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Todos se llaman Bond, James Bond

05/10/2012 10:09 CEST | Actualizado 04/12/2012 11:12 CET
AFP

Hace medio siglo que James Bond surgió de las aguas del Caribe para, en compañía de una estupenda rubia, acabar con el malvado Doctor No y salvar al mundo de una catástrofe. Desde entonces, y con el respaldo del éxito popular, el personaje surgido de la pluma de Ian Fleming ha creado moda, escuela y tradición, adaptándose como si de un camaleón se tratase a los tiempos que le ha tocado vivir.

Su llegada al mundo fue todo un acontecimiento. Porque si hay un héroe que resuma el espíritu de los años sesenta, ése es Bond, el agente con "licencia para matar". Eliminaba a sus enemigos con mucha elegancia y sin vacilar, y hacía el amor con hedonismo consumado y sin prejuicios raciales. Y por si eso fuera poco, le gustaba vivir bien, vestir bien y comer bien. En eso 007 fue un espejo de su era. Algo que tal vez se debe menos a las novelas de Fleming que a sus adaptaciones cinematográficas y, sobre todo, al feliz hallazgo de Sean Connery.

El mito nació en Goldeneye. Así se llama el paradisíaco refugio al que Fleming se retiró tras la Segunda Guerra Mundial para dedicarse a la literatura. En concreto, el autor británico llegó a escribir doce novelas y ocho relatos cortos, desde 1953 hasta su muerte, en 1964. Pero si Ian es el padre literario de Bond, Albert R. Broccoli y Harry Saltzman son sus orgullosos progenitores cinematográficos. Los dos cineastas procedían de ambientes muy distintos.

El canadiense Saltzman era uno de los fundadores de Woodfall Films, una productora que contribuyó decisivamente a impulsar la corriente de películas de los Jóvenes Airados de los años cincuenta y sesenta (Mirando hacia atrás con ira; El animador; Sábado noche, domingo mañana). Broccoli era un genuino producto de Hollywood: de auxiliar de rodaje en The Outlaw, de Howard Hughes, había pasado a ayudante de dirección, agente de artistas -representando a Robert Wagner y Lana Turner- y, finalmente, productor de películas independientes, de acción la mayoría de ellas. La mezcla de coraje británico de Saltzman y fanfarronería americana de Broccoli también forma parte de la esencia de las películas de James Bond: los rasgos que definen a las aventuras del agente 007 son la dureza, el ingenio taciturno y la inteligencia, todo ello filtrado por el prisma del sentido del espectáculo y el carisma made in Hollywood.

El cine y la televisión se interesaron por ellas desde el principio, pero no fue hasta 1961 cuando Saltzman y Broccoli se decidieron a adaptar a la pantalla los libros de Fleming, cuyas ventas eran de muchos millones de ejemplares. Un año más tarde se estrenó Agente 007 contra el Dr. No.

Por azares del destino, Sean Connery, un escocés recalcitrante, fue quien se adueñó de un papel para el que también se barajaron los nombres de Rex Harrison, Richard Burton, David Niven y Cary Grant. El actor que encarnaba al futuro fetiche de la cultura de masas poseía elegancia, estilo, humor sardónico, un físico desafiante, profesionalidad y hambre de triunfo. La apuesta fue un éxito. Connery aportó al superagente una inquietante sofisticación, maestría en el arte de la seducción directa y un sádico refinamiento en el arte de amar y matar. En definitiva, un Bond inimitable e irreprochable, cuya influencia en los años sesenta llegó a convulsionar al mundo.

Tras el abandono de Connery, el agente 007 navegó durante varios años a la deriva, hasta que los productores lograron encontrarle un nuevo cuerpo en el que reencarnarse: Roger Moore, un vehículo bastante aceptable aunque menos lujoso que el anterior. El nuevo agente con "licencia para matar", en su visión del personaje, tiró en dirección opuesta: dijo que él no podía hacer lo que hacía Connery, y dio un giro irónico y disparatado al personaje, apostando por un tipo de aventuras a medio camino entre la comedia y la ciencia ficción.

La versión de Moore era más jocosa que la de Connery, sin duda, pero seguía teniendo un lado homicida. Cuando hablamos de la etapa Moore, pensamos en trajes de explorador, agudezas estúpidas y efectos especiales infantiles, pero sin sus destellos de fría brutalidad, la saga habría naufragado para siempre. Incluso en sus peores momentos -por ejemplo, Octopussy y Panorama para matar-, Roger podía ser convincentemente letal cuando tenía que serlo.

Cuando el cambio de imagen degeneró en una parodia de sí mismo, los productores decidieron retomar el espíritu de antaño. Le sustituyó Timothy Dalton, forjado en los escenarios como actor shakesperiano y que ya se había presentado al casting de 007 al servicio secreto de Su Majestad.

Para Timothy, el problema no fue la capacidad mortífera, sino el obligado carisma del personaje. Cuando jubilaron a Moore, las dos entregas que Dalton protagonizó en los ochenta intentaron, sin éxito, modernizar a 007, convertir al monstruo de la bragueta en un hombre con cierta sensibilidad new age, menos invencible y más realista. Dalton veía así al personaje: «Para dejarse llevar por la fantasía es muy importante hacerlo creíble. Otra cosa es que a la gente le guste este nuevo Bond». No le gustó, por desgracia. Seis años después de que Dalton colgara su Walter PPK, la producción encontró todas estas cualidades resumidas en un actor llamado Pierce Brosnan, y en la película de Martin Campbell GoldenEye. Brosnan había estado a punto de hacerse con el papel, desplazando a Dalton, a mediados de la década anterior, pero el contrato que lo ataba a la serie de televisión Remington Steele le impidió aceptarlo. Para el actor, este fracaso tuvo consecuencias positivas. «El personaje es para un actor de cuarenta y tantos años, una edad suficiente para tener el aplomo, el refinamiento y la fuerza necesarias para estar ahí y dejar reposar el momento», afirmó. «Bond es un hombre enormemente seguro de sí mismo. Y para interpretar eso se necesita práctica».

Tomar el testigo de Brosnan no iba a ser fácil. Pierce había mezclado brutalidad y carisma en las entregas de la saga que mejores resultados de taquilla habían dado hasta el momento. ¿Qué hacer cuando éste abandonara el personaje? ¿Ignorar contra-Bonds como el de El caso Bourne e ir a por más de lo mismo? ¿O intentar algo diferente? Por una vez, los productores de la saga decidieron lanzarse al vacío.

Volver a los comienzos de la serie (Casino Royale) era un riesgo, pero la verdadera apuesta era el actor elegido: Daniel Craig. Un vistazo a su cara bastaba para darse cuenta de que éste era un Bond más duro, menos pulido. ¿Sabría hacer suyo el personaje o lo rechazarían, como a Timothy Dalton? «Si voy a ver una película de 007, creo que tiene que tener ciertas cosas», ha comentado Craig. Y éste las tiene. Yo sólo quería verlo cometer algún error. Quiero que el espectador crea que todo va a salir mal, y así cuando todo sale bien es mucho más emocionante». El problema era que eso era lo mismo que había dicho Dalton. Pero en manos de Craig, dio resultado. Daniel hizo lo que no pudo hacer Timothy, y conectó con cierta esencia del personaje que no ha cambiado a lo largo de los años. Es muy sencillo: «Sean Connery estableció y definió el personaje», afirmó Craig. «Era malo, sexy, primario y con estilo, y si hoy yo estoy aquí es por él».

Juan Tejero es autor del libro Su nombre es Bond, James Bond, que a finales de mes llegará a las librerías en una edición ampliada de lujo para conmemorar el cincuentenario del personaje.

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007 a través de sus mujeres