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La CUP y el síndrome de Peter Pan

26/01/2016 07:08 CET | Actualizado 26/01/2017 11:12 CET

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Foto: EFE

Junto a los politólogos, hay otro grupo profesional que se debe estar alegrando de las vicisitudes de la CUP: los psicólogos. La trayectoria global del grupo político asambleario, pero especialmente las recientes decisiones adoptadas en el proceso de investidura del presidente de la Generalitat son susceptibles de un sesudo y alambicado análisis político, pero también ameritan un examen psicológico, pues de ninguna otra manera se podría dar una explicación sensata a su vergonzoso sometimiento al enfado del papá Más.

Sin ser psicólogo, me atrevo a sugerir que hay un síndrome psicológico que, aunque se aplica a individuos, no habría mayor problema en predicarlo de un colectivo que padece algún tipo particular de sintomatología similar. El síndrome al que me refiero es el conocido como Síndrome de Peter Pan, que sirve para caracterizar a aquellas personalidades inmaduras, narcisistas, irresponsables, arrogantes y que muestran un rechazo a crecer, así como una creencia de estar más allá de la sociedad y de las reglas aceptadas.

En efecto, si algo caracteriza a la CUP es que mientras las circunstancias le han sido favorables, es decir cuando no han tenido que tomar decisiones cruciales o donde el tiempo no apremiaba, han podido vivir en ese mundo ideal donde todo se decide asambleariamente. Es fácil adoptar ese método de decisión cuando la realidad es la que uno mismo ha delineado y diseñado a su antojo y según su propia conveniencia. Instalados en ese espejismo, la realidad circundante parece triste y gris, contumaz en el error de no ver lo fácil y divertido que es recurrir siempre a votaciones. Que los que votan no se han informado sobre el fondo de la cuestión es una cuestión baladí,como también si no se ha realizado un análisis de las consecuencias a largo plazo: Vox populi vox dei. La realidad ya se amoldará a nuestras decisiones, porque en definitiva, lo bueno y lo correcto depende de lo que surja del pueblo sea cual sea la material sobre la que se pronuncie.

Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: decidir, negociar, es el principal argumento de la obra. Que la vida iba en serio lo han empezado a comprender quizá demasiado tarde, cuando han comprobado que no todo se puede decidir asambleariamente, y que no ha habido más remedio que delegar en un unos pocos la decisión en nombre de todos. Que esos pocos, por otro lado no fueran los principales representantes del grupo político tampoco les parecía relevante: no hay méritos a los que honrar, por lo que vale lo mismo para una tarea especializada un peón que un ingeniero. Por eso, en los trascendentales momentos los que debían pactar con Junts pel Sí quién debería ser el próximo presidente de la Generalitat, los supuestos líderes cumplían con el deber épico de apoyar a los presos etarras en lugar del deber ético de negociar en nombre de sus votantes.

Ahora justifican su opción de apoyar a un candidato de un partido de derechas que no se distingue en nada de Artur Mas y que, por lo tanto, sigue representando todo aquello que rechazan sobre el argumento de que en momentos excepcionales hay que tomar decisiones excepcionales. Pero al respecto, no está mal recordar la frase de Frank Underwood sobre las promesas: la naturaleza de estas es que permanecen inmunes a los cambios según las circunstancias. Lo mismo ocurre con los principios. Pero claro, es fácil jugar a la política cuando, según las circunstancias, se puede apelar a la patria (catalana) o bien, a los principios sociales. Quizá no hayan visto House of Cards, pero sí habrán seguido la doctrina marxista que establece "Estos son mis principios, pero si no les gusta, tengo otros".