Tacita a tacita y sin hacer ruido, las grandes empresas y la banca catalana se centran en diversificar y sacudirse de encima la denominación de origen de la que hasta hace poco presumían.
Cataluña, a pesar de tener una balanza fiscal negativa, es tenida por muchos como una Comunidad Autónoma insolidaria. Quizá se deba a que no importa tanto el dinero que se aporte a las arcas del Estado, sino el hecho de estar más o menos en silencio y sin quejarse. Y los políticos catalanes se quejan.
Ni Cameron ni Mas son, a mi juicio, hombres de Estado. En lugar de hacer un ejercicio pedagógico y responsable, se sitúan al frente de movimientos y tendencias populares que, no por mayoritarias, tienen por qué ser las mas convenientes para sus países. La hoja de ruta que han presentado no es nada realista y es además poco honesta
A catalanes y valencianos nos une historia y lengua, y sobre todo, intereses económicos. Son dos pueblos con vocación exportadora que son gran proveedor y cliente mutuo, y a los que ahora más que nunca les unen los lazos bancarios; pero hay un proyecto común más importante: el Corredor Mediterráneo.
Quizás lo que sucede es que cuanto más difícil se hace la vida más necesitamos creer en la comunidad salvadora, esperando ayuda, protección, el puntal de la propia identidad desmoronada. ¿Qué más tenemos cuando no hay presente y, sobre todo, cuando nos domina el miedo?
El resultado de CIU en las elecciones catalanas del 25N es un batacazo monumental de Artur Mas y de su órdago por convertir estos comicios en el primer acto del camino por la independencia de Cataluña, bajo su liderazgo. Mariano Rajoy puede saborear el fracaso de Mas, pero convendría que no alargue el momento: más que firmeza, es el momento de que muestre cintura ante un Parlament que apoya mayoritariamente la convocatoria de un referéndum para decidir si quiere o no un estado propio.
La victoria de CiU parece inapelable. Aun cuando la mayoría de la ciudadanía catalana se muestra bastante insatisfecha con los dos años de gobierno de los nacionalistas de Artur Mas, la fidelidad que muestran sus anteriores votantes hacen que se pueda pensar en una mayoría absoluta en el Parlament.
La desaparición del déficit fiscal no tendría el mismo efecto si ello diera lugar a una reducción de la presión fiscal (que podría tomar distintas formas con impactos muy distintos) que si se aprovechase la mayor disponibilidad de recursos para financiar servicios públicos en mayor cantidad o de mejor calidad.
Parecería que en el complejo clima político que vive Cataluña apenas hay puntos de acuerdo entre los diferentes partidos, especialmente entre la derecha catalana y la derecha española, entre CiU y el PP. Pero hay algo más en lo que coinciden Mas y Rajoy: en su afán por atraer a los votantes del PSC.
Artísticamente, impecable. El impacto dramático, con la fuerza del blanco y negro, indiscutible. Desde el punto de vista del contenido el reportaje fotográfico de Samuel Aranda en 'The New York Times' es pura manipulación. Ha optado por algunos de los estereotipos que poblaban nuestra tierra hace cuatrocientos años.
La vía de la independencia es pésima, por sus consecuencias económicas y sociales. Inconstitucional, antihistórica, divisoria, regresiva y penosamente antieuropea.
Ni los catalanes son tan pedigüeños y tan quejicas como se les está pintando desde algunos sectores ni el resto de la economía española es un desastre causante de todos los problemas de Cataluña.