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Hitler ha vuelto, a Franco no se le espera

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Hacía mucho tiempo que no me reía con un libro, pero lo que se dice reírse a carcajadas, como me he reído con la novela de Timur Vermes titulada Ha vuelto (Seix Barral, 2013). En ella se narra cómo una buena mañana de 2011 Adolf Hitler se despierta en un descampado del centro de Berlín. Esta situación da pie a un sinfín de malentendidos entre Hitler y la gente que le rodea, quienes le toman por un imitador. El azar le lleva a iniciar una carrera como humorista en la televisión alemana. Claro que él no bromea, sino que habla muy en serio.

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El libro, narrado en primera persona por el propio Hitler, es una parodia de la sociedad alemana -de los jóvenes, de los medios de comunicación, de la política- y del propio dictador, el cual resulta cómico ya que su discurso trasnochado es simplemente ridículo en la Alemania actual, aparte de sus problemas con las nuevas tecnologías. Cabe añadir que el autor no evita en ningún momento poner en boca de Hitler los temas más polémicos o que podrían resultar hirientes como las crudezas de la guerra o el exterminio de los judíos.

En un párrafo Hitler dice:

...todo el mundo está convencido de que hay que combatir a las ratas, pero cuando hay que poner manos a la obra se tiene gran compasión de la rata aislada. Bien entendido: se tiene sólo compasión, no el deseo de quedarse con la rata. No hay que confundir ambas cosas.

En otro el dictador afirma sobre el cerco de Leningrado:

Aquellas gentes, al final, se destrozaban la cabeza mutuamente sólo para poder comerse la tierra en la que se había derretido el azúcar quemado por las bombas. Sí, claro, esos civiles no merecerían subsistir, desde el punto de vista de la raza, pero el soldado de tropa habría podido pensar: ¡pobre gente, pobre gente! Sobre todo porque el soldado raso tenía en muchos casos gran amor a los animales.

Imagina ahora una novela por el estilo protagonizada por Franco. El caudillo despierta en un descampado de Madrid y se encuentra con un país gobernado por un gallego, miembro de un partido fundado por Manuel Fraga. Todo le parecería perfecto. Hasta que empezara a descubrir que los homosexuales se pueden casar y adoptar a niños, que se puede ser de izquierdas sin que la policía te lleve al cuartelillo o, peor aún, que una mujer embarazada y socialista ha sido ministra de Defensa. Entonces, Franco empezaría a hacer comentarios sobre los republicanos vencidos, sobre los homosexuales, sobre todo aquél que ensucia los valores del nacionalcatolicismo y sobre la necesidad de volver a encauzar al pueblo español.

Imagina un párrafo así:

He comprobado como algunos pretenden sacar de las cunetas a los que pretendían entregar España al bolchevique. Estos ilusos merecen, como todo comunista, el mismo final: un tiro de gracia. Por suerte mi paisano Mariano dispone de nuevas carreteras con nuevos arcenes donde enterrar a los enemigos de nuestro amado país. Sólo falta encontrar a quien esté dispuesto a apretar el gatillo. ¿Quedarán en España hombres de valor dispuestos a asumir sus responsabilidades para librar de afeminados y masones a esta gran nación?

¿Un libro en el que se burlan de las víctimas de la Guerra Civil? El escándalo sería enorme. La gente de izquierda se sentiría ofendida y clamaría al cielo por las burlas del autor a las víctimas del franquismo. ¿Un libro en el que se ridiculiza a Franco? Los franquistas y en general los que se identifican con los del bando de los vencedores también se sentirían ofendidos. El hipotético autor tendría que convivir con que fanáticos de izquierdas o de derechas le reventaran todas las presentaciones y que su casa sufriera pintadas amenazantes por parte de ambos bandos.

¿Por qué en España tenemos tan poco sentido del humor, y menos para reírnos de nosotros mismos, de quiénes somos y de lo que hemos sido? Bueno, miento, sí tenemos sentido del humor. Lo que nos molesta es que sean otros los que se rían de nosotros.

La diferencia entre Alemania y España en este tema es muy evidente. Mientras que en Alemania el nazismo y su apología están prohibidos, en España el Gobierno no es capaz de ni siquiera condenar al franquismo. Mientras en Alemania ningún personaje público puede hacer gala de su pasión por Hitler, y mucho menos si te dedicas a la política, en España un alcalde puede ser abiertamente franquista, se pueden organizar mercadillos con merchandising referidos al tema, y las juventudes de partidos políticos supuestamente democráticos pueden fotografiarse haciendo gala de su añoranza por el antiguo régimen sin temor a represalias. Es decir, en general en Alemania tienen bien clara la diferencia entre el humor y un pasado denostado. En cambio, en España no te puedes reír de algo que sabes que es una enfermedad todavía no erradicada. La verdad es que en España no tendría ni pizca de gracia un libro tan crudo. ¿Cómo te vas a reír de algo así en un país en el que sabes que parece más importante no ofender los sentimientos de los verdugos que aplacar las lágrimas de quienes no tienen a dónde llevar una flor a sus familiares asesinados?

Está todavía lejos el momento en el que los españoles podamos reírnos de las dos Españas. Mientras tanto, lee la novela de Vermes. En ella no nos salvamos de las pullas de Hitler.