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Danzad, danzad, benditos

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Homenaje a Antonio Gades durante los recientes Premios Max/EFE

El 29 de abril de 1727 nacía Jean Georges Noverre, bailarín francés, autor del indispensable Cartas sobre la danza y los ballets y considerado el creador del ballet moderno. Hoy, 29 de abril, como todos los años desde 1982, celebramos el Día Internacional de la Danza. Y, como todos los días, la danza sigue sin ocupar el lugar que merece, en un año en el que además se cumple el vigésimo aniversario del fallecimiento de Antonio Ruiz Soler, "Antonio el Bailarín", que homenajeará el Ballet Nacional de España con un espectáculo que presentará en junio en el Teatro de la Zarzuela.

En España, la danza sigue estando condenada a ser una de las hermanas menores de unas artes escénicas ya de por sí maltratadas. La situación, lejos de mejorar, ha ido empeorando con los años. Las cifras hablan por sí solas. Según el Anuario 2015 de la SGAE, en 2007 asistieron a representaciones de danza 1.476.018 espectadores mientras que en 2014 apenas lo hicieron 909.736, un nada desdeñable descenso del 38%. Del 2009 al 2014 las funciones de danza pasaron de 4.325 a 2.158 y la recaudación de 18.023.566 a 8.672.898 euros, en ambos casos una alarmante reducción a la mitad.

Frente a estas cifras grises, también las hay para el regocijo. Nuestro país, cuna de grandes creadores e intérpretes, está viviendo una explosión artística en las artes del movimiento. Como evidencia el Anuario de Estadísticas Culturales de 2015, elaborado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, entre 2005 y 2014, hemos pasado de 629 a 937 compañías y de 23.312 a 32.653 estudiantes de danza, unos aumentos del 49% y del 40% respectivamente.

Los recientes Premios Max de las Artes Escénicas 2016 sirvieron como termómetro para medir la temperatura creativa del sector. En una animadísima gala que homenajeó a la danza, la gran triunfadora fue la compañía valenciana Ananda Dansa, con un espectáculo, Pinoxxio, enfocado a todos los públicos. También allí fue reconocida la compañía Losdedae, capitaneada por Chevi Muraday; los vascos de Kukai Datnza nos mostraron el enorme potencial expresivo de las hibridaciones entre tradición y contemporaneidad; Brodas Bros transitaron el lado más desenfadado de una danza que se brinca sobre el asfalto; Larumbe Danza, con un genial flash mob, reunieron a gente de diferentes edades y procedencias en un espectacular baile inclusivo; y la Compañía de Antonio Gades revivió el legado de tan grande maestro.

Y esto es sólo una pequeña muestra. No por casualidad en el ámbito internacional aprecian mucho a bailarines y coreógrafos nuestros como Tamara Rojo, Goyo Montero, Lucía Lacarra, Ángel Corella, Ana Laguna, Antonio Castilla, Arantxa Argüelles, Igor Yebra, Nazaret Panadero o Joaquín de Luz, por mencionar a algunos de quienes bailan o han bailado desde un exilio, en unos casos voluntario y en otros forzoso. A este destierro se unen compañías completas, como el Ballet Rafael Aguilar, que lleva más de trece años sin actuar en nuestro país, mientras abarrota teatros de medio mundo y, en especial, de un lejano oriente. La cara de esta cruz es Dance From Spain, coordinada por Claudia Morgana, que, aprovechando el aprecio por nuestra danza fuera de nuestras fronteras, no ceja en su empeño por exportar, con recursos reducidos y que habría que multiplicar, lo mejor de nuestro país.

Pero si derrochamos arte, ¿qué es lo que falla para que la danza en España no tenga el lugar que merece? Los poderes públicos pueden hacer mucho a este respecto, pero ni antes ni ahora parece que se hayan tomado la danza en serio.

Quizás es que no quieren verlo. Puede que no quieran escucharlo. Pero el cambio es imparable. Y acaso no baste con decirlo. Quizás habrá que bailarlo.

Es inaplazable sacar de la asfixia a la economía de la danza. Sus estudiantes se pasan diez años, entre el conservatorio elemental y el profesional, entregando lo mejor de su infancia y juventud - a los que se suman los cuatro años del superior, destinado a coreógrafos y pedagogos- para desembocar en un ámbito laboral que es hostil a su arte. Hay que reducir el IVA de los productos y servicios culturales para revertir el descenso imparable en los ingresos y en el número de espectadores. También, desarrollar un Estatuto del Artista y del Profesional de la Cultura, que dote de un marco laboral adecuado a la actividad intermitente tanto de bailarines y coreógrafos, como del resto de trabajadores, escenógrafos, figurinistas, iluminadores, compositores o técnicos, que hacen posibles los espectáculos. En el caso de la danza, cuyos artífices deberían ser considerados artistas de alto rendimiento, es inaplazable que se reconozcan las enfermedades y dolencias fruto de su actividad y se contemplen fórmulas de reciclaje e inserción laboral para un colectivo, como el de los bailarines clásicos, cuya carrera profesional empieza y termina a edades muy tempranas.

Además, deben implementarse medidas de inversión pública en danza que hagan posible una creación y producción desprecarizada y de calidad. En el terreno de la distribución, hay que abrir las redes a la danza para potenciar de un modo decidido su presencia y fortalecer los programas de espacios y compañías en residencia, que, en muchos casos, han sido abandonadas a su suerte. En el terreno de los espacios, la gran asignatura pendiente es la creación de espacios estables para la exhibición y la difusión, abiertos a acoger a las diversas compañías de nuestro país, donde se represente de modo continuado danza y se desarrollen programas formativos. Actualmente, ni siquiera las compañías públicas, como el Ballet Nacional de España o la Compañía Nacional de Danza, disponen de sedes propias dedicadas a la representación, como sí lo hacen sus homólogas en el terreno teatral.

Pero no sólo se trata de apoyo económico o de recursos. También es imprescindible trabajar en el terreno de la visibilidad de las artes del movimiento. Los medios de comunicación públicos pueden hacer mucho por la difusión y el conocimiento tanto de la historia y el patrimonio de nuestra danza, como de las coreografías de creadores actuales. El de la formación de públicos y el fomento de la afición a la danza es un ámbito indispensable. Algo que pasa por insertar en el currículo de la enseñanza obligatoria temas y materias que acerquen a los alumnos a este arte, tanto desde la práctica del movimiento y la expresión corporal como desde el conocimiento teórico del legado dancístico inscrito en la historia del arte. Este impulso social de la danza en el plano educativo pasa también, sin duda, por el desarrollo de un marco legislativo adecuado y específico que coloque a las Enseñanzas Artísticas Superiores en igualdad de condiciones con las universitarias, para potenciar el reconocimiento social, los estudios de grado y posgrado y la investigación en estas disciplinas.

Me pregunto por qué no se han tomado todas estas medidas. La mayoría son perogrulladas y sólo requieren de voluntad política. Quizás no sea un descuido. Quizás la asfixia de la danza haya que enmarcarla en el contexto actual, en el de una crisis económica y política, que viene acompañada de una crisis cultural. La de una cierta intelectualidad que se siente a gusto con las letras, pero desprecia los cuerpos. Que se agazapa en el estatismo porque le aterra el movimiento. Que es incapaz de tomarle el pulso a la calle, atrapada en lógicas viejas. Que no comprende que ya nadie atiende a quienes sólo son altavoces de sí mismos, atrincherados en paraísos culturales con una razón pétrea de consensos ya obsoletos. Frente a su tristeza unificadora, cantamos y bailamos en la calles con la alegría de lo diverso. Para abrir la oportunidad de una nueva mirada intelectual de escucha activa, con una lógica líquida que desde los afectos, el sentir y el sentido común popular, articule un relato transversal a la pluralidad de nuestra sociedad. Que nos reidentifique sin obviar lo femenino y descubra en los disensos la llave para abrir el cerrojo de lo posible. Quizás es que no quieren verlo. Puede que no quieran escucharlo. Pero el cambio es imparable. Y acaso no baste con decirlo. Quizás habrá que bailarlo.