Bajo la promesa de no citar nombres, un todopoderoso hombre del PP asegura que "un tesorero cabreado puede llevarse a varios presidentes por delante. Pero si alguien puede zafarse, ese es Rajoy".
Los partidos políticos son organizaciones para la obtención del poder. Tal vez por ello el diálogo entre partidos es imposible en la práctica, pues sólo cabe en su relación mutua la competencia o la alianza para alcanzar o mantenerse en el poder.
Tiene su gracia que el extesorero pueda dinamitar una carrera tan brillante. Al final, Cospedal puede acabar compartiendo con el exjuez Garzón más de lo que imaginaba. El silencio sepulcral del Gobierno es un síntoma de lo sola que se está quedando en esta batalla.
El debate deja tras de sí un presidente que ha salvado la cita parlamentaria más importante del año gracias a la debilidad de su principal oponente. En el PP respiran aliviados, pero saben que en la calle la contestación popular sigue siendo la misma que ayer.
Envuelto en la tesis "o yo o el caos", y arropado por la mayoría absoluta de la que goza el PP en la Cámara, Rajoy demostró que no tiene intención alguna de mirar la tozuda realidad con otra perspectiva, y que por tanto confía en que sea una dudosa recuperación económica la que justifique su política. Pero llegar a acuerdos con los demás grupos, a pesar de esa mayoría, sí sería una buena dosis de democracia.
Recién entregados los Goya (qué soplo de aire fresco escuchar, en TVE, las críticas del mundo del cine a lo que está pasando) y a pocas semanas de los Oscar, flota la sensación de que la mejor ficción no es la que vemos en las salas, sino la que se asoma cada día a los diarios, las radios y las televisiones. Les propongo un juego: convertir la realidad en ficción, y premiar a los mejores.
La situación es gravísima, de una intensidad terminal que amenaza como nunca con la berlusconización de la imagen del Gobierno de España ante los ojos de Europa. La buena noticia es, en cambio, que la ciudadanía, la gente, informándose por fuentes propias, no está dispuesta a dejarse engañar más.
Mariano Rajoy nos debe una explicación. Si no la tiene, y si no es capaz de ceñirse a su propio compromiso -"no me temblará la mano si tengo conocimiento de irregularidades o conductas impropias que afectan a nuestro partido"- difícilmente podrá evitar la caída en picado de su gobierno, porque el escándalo Bárcenas ha sembrado el desconcierto y la indignación entre multitud de votantes y dirigentes populares. A estas alturas, su honradez personal ya no es suficiente para avalar a todo el partido.
Cristóbal Montoro, que en la primera parte de su intervención sobre la amnistía fiscal no ha mencionado ni una sola vez al extesorero del PP, volcado como estaba en acusar a Pedro Saura, diputado del PSOE, de "ruin e impertinente".
Como un juguete roto, nuestro sistema no funciona. Nuestras instituciones democráticas no son un juguete, pero se han utilizado como si lo fueran. Se han manoseado para enriquecerse una minoría, pero han gozado del amparo de inquietantes mayorías. No sé qué más tiene que suceder para que haya una reacción rotunda y colectiva.
La separación diáfana entre intereses privados e interés público solo puede garantizarse con medidas de transparencia radicales y el endurecimiento del régimen de incompatiblidades. Ya no valen medias tintas, ni seguir echando balones fuera. Es el momento de actuar.
La corrupción política desplaza la crisis económica a un segundo plano aumentando la inquina hacia quienes supuestamente trabajan por el bien común. ¿Se puede hacer alguna campaña para rescatar la imagen de la clase política?