POLÍTICA
24/03/2014 21:59 CET | Actualizado 01/04/2014 18:15 CEST

Las mil caras de Adolfo Suárez

ADOLFO SUÁREZ (1932-2014)

1968: Franco y Suárez, Gobernador de Segovia

Lo explica el periodista Gregorio Morán en “Historia de una ambición”, biografía no autorizada de Adolfo Suárez que armó notable revuelo a finales de los años 70. El gran malabarista de la transición comenzó a labrar su fama de hombre audaz el día que consiguió incluir Segovia -provincia de la que era gobernador civil- en el III Plan de Desarrollo, tras un curioso diálogo con el general Franco. “Cómo le va, Suárez”, le había preguntado el dictador. “No sé qué decirle, excelencia”, replicó Suárez. “¿Qué quiere decir?”, inquirió Franco. “Que no sé, Excelencia, si los segovianos se sienten ciudadanos de segunda clase”, respondió el incisivo gobernador, que aquel mismo año 1968 había sorprendido gratamente a los Príncipes esperándolos con un ramos de flores en una gasolinera para agasajar su primer viaje oficial a la provincia. Segovia acabó beneficiándose de las ayudas estatales y Suárez subió un peldaño más de la ambiciosa carrera que debería conducirle a la presidencia del Gobierno, previo paso por la dirección de Televisión Española. Quizás aquel día el intrépido abulense comenzó a imaginar el “café para todos” que patentaría años más tarde con el nombre de Estado de las Autonomías.

Enric Juliana,La España de los Pingüinos, recién reeditado por RBA bajo el título “España en el Diván”

Gregorio Morán, Adolfo Suárez, Historia de una ambición. Ed. Planeta

1969: El ascenso dentro del Régimen, hasta RTVE

Suárez, que era secretario de Herrero Tejedor desde mediados de los años cincuenta, había ascendido a su amparo hasta convertirse en un burócrata arquetípico del Movimiento, Impulsado por una potente ambición, se había incorporado al Opus Dei y había hecho amistad con importantes figuras del régimen durante los primeros años de la década de 1960, cuando Herrero era vicesecretario del Movimiento con Solís. Más adelante, cultivando cuidadosamente al entonces ministro de Gobernación, general Camilo Alonso Vega, llegó a ser gobernador civil de Segovia en 1968. En este cargo había conocido al Príncipe y se habían entendido bien, hasta el punto de tutearse. Suárez era un buen ejemplo del político profesional que se había hecho dentro del régimen, pero percibía instintivamente que este era una camisa de fuerza para una sociedad que había superado sus constricciones. Para el Príncipe, Suárez tenía el atractivo de tener una edad similar a la suya y carecer de las actitudes paternalistas e incluso condescendientes de López Rodó y hasta de Torcuato Fernández-Miranda. A medida que se acercaba a la cima, Suárez utilizó su amistad con herrero Tejedor tanto para atraer la atención de Franco como para consolidar su amistad con Juan Carlos.

Adolfo Suárez fue nombrado director general de Radio Televisión Española (RTVE) en 1969 por recomendación de Carrero Blanco, a quien, a su vez, había propuesto su nombre Juan Carlos. Suárez utilizó su control de los medios de comunicación para la promoción de Juan Carlos, por entonces objeto de chistes que lo presentaban como marioneta de Franco, y complació enormemente al Príncipe no emitiendo por televisión la boda de Alfonso de Borbón Dampierre y María del Carmen Martínez-Bordiú. (...) Durante su paso por televisión Suárez empezó a ganarse fama de hombre que mantenía una especial relación con el Ejército.

Paul Preston en Juan Carlos, el Rey de un pueblo. Ed. Debate.

1976: Moviendo los hilos para llegar a la presidencia y fundar la UCD

Pero desde marzo, Suárez ya era consciente de sus posibilidades, y quiso consolidar su opción, estableciendo un pacto con (Alfonso) Osorio, que se movía con gran facilidad entre los sectores de la oposición moderada, de inspiración cristiana, con los que aspiraba a fundar un gran partido demócrata cristiano (....)

Adolfo Suárez le pide además a Miguel Primo de Rivera que le organice un encuentro con los más representativos prohombres de la Banca. Asisten Pablo garnica, Emilio Botín, Juan Herrera, José Ángel Sánchez Asiaín, Carlos March, Fernando Ibarra, Luis Valls y Taberner entre otros.

“Suárez, que sabía ante quién estaba hablando, defendió una reforma sin riesgo, “compatible con aquellas esencias que hemos venido defendiendo políticamente”, y afrimó con rotundidad -según el testimonio de Osorio- que “como secretario general del Movimiento no voy a permitir que desaparezcan aquella fuerzas políticas que han sido leales y han jugado dentro del sistema en los últimos cuarenta años”. También fue Suárez quien explicó la conveniencia de crear un gran partido político que representara a la derecha española y que para ello se necesitaban quinientos millones de pesetas. Osorio confirmó en sus memorias que “la intervención de Adolfo Suárez había sido brillante, persuasiva y conservadora”, y que Carlos Arias (Navarro, presidente del gobierno) estaba enterado de la cena.

Al día siguiente, Suárez y Osorio visitaron a Arias, que se desahogó con ellos. Nada más terminar el encuentro, Suárez fue a hablar con torcuato Fernández Miranda para contarle que Carlos Arias se defendía de no enseñar los discursos al Rey, porque éste tampoco se los enviaba a él con anterioridad, y que cuando Suárez le dijo que hablara con el Rey, le había contestado, con desprecio: “¡Cómo voy a hablar con él si es como un niño. El Rey no dice más que tonterías!”. Este demoledor testimonio está acompañado, en el diario de Fernández Miranda, por este otro, no menos contundente: “Arias se muestra amenazador y dice que el Rey ya no recuerda su miedo cuando murió Franco. En una palabra, que Armada y Arias están chantajeando al Rey.

Carlos Abella, Adolfo Suárez, Ed. Espasa

1976: Buscando la legitimidad democrática

Pujol recuerda la Comisión de los Nueve, una comisión española de partidos con representantes de cada uno de las naciones históricas. Enrique Tierno Galván formaba parte por el Partido Socialista Popular, con él se produjo esta entrevista en Madrid, a finales de diciembre de 1976.

“Constituida la Comisión, Enrique Tierno Galván y yo fuimos elegidos para visitar a Suárez.El Ministerio de la Presidencia tenía su sede en el paseo de la Castellana, en pleno centro de Madrid. Era época de disturbios y actividad terrorista, de modo que los servicios de seguridad habían aconsejado que se trasladara a un lugar más seguro. Las siguientes entrevistas con Suárez ya tuvieron lugar en el palacio de la Moncloa, a las afueras de la ciudad.

Aquel día, el presidente del gobierno nombrado por el rey sintetizó de manera muy aguda las relaciones entre él y la Comisión que Tierno y yo representábamos. Nos dijo: “Yo, señores, tengo el poder. Ustedes tienen legitimidad. De lo que se trata en estos momentos es de unir poder y legitimidad”. Suárez no dijo que nosotros tuviéramos la legitimidad en exclusiva. Nos dio a entender que él también detentaba parte de ella, además del poder. Pero dejó muy claro que, a pesar de ser ilegales y de que aún no nos hubiera elegido nadie, sí representábamos la legitimidad del futuro, la que venía. Algunos han acusado a Suárez de poca cultura y formación, pero sabía mucho de política. Se necesita ser muy hábil para hacer una definición tan exacta y con tan pocas palabras del proceso de construcción de una democracia en ciernes.

Jordi Pujol,Historia de una convicción. Memorias (1930-1980) Ed. Planeta

1976: Cómo aplacar a los militares y legalizar al Partido Comunista

- Pero Suárez nunca llegó a reunirse con los militares.

-Sí, se reunió con ellos y además tuvo un gran éxito personal, lo cual era bastante extraordinario, ya que muchos de aquellos militares acudieron a la cita dispuestos a cantarle las cuarenta al presidente del Gobierno. A los pocos días de haber sido nombrado Adolfo Suárez, se reformó el código Penal sobre el llamado delito de asociación ilícita, que había quedado embarrancado en las Cortes. Con esta legislación, a primeros de septiembre, Adolfo se reunió con los capitanes generales y la cúpula militar para explicarles el proyecto de ley de Reforma Política que acababa de aprobar el gobierno. Me dijo Suárez que un alto mando militar le preguntó si se iba a legalizar el Partido Comunista, a lo que él contestó, sin llegar a decir que nunca lo legalizaría, que con los estatutos que en aquel momento tenía el partido, era imposible su legalización. La arrolladora simpatía del joven Suárez consiguió anular todas las reticencias. Según me cuenta el general Fernández Campo, presente en la reunión, hubo incluso un coronel que jaleó a SUárez con un “¡Viva la madre que te parió!”. Suárez explicó a los militares que había llegado el momento de legalizar los partidos políticos y, curiosamente, los convenció sin demasiadas dificultades.

-Por aquel entonces, Suárez ya tenía reputación de no ser muy apreciado por los militares. ¿Les tenía miedo?

Don Juan Carlos me mira sorprendido.

-¿Miedo? No creo que sea la palabra adecuada. La noche del golpe de Estado, Adolfo demostró que era un hombre muy valiente. Fue el único, con Carrillo, en permanecer sentado en su escaño ante los fusiles que apuntaban al hemiciclo. No, no creo que Adolfo tuviera miedo de los militares. Digamos que formaban parte de un mundo que le era ajeno.

José Luis de Villalonga, El Rey, conversaciones con don Juan Carlos I de España, Ed. Plaza & Janés

1977: Primer encuentro con Santiago Carrillo

Y efectivamente, en vísperas del 28 de febrero José Mario Armero vino a mi casa, en Vallecas, con el encargo de preparar la entrevista con el presidente. Pedía la máxima discreción para que no trascendiese a los medios de comunicación. El 28 vendría su esposa a buscarme en un coche que conduciría ella misma y me llevaría al lugar del encuentro. No debería seguirnos nadie. (....) Al llegar Suárez nos saludamos como viejos conocidos. Sin habernos visto nunca creo que nos habíamos estudiado uno al otro atentamente. Suárez me dijo de entrada: “Usted y yo hemos estado jugando una partida de ajedrez en la que yo he tenido que mover mis piezas siguiendo las iniciativas de usted”. Era una forma de entrar en materia modesta y simpática.

Decidimos hablar de política con “P” mayúscula y empezamos dando un repaso a la situación económica, que era bastante preocupante. (....)

Suárez reconocía, sin ambages, nuestro papel en el antifranquismo y evidentemente no tomaba demasiado en serio el de otros sectores de la oposición. En definitiva se dió cuenta de que nuestra legalización significaba también que nosotros nos comprometíamos con el éxito de la transición y ésta podía ser una aportación importante dada la influencia y la disciplina del partido. (....)

De esa entrevista yo saqué la convicción de que Suárez se la estaba jugando de verdad para que la “reforma” desembocara en la democracia. Aquello era la “ruptura pactada”. Observándole atentamente yo no ví en Suárez ningún “tic” fascista; se parecía a cualquier político demócrata europeo de los que conocía. Me sorprendió no ver en él ningún anticomunismo, que sin embargo era fácilmente observable en otros políticos de la oposición democrática.

Santiago Carrillo, Memorias (Ed. Planeta)

1977: Redactando la Constitución: café para todos

Alfonso Guerra, entonces destacado dirigente del PSOE, ha reconocido ahora, en 2007, en una entrevista al diario El Punt, lo que otros afirman en privado. Ha dicho: “Hubiera sido ideal que en 1977 se hubiesen recuperado sólo los estatutos de Cataluña y del País Vasco”. Y ha añadido: “Pero el presidente Suárez creyó que recuperar la legalidad republicana habría comportado muchos problemas”.

Guerra culpa a Suárez, y es cierto que Suárez y su ministro Manuel Clavero Arévalo fueron los impulsores del “café para todos”. Lo fueron, en parte, para neutralizar ante el ejército y ante muchos sectores tradicionalmente centralistas y hostiles el impacto de las reclamaciones de catalanes, vascos y gallegos. Y lo fueron, en parte y probablemente, porque empezaba a aparecer -aún amortiguado- el rechazo a la singularidad catalana, mientras la gallega era ignorada y la vasca medio aceptada. Pero si las declaraciones que ha hecho ahora Guerra resultan chocantes es porque aunque al principio el PSOE no fue defensor del café generalizado, pronto se sumó a la repartición autonómica por razones tácticas y electorales. Lo hizo de tal manera que llegó a desbordar en entusiasmo a la UCD en el momento del referéndum de Andalucía. La autonomía andaluza abrió las puertas a una generación muy acentuada del “café para todos”.

Jordi Pujol, Historia de una convicción. Memorias (1930-1980). Ed. Planeta

1980: Acoso y derribo

"Las críticas a la persona del presidente –a mi persona– venían de todos lados», respondió Suárez años después, al ser preguntado por aquellos meses terribles que precedieron a su dimisión. Al hacer memoria de las causas de aquella decisión, buena parte de sus críticas apuntaban a su partido y a sí mismo por no haber sabido convertirlo en una organización eficaz y compacta. El resultado no podía ser otro que un engendro político como UCD, capaz de «hacer frente a cualquier adversario excepto a nosotros mismos». Todo se estaba volviendo en su contra, mientras sus rivales conspiraban abiertamente contra él, incluso aunando sus fuerzas, como si a finales de 1980 resurgiera el denostado consenso, convertido ahora en un gran pacto nacional por el que enemigos irreconciliables se ponían de acuerdo para acabar con él. La prensa era un buen ejemplo de ello, y no sólo aquellos medios de extrema derecha que llevaban cuatro años pidiendo su cabeza.

A la operación se habían sumado una veintena de diputados de UCD, que habrían firmado ya, aunque sin fecha, una moción de censura contra el presidente Suárez. Se trataba de dar «una salida civil al malestar militar» y, al mismo tiempo, de bloquear unas posibles elecciones anticipadas, como recurso extremo al que acudiría Suárez en caso de mantenerse la actual situación.

¿Y el Rey? (...) El propio monarca le fue dando la respuesta a través de terceras personas, a las que Su Majestad hizo patente su descontento por la marcha de las cosas y su creciente desconfianza en la política, a su juicio cada vez más extravagante, que seguía en los últimos tiempos el presidente del Gobierno.

Parecía que Adolfo no se daba por enterado. Hubo un momento, sin embargo, en el que no tuvo más remedio que salir de su error o de su inopia, y fue cuando leyó el texto del mensaje navideño de Su Majestad que se emitiría por televisión el 24 de diciembre, enviado por la Zarzuela, como de costumbre, con la necesaria antelación para que el Gobierno diera su visto bueno. La regañina que el monarca dedicaba al Ejecutivo traspasaba los límites de un paternalismo más o menos fuera de lugar y constituía una desautorización en toda regla de la política gubernamental.

En su casa de Ávila, en la calle Telares, Adolfo se tomó las doce uvas de la Nochevieja de 1980 –las «uvas de la ira», como las llamó Pilar Urbano–. Seguramente le rondaba todavía alguna frase del mensaje navideño del Rey emitido por televisión el día 24, porque, pese a las correcciones de Arias-Salgado, al presidente le parecía que el espíritu de aquel malhadado mensaje había quedado intacto. Fue muy comentado el pasaje en el que Su Majestad pedía «que examinemos nuestro comportamiento en el ámbito de la responsabilidad que a cada uno nos es propia, sin la evasión que siempre supone buscar culpas ajenas».

«Nunca olvidaré el año ochenta», afirmó unos años después Adolfo Suárez.

Juan Francisco Fuentes: Adolfo Suárez. La historia que no se contó Ed. Planeta.

1981: Suárez se queda solo: la crisis de su gobierno y el ruido de sables

El único que vio claro el doble juego de Armada fue Suárez. Cuando el general Gabeiras nombró a Armada su segundo en el Estado Mayor de Tierra, probablemente para complacer al Rey, Suárez intentó impedirlo por todos los medios. Cuánto mejor hubiera sido escucharle.

El plan imaginado por Armada empezó a tomar forma cuando la crisis del Gobierno Suárez se hizo evidente para la opinión pública. E partido que lideraba iba a la deriva como un barco sin timón. Suárez parecía impotente frente a la escalada terrorista de ETA, que exasperaba al ejército, su principal víctima. Atacado por todas partes, no sabía a qué santo encomendarse. Los militares no le perdonaban la legalización del Partido Comunista. La derecha de su partido le reprochaba el haber sido el primer presidente de Gobierno en recibir al terrorista Arafat y abrazarle en público. La patronal sostenía contra él una guerra de desgaste que parecía no tener fin. Los banqueros estaban decididos a no soportar más las impertinencias de aquel hombre que se jactaba de despreciar el dinero. La Iglesia de alarmaba al oír hablar de una ley de divorcio propuesta por Fernández Ordóñez. Los sindicatos ya no creían en las buenas palabras, pues nunca tenían efecto. Suárez había llegado a ser tremendamente impopular, y finalmente arrojó la toalla. Fue entonces cuando ciertos militares de alta graduación, animados en sordina por Alfonso Armada, “el amigo del Rey”, lanzaron la idea de un “golpe de timón” a lo De Gaulle. Una idea que varios socialistas bien situados parecieron apreciar. A su vez, políticos de derechas admitieron no ver ningún inconveniente en sostener una solución radical en el marco legal de las instituciones, sin tener en cuenta que todo ello podía degenerar en un golpe de fuerza. “Ganemos primero la batalla contra Suárez -decían-, y ya veremos después”.

-Me acusaron -dice don Juan Carlos - de haberme desprendido de Adolfo. Pero eso era ignorar cuál debe ser el papel del rey en un régimen parlamentario. Yo no tenía ningún poder que me permitiera imponer una solución política a mi gusto.”

José Luis de Villalonga,El Rey, conversaciones con D JC I de España, sobre la situación previa a la caída de Suárez y el 23-F

1986: El resurgir de Suárez con el CDS

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