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20/06/2019 16:43 CEST | Actualizado 20/06/2019 16:43 CEST

Ni para un gin-tonic

Llegamos tarde incluso al funeral del mundo...

AFP
Imagen captada por Steffen Olsen desde su trineo. 

Hay tantas maneras de despertarse como pijamas caen al suelo del cuarto de baño cada amanecer. Acostumbro a ser lento, prescindo de mis babuchas voladoras para disfrutar de ese largo rato en que no puedo discernir si he logrado abrir los ojos o si todavía camino por un pasillo soñado; si el aroma que percibo es el del té o el de la brumosa hurí que me abandona en medio de una historia inconclusa; si lo que aparto son velos o cortinas de ducha.

Pero hoy no me han dejado disfrutar de ese resquicio sonámbulo por el que me asomo a la realidad. Una fotografía me ha abofeteado tras el grillo del despertador.

Está tomada desde un trineo y muestra al tiro de perros chapoteando por una laguna que debiera, en buena lógica, ser una llanura de hielo. La ha captado Steffen Olsen, del Instituto Meteorológico de Dinamarca, para constatar que llegamos tarde incluso al funeral del mundo (cuando le han preguntado por posibles soluciones, ha estado a punto de ahogarse a causa del ataque de risa).

El destello del hielo nos regaló los relatos de Jack London; también el diamante más grande del mundo y su rara belleza en la acalorada Cien años de soledad. Solo por eso ya es necesario.

Malician que London encontró en Alaska un oro más valioso que el que pudiera recoger en un cedazo: las historias (a cuál más dura, a cuál más cruel) que un viejo le regalaba en la noche sin sueño del iglú.

Él conocía la lengua. Antes de sujetar la pluma, había trabajado en aquellos parajes enarbolando cepos y rifles.

Pero el invierno boreal, que llega sin avisar, como los más odiados parientes, lo condenó a meses de oscuridad sin otra llama que la que desprendían el aceite de ballena y la voz incansable del viejo.

Hoy en día, aquel anciano habría muerto, herido de melancolía y sordo por el ruido del aire acondicionado.

Y recuerdo ahora las lujosas tiendas parisinas que en los años ochenta vendían hielo glacial procedente del Ártico; hielo denso y antiguo que, prensado durante milenios, albergaba aire comprimido que  silbaba al derretirse y liberar sus burbujas (por lo que costaba, debería haber silbado una de Morricone).

Probablemente reciclen el negocio y ofrezcan, a precios disparatados, agua polar, una vulgaridad más que añadir al catálogo de marcas cuya prolijidad difícilmente se justifica.

Llegamos tarde incluso al funeral del mundo...

Hace ya algunos años, cuando un comensal me preguntó, con avidez cuántos tipos de agua podía ofrecerle, apuntillé:

-Tres: la de los Pirineos que sirvo embotellada, la del grifo y la de la calle (llovía a cántaros).

De cuantas modas absurdas fomenta la hostelería, ninguna  más banal que una carta con docenas de aguas, algunas más caras que el vino.

Y algo tiene que ver, sin duda, esa enfermedad de consumir que nos aqueja con la desaparición de los Polos, de los glaciares y de las nieves que creíamos eternas en las cimas.

Es tan sencillo protestar por el reiterado incumplimiento de los tratados que China, Estados Unidos y sus cómplices atropellan, como difícil (por lo visto) dejar de comprar las gangas, copias y artefactos de plástico, adornados con plástico y envueltos en plástico, con que los nuevos emperadores abarrotan los estantes de las franquicias. Además de la contaminación, parecemos empeñados en sacralizar el trabajo esclavo, tan democrático que no se detiene en comprobar ni tan siquiera la edad del que lo sufre.

Vivimos en una aldea que ocupa todo el orbe, de eso no hay duda. Lo que me sorprende es que no alcancemos, ni siquiera, la categoría de aldeanos. Sufrimos si baja el índice que señala el balance de pérdidas y ganancias en una bolsa de Asia, pero no nos importa mirar a otro lado cuando residuos y venenos ocupan el lugar del océano.

Total, más años hemos pasado veraneando en La Manga y vamos tirando…

Al menos, en mi aldea, el que malquemaba los rastrojos o desperdiciaba el agua (temporadas hubo que el hilillo del Gévalo apenas dio para que los renacuajos dormitasen) era reprendido con furia por todos los vecinos. Sabíamos lo que nos jugábamos entre aquellos cerros. Un paisaje entonces festoneado de mieses como una camisa remendada, con el oasis de los huertos hilvanados de frutales.

Bastante hemos durado, pero puede que nos quede menos tiempo que a los peces del whisky de Sabina. Ojalá que el maestro se equivoque.

Hoy, una vegetación agostada, en la que contados pájaros sueñan con las cerezas. De los frutales que taló la sequía no queda ni el humo.

Y abejas, una prima de Maya que se despistó.

Aunque lo primera sequía que sufrimos fue de brazos (¡Vente a Alemania, Pepe!).

Solo la Fuente de la Teja sobrevive.

Cómo vamos a ignorar ahora lo que se nos viene encima, si no dejamos de talar selvas para plantar soja con que engordar a las vacas de las hamburguesas.

Bastante hemos durado, pero puede que nos quede menos tiempo que a los peces del whisky de Sabina. Ojalá que el maestro se equivoque.

Yo, que ofrezco en mi carta salmones salvajes del Yukón, pienso si no sería mejor dejarlos crecer por si, en breve, son ellos los que tienen que tirar del trineo.

 

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