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¿Qué es el cambio cultural? Podemos y la cultura popular

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Foto: Cultura de Red

En las pasadas elecciones de diciembre, el exhaustivo programa de Cultura y Comunicación de Podemos fue el que mejor supo recoger las demandas del sector y darles respuesta. En el escenario de unas nuevas elecciones generales en junio, donde es de suponer que el programa no variará en lo fundamental, cabe quizás hacerse una pregunta de fondo que va más allá de las medidas concretas: ¿qué es la cultura para Podemos?

La opinión pública es el campo de batalla de las denominadas guerras culturales. Y el trono de hierro al que todos los partidos aspiran descansa en el reino de Hegemonía. Estas refriegas buscan simple y llanamente una cosa: la conquista de la normalidad. O, dicho de otro modo, la capacidad para moldear lo que damos por supuesto, lo que estamos dispuestos a asumir como cotidiano, lo que marca nuestro sentir y sentido común.

Cuando la gente sufría en silencio el austericidio, adormecida por el mantra del "hemos vivido por encima de nuestras posibilidades", apareció la PAH con su "sí se puede", el 15-M con el "no nos representan", y Podemos supo articular ese malestar de los de abajo frente a los de arriba. Tuvo la osadía de armar una opción política plural, en constante crecimiento, con la confluencia multiplicadora de distintas sensibilidades de lo social, para disputar el gobierno de nuestras instituciones. Sus proclamas se convirtieron en cemento del cambio y trampolín cuando dejaron de ser palabras que se lleva el aire, cuando pasaron a ser intercambiadas y amplificadas en debates televisados, textos escritos, músicas cantadas, viñetas dibujadas, obras representadas o coreografías bailadas.

La contienda por recuperar las instituciones no pasa sólo por lo que votamos en un momento determinado, sino por la forma en cómo se va configurando nuestra manera de pensar y de sentir. En cómo somos capaces de tejer la red que nos permitirá saltar hacia los desafíos del mañana. Mientras la vieja política continúa empecinada en socavar, por la fuerza o con prebendas, a la cultura, Podemos está ensayando una nueva vía. La de dialogar con los agentes culturales sin mirarlos por encima del hombro, la de fortalecer su independencia forjando alianzas desde la complicidad, dejando que respiren a su ritmo y sean, por sí mismos, fonendoscopio del latido de las calles. Desde esta aproximación, el ámbito cultural es el caldo de cultivo ideal para un Podemos que no es pétreo ni inmóvil, que tiene una naturaleza elástica y permeable, que crece cual esponja sin dejar de mojarse por quienes todavía no están, que aspira a afianzar lo alcanzado y que se atreve a ensayar nuevas ganzúas para continuar abriendo los candados de lo posible.

Un cambio cultural pasaría por el rescate de una cultura secuestrada, por su devolución a la gente que la crea y la disfruta.

Pero si la contienda cultural es esencial para Podemos, ¿qué puede aportar Podemos a la cultura? ¿En qué consistiría un hipotético cambio cultural? Sin duda, pasaría por el rescate de una cultura secuestrada, por su devolución a la gente que la crea y la disfruta. O, dicho con otras palabras, por la resignificación del sentido popular de la cultura.

Bajo las nuevas coordenadas que Podemos está dibujando, es factible reconstruir una cultura popular donde la gente sea la protagonista de los relatos que construyen su memoria, su identidad y sus aspiraciones. En la que las personas sean capaces de reapropiarse de las herramientas culturales que les faculten para ser expresión de sí mismas. Una cultura popular que sólo puede ser del pueblo, si las prácticas y los espacios donde se desarrolla no están sometidos a la aritmética del mercado, el deslumbre de los fuegos de artificio de mecha corta o los caprichos personalistas. Si lo rural es tan importante como lo urbano, y el patrimonio se protege como se impulsa la innovación artística. Si es fin en sí misma y no es excusa de otras cosas.

Una cultura popular que se entreteje en común. Que alimenta un espíritu fraternal y se cocina a fuego lento. Que se disfruta en las fiestas que organizan los vecinos. Que nunca se siente en singular. Que son culturas, porque son gentes. Que escucha a los que sienten y hablan diferente. Que es popular porque abraza las distintas capacidades que tenemos para inventarnos. Que, frente a la discriminación, se alimenta del orgullo de lo diverso. Ante la disparidad, lucha en femenino por una sociedad igualitaria. Y vence la exclusión tendiendo la mano a quienes se ha negado la palabra.

Desde los viejos poderes se ha vendido un horizonte cultural donde la única alternativa a la triste actualidad son distracciones que edulcoran los malestares y amansan las conciencias. Frente a ese ensayo sobre la ceguera, una cultura crítica puede devolver la mirada a una realidad cuyas lágrimas podemos secar con el pañuelo de la ilusión. Frente al inmovilismo de una cultura de élites, la cultura popular responde bailando en corro. Oxigenando las instituciones públicas reconfigurándolas de abajo a arriba y de fuera a dentro. Levantando puentes donde otros solo cavan zanjas. Revelando aliados que otros quieren disfrazar de enemigos. Alimentando complicidades entre territorios, identidades y puntos de vista. Sacando al sector profesional de la precariedad, favoreciendo sinergias entre quienes crean y los que disfrutan la cultura.

Podemos debe aspirar a moverse como pez en el agua en el río revuelto de la cultura popular que, a los que solo quieren pescar, ahoga. Que nace en las fuentes de nuestros anhelos comunes, cuyo lecho inconformista nunca descansa, cuyo caudal engorda con afluentes diversos, cuyo curso culebrea entre paisajes rurales y urbanos y que, con el tiempo, desembocará en un mar que podremos llamar nuestro.