseguir la entrevista. Digerir todo esto es especialmente difícil, puesto que Apple era un sueño para mí. No estoy seguro de si me servirá de algo o no; lo único que sé es que la idea de trabajar para Apple ya no me atrae tanto.

P.S. Actualmente, estoy buscando un empleo relacionado con el diseño. Por favor, contactad conmigo si sabéis de alguno que merezca la pena.

Traducción de Marina Velasco Serrano