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Dicen que las mujeres son el futuro de África

16/06/2012 10:05 CEST | Actualizado 16/08/2012 11:12 CEST

En el ámbito de la cooperación al desarrollo se suele escuchar que las mujeres son el futuro de África. Son muchas las personas que repiten y están convencidas de esta afirmación fruto, en la mayor parte de los casos, de la experiencia de proyectos y del conocimiento del terreno.

Sin embargo, los datos del presente son tozudos y nos siguen dibujando un escenario difícil para las mujeres africanas. En África Subsahariana, las mujeres aportan el 70% del trabajo agrícola y producen más del 90% de los alimentos, pero sólo el 10% de las empresas son propiedad de mujeres. La mayor parte su actividad se desarrolla en el marco de la economía informal y de subsistencia de las familias y, aunque es cierto que las mujeres son más del 80 % de las destinatarias de los microcréditos, casi siempre se trata de pequeñas ayudas para superar situaciones de pobreza familiar extrema. En los microcréditos destinados a la inversión para la consolidación y crecimiento empresarial sólo representan el 16% del total, según datos del Banco Mundial de la Mujer.

Basta con acercarse a la realidad de casi cualquiera de los países del África Subsahariana para darse cuenta de que la iniciativa emprendedora y empresarial en los entornos locales, está en muchos casos en manos de las mujeres. Son mujeres que tienen que enfrentar enormes dificultades no sólo de acceso a la financiación, sino a una normativa claramente discriminatoria que dificulta por ejemplo su acceso a la propiedad, especialmente de la tierra. Además luchan con sistemas de tramitación enormemente complejos y a una evidente falta de seguridad jurídica. Es muchos casos son estos contextos legales lo que las empuja a mantenerse en el marco de la economía informal que, sin duda, sirve para luchar contra la pobreza, pero que impide el desarrollo individual, de sus negocios y de sus países.

Fortalecer y apoyar la participación económica de las mujeres, en todo el mundo, pero particularmente en África, se ha mostrado como uno de las mejores opciones para luchar contra la pobreza, especialmente de los niños y las niñas. La seguridad alimentaria de muchos de estos países mejoraría también considerablemente con una apuesta decidida a favor de los negocios de las mujeres y del desarrollo de los mercados locales, en lugar de para las grandes explotaciones destinadas exclusivamente a la exportación y que no se dirigen al consumo local.

Para conseguir esto es necesario que las mujeres sean no sólo beneficiarias de los proyectos de cooperación, sino auténticas protagonistas de los procesos de desarrollo de sus comunidades y de sus países.

Así lo ha entendido en los últimos años la cooperación española, que posee una de las mejores estrategias de igualdad de género del mundo y que, al igual que una gran parte del trabajo desarrollado en otros ámbitos, puede verse seriamente amenazada por los recortes presupuestarios que se están aplicando como casi única receta contra la crisis económica que afecta a una gran parte de los países ricos y, especialmente, a España, que ha visto reducido más de un 60 por ciento su presupuesto de cooperación internacional.

La actual situación de crisis económica casi nos está haciendo olvidar que somos la primera generación que podría acabar con el hambre en el mundo. Una parte de este logro también tiene que ver con la igualdad y los derechos de las mujeres. Puede que las mujeres puedan aportar mucho al futuro de África, pero sólo será cierto si está previsto un futuro mejor para ellas. Esto, hoy por hoy, sigue dependiendo de la voluntad política y los compromisos económicos que seamos capaces de mantener desde los estados desarrollados en relación con la lucha contra la pobreza, la cooperación al desarrollo y las políticas de igualdad.

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