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Cuando el tonto mira el dedo

05/09/2015 09:57 CEST | Actualizado 05/09/2016 11:12 CEST

aylan

No hay casa en la que no haya entrado a estas alturas la fotografía de Aylan, el niño sirio que yace sin vida en una playa de Turquía, ya sea a través de la pantalla o del papel. En cuestión de horas, la instantánea dio la vuelta al mundo para aparecer al día siguiente en las portadas de los medios internacionales. Muchos nos hemos llevado las manos a la cabeza. Es normal, una fotografía así remueve la conciencia de cualquiera... ¿no? Pues no, resulta que el motivo por el que muchos han elevado la voz es por la mera publicación de la fotografía. Como lo de cuando un dedo apunta al cielo, el tonto mira el dedo.

En lugar de debatir sobre qué está haciendo mal Europa, qué podemos hacer cada uno, o cuáles son los motivos de este éxodo, algunos se empeñan en que se hable de que esta fotografía no es adecuada, en que daña su sensibilidad. Están muriendo centenares de personas en las fronteras con Europa, pero, ¡eh!, no me lo pongan a la hora del desayuno, que se me corta el café.

Claro que no es agradable, la realidad no lo es. El problema es que no lo sabemos, porque estamos a años luz de conocer esa realidad, por mucho que pensemos que nuestros smartphones nos la acercan. Por eso la fotografía hace falta, mucha. Porque hasta hace un mes casi nadie hablaba de los refugiados, y para muchos, a día de hoy, siguen siendo inmigrantes que lo único que van a traer a nuestros acomodados países es delincuencia, robarnos el trabajo o incluso, traernos el ISIS.

Y da igual que nos digan que se han hundido 2.300 vidas en el Mediterráneo en lo que va de año, en el mismo mar donde acabamos de recoger nuestra sombrilla de playa. Nos da igual porque a las cifras hay que ponerles rostro, nombre y apellidos. Y no será hasta que se publiquen las fotografías de un niño ahogado, o de un padre desesperado llevando a su hijo llorando en brazos, cuando nos demos cuenta de que no es sólo un titular, está pasando.

El periodismo está para darnos las herramientas necesarias a los ciudadanos para formarnos una opinión, para informarnos, y para movilizarnos. Para traernos lo que pasa más allá de nuestra zona de confort.

No es la primera vez -ni será la última- que surge el debate sobre la idoneidad de publicar imágenes sensibles en los periódicos, o emitirlas en las televisiones. La diferencia está en saber distinguir entre la voluntad de informar o la morbosidad por vender (o sumar visitas). Por ejemplo, difundir las imágenes del asesinato la semana pasada de dos reporteros fue puro morbo, igual que ciertas imágenes sobre los atentados de Atocha o el 11-S no eran necesarias. No hacía falta despertar conciencias, ni la impresión del acontecimiento podía ser más grande. Ahora pensemos si realmente estamos lo suficientemente concienciados con el drama de los refugiados como para no necesitar esa imagen. Los habrá que sí, seguro, pero no creo que sean precisamente los que se quejen de que esa fotografía se publique. De hecho, mientras escribo estas líneas, Hollande y Merkel preparan un mecanismo de acogida "permanente y obligatorio", doce días antes de la reunión "urgente" del Consejo Europeo, y se detiene a cuatro personas por el naufragio de la embarcación donde iba el pequeño Aylan. Sólo por eso ya ha merecido la pena.

El periodismo está para darnos las herramientas necesarias a los ciudadanos para formarnos una opinión, para informarnos, y para movilizarnos. Para traernos lo que pasa más allá de nuestra zona de confort, aunque esto suponga imágenes que nos incomoden, que se nos claven en la retina. Y la fotografía es la herramienta más poderosa para conseguirlo.

Nadie se plantea ahora la ética de publicar o no imágenes como la niña del Napalm de Nick Ut, el soldado abatido de Capa, o la ejecución en Saigon capturada por Eddie Adams, porque forman parte de la historia. Son el relato gráfico de episodios tristes de nuestro pasado que debían ser recogidos, publicados y difundidos para informar y concienciar a la generación de cada época, y no dejar olvidar a las siguientes. No son meras instantáneas, están llenas de significado, igual que la de Aylan no es sólo la fotografía de un niño de tres años ahogado en el mar. Es la fotografía de la vergüenza, es el fracaso de Europa y es la pasividad de los que nos gobiernan. Pero es también la consecuencia de mirar para otro lado, y nos ha ido a buscar a donde hemos desviado la vista, para que sí, se nos atragante el desayuno.