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Bukowski: alcohol, mujeres y libros

14/07/2012 10:04 CEST | Actualizado 12/09/2012 11:12 CEST

Durante los primeros cuarenta años de su vida, la vida sexual de Charles Bukowski fue prácticamente nula. De hecho no salió con ninguna chica durante su época de estudiante en el instituto ni tampoco en la Universidad. Él mismo estaba convencido de que era tan feo que jamás una mujer querría salir ni acostarse con él. Y no era para menos: durante su adolescencia y su juventud, Hank, como le llamaban familiarmente, fue un tipo alto, desgarbado y corpulento, propenso al aislamiento y a la timidez, de carácter huraño y con un terrible problema de acné. Tenía la cara agrietada por los granos, pero también la espalda, los hombros e incluso los párpados, lo que le provocó un complejo físico que fue el blanco idóneo para el escarnio de sus compañeros de clase y el rechazo airado de las muchachas de su edad. No en vano, los profesores del instituto llegaron a pedirle que dejara de ir a clase durante un tiempo por las desagradables pústulas que el joven padecía con virulencia en su rostro.

Si a esto le sumamos que la familia de Bukowski era inmigrante y que llegó a Estados Unidos procedente de Alemania en los años de la Gran Depresión, que el padre era un animal que pegaba brutalmente a su hijo por cualquier motivo y que la madre consideraba que la mujer tenía que obedecer siempre al esposo, que este siempre llevaba razón y que la función única de la mujer era la de llevar la casa y criar a los hijos, se entiende que Hank dejara por escrito lo siguiente: "Mi infancia no había sido fácil, así que el resto de mi vida no me sorprendió tanto".

En efecto. Parece que todas estas miserias (las palizas del padre, la sumisión de la madre, la pobreza, el sentimiento de saberse un inadaptado, el rechazo de los compañeros) le acabaron por endurecer para todo lo que tendría que venir después: el alcohol, el vagabundeo, los trabajos miserables, las peleas callejeras, las mujeres locas, la adversidad y la subsistencia más elemental.

Bukowski empezó a beber con apenas 17 años, inducido por su amigo Baldy, hijo de un prestigioso cirujano que había perdido la licencia por ser alcohólico. El padre de Baldy había dejado de beber por entonces pero aún conservaba numerosos toneles de vino en la bodega. En aquel sitio Baldy invitó a Hank a probar, le enseñó a poner la cabeza bajo la espita y a trasegar como un cosaco. Al principio, no le gustó y le repugnó el olor agrio del vino, pero luego ya no hubo vuelta atrás: "Crecí, me expandí, medía casi cuatro metros, era un gigante. Y me sentía maravillosamente. Y la vida era estupenda, y yo era poderoso. Y eso fue todo. Estoy enganchado desde entonces".

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Bukowski se inició en el alcohol a los 17 años. Foto: MICHAEL MONTFORT (http://bukowski.net).

Durante su época de estudiante pasaba largas temporadas sin asistir a clase, gastando el tiempo en los bares, pero también en la biblioteca pública cercana a su casa, donde descubrió a Sinclair Lewis, a D. H. Lawrence, de quien dice que leyó todos sus libros, a John Dos Pasos, a Sherwood Anderson y a Ernest Hemingway que fue el escritor, junto con John Fante, que más le impresionó.

Enseguida supo que quería dedicar su vida a la literatura, pero había un problema: escribir requería tiempo y requería de experiencias vitales de las que poder nutrirse. Esto compaginaba mal con el trabajo, contra el que se rebeló toda su vida y contra el que dejó escrito muchos versos, como éste: "La verdadera / esclavitud humana / de hombres que no sabían / que eran esclavos".

De ahí le vino ese vagabundeo infatigable de una ciudad a otra, de un bar a otro, sin más objetivo que vivir situaciones que le sirviesen de material para la escritura: personajes turbios, habitaciones sórdidas, estampas de ciudades, lóbregos tugurios de barriadas marginales, todo valía para alimentar el bagaje de la experiencia. Vivió a base de rebanadas de pan, de salchichas ahumadas y de manteca de cacahuete. En cierta ocasión, después de estar cuatro días sin probar bocado, se dio el capricho de comprarse una bolsa de palomitas de maíz. Estaban calientes, saladas y grasientas y hacía tanto que no comía que entró en estado de trance en mitad de la calle y se puso a gritar: "¡Gracias, gracias, gracias!"

Dilapidaba todo su dinero en bebida y en las carreras de caballos, donde apostaba fuerte y perdía con frecuencia.

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Bukowski junto a su máquina de escribir. Foto: MICHAEL MONTFORT (http://bukowski.net).

Un día de diciembre de 1969, Bukowski recibió una llamada de teléfono y alguien al otro lado de la línea le dijo: "Mira lo que se me ha ocurrido, Hank. Si dejas la oficina postal te daré cien dólares mensuales toda la vida". Bukowski se quedó noqueado y aturdido. Era John Martin, editor de Black Sparrow Press. Después de pensarlo durante varios días, le devolvió la llamada y respondió con un lacónico: "Trato hecho". Martin, que creía ciegamente en la genialidad de Bukowski, vendió su colección de primeras ediciones de H. D. Lawrence por 50.000 dólares y se comprometió con Hank, cual mecenas, de por vida.

Bukowski había ido publicando relatos y poemas que enviaba sin parar a cualquier revista o periódico de los Estados Unidos, pero lo que le había dado cierta notoriedad en los últimos años había sido su columna semanal llamada Escritos de un viejo indecente que había publicado en el Open City de Los Ángeles. Entonces, libre de presiones y libre por fin de la esclavitud del trabajo, se dedicó con ahínco a escribir su primera novela, Cartero, que acabó en veinte noches. Y entonces, cuando sólo habían pasado tres semanas de enero, Hank llamó a Martin y le dijo: "Ya está, ven a buscarla". La novela se vendió aceptablemente bien y, con el paso del tiempo, llegó a convertirse en el libro más vendido de Black Sparrow Press.

Por fin, a los 50 años de edad Charles Bukowski pudo dedicarse a escribir de pleno. Comenzó a dar recitales, a conceder entrevistas (casi siempre a regañadientes), recibía a los periodistas en pantalones cortos, con el torso desnudo y un botellín de cerveza en la mano, y las mujeres comenzaron a asediarle. A partir de aquel momento, su vida sexual fue irreprimible: jovencitas extranjeras que venían a adorarle, estudiantes de literatura que querían retozar con él, poetisas de segunda fila, alcohólicas sin un céntimo en el bolsillo... Todo valía para resarcirse de tantos años de abstinencia, y todo valía para escribir libros. Llegó a acostarse con tantas chicas que perdió la cuenta. De ahí nacieron títulos como Mujeres o La máquina de follar. Luego vinieron el resto de sus libros: Factótum, La senda del perdedor, Hollywood, etc.

A primeros de 1993 le diagnosticaron leucemia. Pasó dos meses en el hospital, adelgazó y perdió agilidad, acabó encorvándose y se convirtió súbitamente en un anciano rodeado de gatos. Sin embargo, siguió bebiendo y escribiendo, hasta que el 9 de marzo de 1994, a los 73 años de edad, murió víctima del cáncer. Le enterraron en el cementerio de Green Hills Memorial Park. En la lápida quiso que figurase, junto a una figura de un boxeador en guardia, este epitafio: "Ni lo intentes".

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