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París y el poder de la razón

29/11/2015 09:56 CET | Actualizado 29/11/2016 11:12 CET
BERTRAND GUAY/AFP

La noche del 13 de noviembre, al igual que el 11 de septiembre de 2001, pensé en Tucídides y en su sabia conclusión a propósito del debate sobre cuál era la mejor respuesta ante la revuelta de Mitilene en la isla de Lesbos contra Atenas durante la guerra del Peloponeso: "Los que reflexionan antes de tomar la buena decisión son un enemigo mucho más formidable que los que se apresuran a recurrir a la fuerza bruta".

En este momento en que la ignominia engendra sed de venganza, resulta vital que el pueblo francés al completo, y en particular sus líderes políticos, pongan la razón en un primer plano. Los franceses deberían tener en cuenta los errores cometidos por el presidente Bush, pero temo que se vean tentados por su retórica de la guerra contra el terror y las medidas de excepción -como el Patriot Act- que sometió a votación.

Los monstruosos ataques en París no eran una ofensa a la civilización occidental perpetrada por un grupo decidido a combatirla, confirmando la teoría del choque de civilizaciones. De hecho, han puesto al día la dimensión europea -y, particularmente, francesa- de la guerra en Oriente Medio. Edgar Morin calificó Oriente Medio de barril de dinamita, y ese barril acaba de explotar. Todo comenzó cuando los estadounidenses desencadenaron una imprudente guerra contra Irak tras el 11 de septiembre de 2001, lo que resultó ser una decisión trágica y errónea al mismo tiempo. Lo siguiente han sido las interminables luchas armadas en Siria, Libia, Yemen, y ahora Egipto. Actualmente también afecta a Europa, donde el conflicto terminará instalándose.

Daesh, atacado en sus posiciones por una coalición internacional que incluye a Francia, ha replicado con las agresiones en París. Debemos concluir, por tanto, que a día de hoy está más claro que nunca que la prevención de ataques futuros no dependerá simplemente del refuerzo de servicios de seguridad, sino que además exige que la comunidad internacional encuentre respuesta a la violencia sectaria en Siria. La solución radica en la política defendida, antes de los ataques del 13 de noviembre, por Francia: ni Assad ni Daesh. No habrá solución para Daesh sin una solución política en Siria, ni para Siria sin un desenlace para Daesh. También vemos que dejar a un criminal como Assad representar a la comunidad internacional en el combate contra Daesh en Siria sería como convertir a los extremistas en representantes de la oposición anti-Assad.

Otra clave para la resolución de esta crisis es la solidaridad intercultural. Los europeos no deben caer en la trampa tejida por Daesh, que quiere hacer de lo que acaba de pasar un conflicto entre musulmanes y franceses, como si Francia fuera la última muralla de la laicidad y de la libertad. Los asesinatos cometidos en París no iban dirigidos a los valores de Francia, sino a nuestra humanidad común. Libertad, igualdad y fraternidad son valores universales, que alimentan la esperanza de la mayor parte de la humanidad, y especialmente del mundo musulmán. Francia no está sola; se beneficia de la solidaridad de todos los que aspiran a la libertad en el sur del Mediterráneo. En el momento de los ataques, estaba en Marruecos, en una conferencia sobre la libertad de información en Internet. La emoción de los árabes presentes era patente, al igual que su inquietud en cuanto a las consecuencias posibles de los atentados en París sobre la libertad de su propio país.

Daesh no podría representar a los musulmanes; es impensable, aunque ese sea precisamente el objetivo de los crímenes cometidos en París. El mismo principio debe aplicarse al empleo del término Estado Islámico, que Daesh pediría al conjunto de los musulmanes. El verdadero Estado Islámico, el Califato de Córdoba en los siglos X y XI, fue una época de gran civilización, cultura y espiritualidad, algo que Daesh contradice por su violencia bárbara. Daesh es un movimiento milenarista, sectario y anti-chiíta, como demuestran los millares de musulmanes, sobre todo chiítas, asesinados en Irak y en Siria.

He vivido en París durante quince años, primero como exiliado político en los años 60 y 70, y más recientemente, de 2007 a 2014, por motivos profesionales. Hoy en día París es una ciudad mucho más diversa y multicultural que en los 60. Pero era, y es, la ciudad de los refugiados políticos del mundo entero, tradicionalmente opuesta a todo sectarismo, y abierta al resto del planeta. Estas características deben preservarse a toda costa frente a los odiosos asesinatos que acaban de producirse. Y, en particular, hay que poner fin a este debate absurdo sobre la identidad que alimentan escritores y comentadores como Zemmour, Finkielkraut o Houellebecq, entre otros, que pone en peligro la coexistencia ciudadana.

Los proyectos sectarios de Daesh sólo fracasarán si son contrarrestados por la unidad del pueblo francés: musulmanes y no musulmanes juntos. Es además la unidad que puede y debe extenderse al sur del Mediterráneo.

Los asesinos que propagaron el terror en París el pasado viernes probablemente eligieron a sus víctimas porque pensaban que eran blancos fáciles. Pero, de hecho, alcanzaron una zona de la ciudad particularmente cosmopolita, donde la diversidad está muy presente, las costumbres son más flexibles y las actividades culturales más innovadoras que en otros barrios más conservadores de la capital. Quizá sin saberlo, dieron a lo que más detestan, teniendo en cuenta su radicalismo sectario y conservador.

La clave de la victoria sobre Daesh reposa sobre un conjunto de valores al que muchas víctimas se sentían vinculadas. Nada jugaría más a favor de Daesh que el triunfo del sectarismo que resultaría de las represalias que afectan a los franceses musulmanes y los refugiados que huyen de esta misma guerra que acaba de asesinar a más de 120 personas en París. Para vencer a Daesh, los europeos deben oponerse con la máxima firmeza a los que pretenden hacer creer que los refugiados constituyen una amenaza. Deben resaltar justo lo contrario: que son víctimas de la misma barbarie, de tal modo que lleguemos a crear todos juntos un mundo euro-mediterráneo más tolerante, más hospitalario, más justo y más libre.

Si así es, si gana la razón, París seguirá siendo, pese a este crimen odioso o incluso, quizá, gracias a él, una ciudad refugio, cosmopolita, una ciudad en la que me siento ciudadano del mundo.

Este post fue publicado originalmente en la edición francesa de 'El Huffington Post' y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano

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