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Groenlandia se rompe en pedazos de hielo

01/09/2013 18:52 CEST | Actualizado 01/11/2013 10:12 CET
ROSA M. TRISTÁN

Enviada especial, Qassiarsuq.- Grandes bloques de hielo bajan por el fiordo de Sermilik, al sur de Groenlandia. Hace tan sólo 13 años, para llegar hasta la granja Tasiussaq, en una de sus orillas, los expedicionarios de Shelios llegaban en embarcación y para ver el hielo debían desplazarse hasta el glaciar Eqaloruutsit. Ahora el fiordo está bloqueado para la navegación en este lugar. "El aumento del deshielo en esta zona del mundo es el cambio que más he notado en el país desde el primer viaje, en el año 2000", asegura el astrónomo Miquel Serra-Ricart, del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC).

Serra-Ricart lo contaba mientras alrededor suyo bajaban hacia el mar grandes bloques de hielo azul, color que adquiere el agua congelada cuando la concentración de oxígeno es muy alta, lo que indica que lleva mucho tiempo sufriendo una gran presión. Dicen algunos que es el hielo más antiguo.

No es la primera señal evidente a simple vista de que el calentamiento de la Tierra se está acentuando. El frente del glaciar Qaleraliq, enfrente del campamento de Tierras Polares que Ramón Larramendi ha instalado en otro fiordo groenlandés, se ha reducido en cientos de metros, partiéndose en dos partes, y el explorador recuerda también que era mucho más alto en 1997.

Ahora a las imágenes se suma el sonido porque cada poco rato se escucha un trueno de larga duración, que no es tal: son los bloques que caen de los mismos glaciales cuando las grietas acaban por romper, algunos de muchas toneladas de peso: los icebergs. Otros pequeños fragmentos que crean una especie de chapapote helado entre el que no es fácil moverse.

Los científicos calculan que Groenlandia ha perdido más del 20% de su hielo en los últimos 30 años. Y temen que el volumen del agua acabe por aumentar el nivel de los mares de todo el mundo. "Siempre hemos venido en verano, en época de deshielo, pero es cierto que cada vez vemos los glaciares con mayor retroceso", señala el investigador.

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Foto: Rosa M. Tristán.

Esta misma semana, una investigación publicada en la revista Philosophical Transactions of the Royal Society B señalaba que para el año 2100, en Groenlandia serán capaces de crecer hasta 44 especies relevantes de árboles y arbustos que hoy solo vemos en Europa o en Norteamérica, cuando ahora solo lo hacen cuatro y en zonas muy concretas.

Los científicos, daneses, hablan de 400.000 kilómetros cuadrados que cambiarán el blanco por el verde, una superficie casi tan grande como Suecia y sobre todo el sur de Groenlandia, donde las granjas diseminadas entre los prados ya recuerdan más a las tierras escocesas que a las gélidas tierras polares que los viajeros se imaginan antes de aterrizar en Narsasuaq.

Aunque el cambio pudiera ser beneficioso para los lugareños, la inmensa mayoría agricultores, lo cierto es que este aumento de la temperatura, y el deshielo consiguiente, puede aumentar el nivel del mar a muchos miles de kilómetros, causando inundaciones de zonas bajas del planeta, así como cambiar las corrientes oceánicas por esa relación entre corrientes frías y calientes que es tan importante.

Pero son consecuencias a largo plazo. Lo inmediato es que el verano está llegando a su fin, que hay que recoger el heno para que el ganado sobreviva el duro invierno groenlandés, y que con suerte el año próximo podrán cultivarse más patatas en más terreno, como ya hacen algunos vecinos de los fiordos.

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Foto: Rosa M. Tristán.

Cada día, el paisaje desde el albergue de Qassersuk es diferente porque cada día los grandes bloques de hielo en los que se rompe el interior helado de esta gigantesca isla son distintos.

Por la noche, las auroras boreales siguen pintando la noche, aunque ya la Expedición astronómica Shelios abandonó el país y ya no se retransmiten en directo, dentro del proyecto europeo Gloria. Durante su estancia, grabaron imágenes espectaculares de esas partículas energéticas que salieron del Sol muchas horas antes de traspasar la magnetosfera de nuestro planeta. La noche en el fiordo de Tassiusaq les regaló un arco boreal que duró muchas horas, de fondo, y a su alrededor estelas, lluvias, formas verdes, azules, casi rojizas que iban y venían y que superaron a las que cazaron la primera noche.

"Nos vamos más que satisfechos. Hemos tenido suerte, porque el tiempo es muy variable en esta zona del mundo y nunca sabes si cumplirás los objetivos", apuntaba Serra-Ricart el jueves, antes de abandonar Groenlandia.

Desde la altura, ya en el avión, no distinguió los árboles de la investigación danesa, pero sí una tierra congelada, blanca, que ya no recordaba tan pequeña... Quizá un día sea un bosque.