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Cataluña y la UE: Hay que leer entre líneas

08/11/2012 08:33 CET | Actualizado 07/01/2013 11:12 CET

Se ha hablado mucho de la carta que Viviane Reding, la comisaria europea de Justicia, envió al Gobierno español. En ella dice compartir la interpretación de éste respecto a que Cataluña no podría formar parte de la UE si se independiza. Sin embargo, se están pasando por alto detalles importantes. Hace no mucho, Viviane Reding dijo exactamente lo contrario en Sevilla. Como aquellas otras declaraciones se silenciaron en la prensa de Madrid, ahora su rectificación no parece tal sino una posición firme. Obviamente, no lo es, puesto que ha cambiado. También hay que prestar atención al medio cuidadosamente elegido para esa rectificación: una simple carta privada, no una declaración pública.

Menos aún es una declaración oficial de la UE, como se la ha presentado en los medios. La verdad es que, de momento, los comentarios que han salido de Bruselas sobre este asunto, escasos y con sordina, son poco más que opiniones personales que los periodistas les sacan a algunos responsables europeos con calzador. Aunque el filtro informativo produce una sensación de unanimidad, ha habido de todo. Nadie parece haberse dado cuenta de que la expresión más repetida en Bruselas ha sido "asunto interno", que en lenguaje diplomático denota neutralidad. Incluso Almunia llegó a decir que no se puede decir tajantemente que Cataluña quedaría fuera de la UE. También ha rectificado, que es lo que se hace cuando se busca decir dos cosas a la vez. Si queremos hacernos una idea de lo que realmente pasaría si se diese el caso de una independencia de Cataluña, más vale que aprendamos a leer entre líneas y captar estos matices.

La realidad es que la UE no se ha pronunciado oficialmente sobre la cuestión, ni lo hará seguramente. ¿Por qué? Primero porque no tiene ninguna necesidad de meterse en este lío cuando ni siquiera se ha convocado un referéndum de independencia en Cataluña. Segundo, porque tiene que mantener abiertas sus opciones para el caso de que Bélgica se divida, por ejemplo. En la interpretación del Gobierno español, tanto Flandes como Valonia quedarían fuera de la UE y la UE fuera de Bruselas. Difícil de creer. La UE buscará una solución y, si eso implica saltarse sus propias normas, lo hará. Tiene una larga tradición al respecto.

Puede ser que los independentistas catalanes sean ingenuos a la hora de contemplar la independencia como un camino de rosas. Pero los anti-independentistas no lo son menos si confían en que la UE se convierta en garante de la unidad de España. Su lealtad es para con el proyecto europeo y no para con los estados nación, cuya legitimidad les disputa. Su cúpula la compone una élite multinacional que se precia de anteponer ese proyecto de unión a sus prejuicios nacionales (de ahí la primera declaración de Almunia). Desde luego, la UE no desea la independencia de Cataluña (de ahí la segunda), y la desaconsejará en la medida que pueda. Pero si se produce, no nos engañemos, reevaluará la situación en función de esta nueva realidad. Cataluña, una economía del tamaño de la de Portugal, en la zona de paso entre el resto de Europa, y la Península y el Norte de África, es casi indispensable para el proyecto europeo. España, paradójicamente, serían quien más sufriría su exclusión.

¿Qué hará Bruselas? No hay manera de saberlo hasta que llegue el momento, pero desde luego no expulsará a Cataluña "automáticamente", como gustan de repetir algunos. La UE no hace nada automáticamente. Para empezar, Cataluña sólo podría quedar fuera si España reconociese su independencia, puesto que hasta entonces, a efectos de Bruselas, seguiría siendo una parte de España. Pero si España reconoce esa independencia, la separación sería legal, con lo que todo cambiaría. Tampoco tiene sentido que se diga que Cataluña quedaría fuera del euro. Un país puede usar la moneda que quiera (Mónaco usa el euro). Simplemente, no estaría representada en el Banco Central Europeo. No lo está ahora tampoco, y a España, que sí lo está, no le sirve de gran cosa.

Desde luego España tiene margen para plantear una batalla diplomática, pero si se va a un conflicto la UE buscará la estabilidad. En principio, insistirá en que Madrid y Barcelona negocien; pero si se percibe a España como un obstáculo para la integración europea (y ya no digamos si se produce algún incidente violento) la presión caerá sólo sobre Madrid, para entonces completamente dependiente del dinero de Bruselas. No se puede dar nada por hecho, porque en el mundo de la política internacional las certezas no existen.