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Gracias, Francisco Ibáñez: 80 años de genio

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Como tantos padres con hijos pequeños, me esfuerzo por estimularles el hábito de la lectura ensayando para ello todo tipo de cuentos infantiles y relatos ilustrados con los que acompañarles al sueño cuando se van a la cama. Como tantos de mi edad, constato con asombro su instintiva alfabetización digital, su rapidez para teclear en la tableta el vídeo o la música que buscan aún antes de que supieran leer. Y como tantos y tantas de mi generación, me emociono recordando cómo aprendíamos a amar las novelas dibujadas y las películas de viñetas que devorábamos en las páginas de las historietas que comprábamos en los quioscos de todas las esquinas y todas las provincias de España a finales de los años 60 y principios de los 70.

En la factoría Bruguera -la editorial en Barcelona que publicó Pulgarcito, Tío Vivo, DDT, Din Dan, Mortadelo...- aprendimos a maravillarnos con aquella deslumbrante hornada de dibujantes enormes, entonces muy jóvenes, irreverentes e indesmayablemente creativos-: Escobar, Raf, Segura, Peñarroya, el gran Vázquez, entre otros. Y con otros tantos personajes inagotables en ilusiones y desventuras que el espacio lunático de apenas una o dos páginas describían vertiginosamente su relato compuesto de "planteamiento, nudo y desenlace" con hilaridad apabullante.

A hombros de esos gigantes, vive todavía entre nosotros uno de esos raros genios, genio genial y absoluto, de los que hacen historia de España allí donde los cronistas e historiadores no llegan casi nunca: Francisco Ibáñez (1936), creador de Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, Rompetechos, El Botones Sacarino, la Familia Trapisonda, 13, Rue de Percebe... Y muchos otros destellos de genialidad disparada a ráfagas inmarcesibles, incontinentes, perennes.

Me enamoré de la musicalidad deslumbrante de los Beatles -y, por extensión de la música- antes de cumplir 9 años, embebido por los discos de 45 y 33 "revoluciones por minuto" (singles y LPs) que mi hermano mayor traía a casa cuando éramos niños. Empecé a tocar la guitarra con la ambición de "sacar" todas sus canciones -"a pelo", a oscuras en la habitación, oyéndolas una y otra vez-, y no paré en el empeño hasta que lo conseguí en la adolescencia.

No creo que haya un fenómeno comparable en la factoría de la editorial catalana Bruguera de historietas infantiles.

Pero solo cuando fui cumpliendo años, cuando alcancé y superé la edad en la que los Beatles ya lo habían sido todo, solo cuando me di cuenta de que jamás llegaría a tocar como ellos -con su inventiva, su alegría, su personalidad-, por mucho que hubiera "sacado" sus canciones hasta la última nota y el último acorde, les admiré más que nunca. Y les admiré aún más después, mientras iba cumpliendo muchos más años de los que tenían los Beatles cuando lo enseñaron todo sobre lo mejor de la música del entero S. XX a la entera humanidad.

Lo mismo nos pasa con Francisco Ibáñez. Soy dibujante desde siempre. Caricaturista, viñetista e historietista desde que me recuerdo. Aprendí a dibujar a Mortadelo como al Doctor Bacterio por imitación a Ibáñez. Y cumpliendo años no he hecho sino admirarle cada día un poco más a todo lo largo de mi vida.

El Salón del Comic de Barcelona, en su Edición anual de 2016, ha homenajeado a Ibáñez en su 80 cumpleaños.

Su primera publicación en una revista de historietas la realizó a los ¡11 años! Pero desde 1959, ¡cuando tenía entonces 23 años!, viene Ibáñez regalando al mundo Mortadelo y Filemón, al que luego vino acompañado con una extensa galería de creaciones inextinguibles.

No creo que haya un fenómeno comparable en la factoría de la editorial catalana Bruguera de historietas infantiles (llamados, por tantos de nosotros, "tebeos", por extensión del TBO, curiosamente una publicación que nunca fue de Bruguera).

En esa Editorial, y a lomos de la exaltación de esa mina de genialidad, individual y colectiva, un amplio taller de dibujantes trabajó a mano y a destajo. Sin tecnología alguna (las técnicas digitales hoy disponibles no estaban siquiera al alcance de la imaginación), para entregar durante años y años ¡8, 10, 12, 16 páginas a la semana! Con unos guiones desternillantes que jamás se repetían, empaquetando frenéticamente los más inventivos y asombrosos gags visuales de los que tiene mención al mundo del comic.

Ese taller, en que Ibáñez brilla con tanta luz propia, hizo del tebeo y el comic un arte mayor, con mayúsculas. Un arte de la narrativa y novela dibujada que hipnotiza y hace reír todavía hoy a quien lo admiró siendo un niño y se sucede todavía en el amor rendido de muchas generaciones, las sucesivas y las venideras.

Gracias, Francisco Ibáñez por existir. Y por habernos hemos hecho existir con Mortadelo, Otilio, Sacarino, Rompetechos... desde que te conocimos descollando en vertical en nuestra imaginación.