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Thomas Harding: "Cualquiera puede participar en algo tan terrible como el Holocausto"

25/10/2014 16:09 CEST | Actualizado 17/05/2016 15:52 CEST

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Entre 1940 y 1944 llegaron al campo de concentración de Auschwitz más de 1,3 millones de prisioneros. Fue uno de los mayores genocidios en la historia de la humanidad: murieron 1,1 millones de personas.

Y esa masacre la podrías haber dirigido tú.

Sí, tú.

El periodista Thomas Harding no mueve un músculo de la cara al defender esa idea: todos somos genocidas en potencia y podríamos ser tan partícipes del holocausto como lo fue Rudolf Höss, el comandante nazi que dirigió el infierno en la tierra llamado Auschwitz.

“Höss no fue ni un monstruo ni un villano. Fue un ser humano normal, como tú y como yo, un hombre capaz de tener empatía, de querer y al mismo tiempo ser querido”, relata el autor de Hanns y Rudolf (Galaxia Gutenberg), la biografía paralela de Hanns Alexander, el judío alemán que dio caza a Rudolf Höss, y del gerifalte del campo de concentración de Polonia.

Harding suelta la bomba: “Cualquier ser humano tiene la capacidad para hacer algo así. Cualquiera: tú, yo, podemos participar en algo algo tan terrible como el Holocausto si se dan las condiciones necesarias. Esa es la lección”.

Harding recurre a la historia más reciente para reforzar su tesis. El genocidio de Ruanda o Bosnia representan ya jalones en la historia de la ignominia. “No eran todos psicópatas ni estaban locos, eran personas absolutamente normales. Esto es lo que resulta tan increíble al contar una historia sobre seres humanos. Porque da miedo, da mucho miedo”, reconoce el autor.

Rudolf Höss (no confundir con Rudolf Hess, lugarteniente de Hitler) fue un hombre aparentemente normal que también era capaz de ver sin mayores sobresaltos cómo morían asfixiadas 2.000 personas en una cámara de gas. “Al terminar la jornada llegaba a su casa, que estaba a escasos metros del campo de concentración, se sentaba en la mesa familiar a cenar y le preguntaba a sus hijos cómo les había ido el día”. Los fines de semana jugaba y paseaba en barca con ellos, cuidaba a sus esposa e incluso tenía gestos de generosidad.

Una doble cara que, aun así, no le impide figurar en el lado más oscuro de la historia. Justo la opuesta de Hanns, que se erige en la figura que encarna el bien. Tío abuelo del autor, judío y alemán, murió el 23 de diciembre de 2006 sin que su familia conociera la heroica historia de su vida. Fue un hombre bueno que cazó al peor de los demonios. Y jamás lo contó: ni a sus amigos ni a su familia. “Estaba lleno de odio, sentía una rabia enorme que no quería compartir porque pensaba que contaminaría esa rabia. Sentía odio y creo que eso le daba miedo”.

VIDAS PARALELAS

Harding traza en Hanns y Rudolf, a ritmo de novela de suspense, la vida paralela de Hanns y Rudolf —el bien y el mal—, hasta que ambas confluyen en la caza y posterior muerte por ahorcamiento del nazi.

Dos vidas divergentes que arrancaron de forma similar —ambos eran alemanes, venían de familias de la misma clase social, habían leído los mismo libros infantiles— pese a existir elementos que, con el paso del tiempo, se convertirían en trascendentales. Por ejemplo, la familia de Rudolf era católica y la de Hanns judía.

Existían divergencias mucho más patentes: en 1942 Höss tuvo que volver a Berlín llamado por Himmler, que le insta a implantar la solución final. “Él hace lo que le dicen”, recuerda Harding. “Mientras tanto, en 1945 Hanns acude a su oficial de mando y se presenta voluntario para encontrar a los criminales de guerra. Su oficial le dice que no y, pese a ello, inicia la búsqueda en su tiempo libre porque pensaba que estaba haciendo bien”. “Sus caminos se entrecruzan por las decisiones que toma cada uno. Es la moraleja: no siempre hay que obedecer órdenes, hay que hacer lo que crees que está bien. Somos responsables de las decisiones que tomamos”. señala Harding.


Ver Holocaust Concentration Camps en un mapa más grande

Rudolf Höss toma la decisión de ser un genocida. Y, ya preso, a la espera de ser juzgado en Nuremberg, toma otra determinación capital: ir a la contra de sus compañeros y reconocer ante el tribunal todo lo que hizo. “Cuando le arrestan no quería hablar y quizá tan sólo estaba dispuesto a confesar alguno de los primeros actos que perpetró. Pero ya de testigo en Nuremberg le sorprendió escuchar a los líderes y generales del partido negarlo todo. Fue impactante para él porque creía en esta ideología, en el partido, en el sentimiento antisemita. Creía en la solución final”.

Encerrado en la cárcel polaca, plasma negro sobre blanco la estrategia nazi. Sin medias tintas .”Pensaba que era lo que tenía que hacer, que era lo correcto. Sabía que le iban a colgar, que iba a ser declarado culpable”, sostiene el autor británico. En pleno juicio se produce un momento sorprendente cuando Höss reconoce que lo que hizo estuvo mal. Pero no por la masacre perpetrada, por las torturas, las cámaras de gas, los asesinatos de niños… “No, él sostiene que lo que hicieron los nazis fue tan atroz que sirvió de estímulo para que los aliados ganasen la guerra”, relata el autor británico.

Höos acabó colgado y sus familiares, esos hijos a los que cuidaba y quería después de gasear a miles niños, eliminaron de su vida cualquier referencia a su persona. Hanns rehizo su vida en un banco, al margen de medallas y pomposos reconocimientos. “No hizo nada destacable más allá de ser un buen hombre, tener una familia, muchos amigos… Ser feliz, en definitiva ¿No es acaso suficiente?”.