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Una democracia coja

30/07/2012 08:09 CEST | Actualizado 28/09/2012 11:12 CEST

La democracia en España siempre ha estado tutelada por los políticos hasta tal punto que nosotros, que creíamos vivir en un país ejemplar y que éramos libres de pensar y escoger, hemos dejado en sus manos la decisión final sobre todas las cosas. Los ciudadanos solo tienen la ilusión de participar de la democracia, pero en realidad no decidimos nada.

El primer ejemplo y más evidente son las listas cerradas en las elecciones. Tener listas cerradas significa que los españoles podemos votar a un partido que presenta un determinado programa, pero no podemos escoger a las personas que lo defenderían en el Gobierno. Como si los partidos no estuvieran formados por personas.

Las listas cerradas se pueden justificar por dos cosas: o los políticos consideran que los votantes son idiotas sin capacidad para escoger a las personas adecuadas, o los políticos de esta forma se garantizan el repartir los escaños entre los suyos o para pagar favores De esta forma, la familia Fabra ha conseguido estar en el Parlamento sin que nadie haya votado a ninguno de sus miembros directamente.

De esta manera nos escatiman el valor real de un voto, ya que deberíamos poder escoger a personas y no sólo supuestos programas que después no se cumplen, como bien sabemos. Así se perpetúa la casta de los políticos.

Curiosamente, mientras más tiempo paso viviendo en Polonia más evidentes me parecen las carencias en la democracia española y en su sistema de libertades. Polonia, un país visto por nosotros con ciertos tópicos religiosos y culturales, es un país donde la libertad individual de elección se ha llevado hasta niveles desconocidos en España, tanto en política, como en educación o sanidad, pasando por otros aspectos de la vida.

En Polonia, como en muchos países, las listas son abiertas. Eso significa que cada ciudadano especifica en su voto a quién prefiere que le represente por su circunscripción. Los diputados que un partido consigue por una circunscripción se seleccionan de entre los más votados por los ciudadanos, no por la posición en la que aparecen en la lista.

Actualmente, en el Parlamento polaco hay una diputada transexual, Anna Grocka. Su presencia en el Parlamento no responde a que algún partido la haya puesto en las listas para atraer a minorías sexuales, que también, sino a que ha sido uno de los candidatos más votados por su circunscripción. Además, cada diputado tiene una oficina en su circunscripción donde, por lo menos una vez por semana, debe atender a sus electores.

La Declaración de la renta es otro ejemplo de cómo en España se hace creer a la gente que es libre de decidir cuando en realidad son otros los que lo hacen. Tenemos dos casillas: una para la Iglesia católica y otra para fines sociales. Si señalamos fines sociales, es el Estado quien decide a qué organización se beneficiará, la cual podría ser, por ejemplo, Caritas, la cual pertenece a la Iglesia católica. En definitiva, marquemos una u otra casilla, el dinero puede terminar en las mismas manos.

En Polonia, estereotipo del catolicismo por excelencia, sólo existe una casilla para indicar que queremos destinar el 1% (sí, el 1%) a fines sociales. No existe casilla para la Iglesia porque el Estado la financia mediante el Concordato. En España mediante Concordato y casilla.

Pero es que además se debe señalar a quién exactamente queremos destinar el dinero de entre las organizaciones reconocidas por el Estado polaco. Estas organizaciones deben estar establecidas en Polonia pero pueden tener proyectos exclusivamente en países extranjeros. También se puede consultar el día exacto en el que Hacienda transfiere nuestro dinero a la organización escogida.

En conclusión, en España no se considera a la gente lo suficientemente inteligente como para decidir ni el nombre de los diputados que quiere ver en el Parlamento ni el nombre de la organización a la que quiere destinar su dinero. Aunque, bien mirado, si llevamos tanto tiempo aceptándolo, es porque algo de ingenuos o de bobos debemos de tener.

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