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Condenar a Franco: una deuda pendiente con nuestros deportados

24/01/2015 09:55 CET | Actualizado 25/03/2015 10:12 CET

«Somos los olvidados, nadie se interesó por nosotros cuando España recuperó la democracia. Y nadie se preocupa tampoco ahora». Esta confesión me la hizo, con más resignación que dolor, Manuel Alfonso Ortells, prisionero número 4564 del campo de concentración de Mauthausen. Como él, un pequeño puñado de supervivientes españoles del horror nazi apuran sus últimos años de vida en el eterno exilio francés. En sus vitrinas guardan como un tesoro los pocos reconocimientos que han recibido en agradecimiento por su lucha y sacrificio en favor de la libertad de Europa. Todos esos galardones tienen inscripciones en francés. Ni uno solo les ha sido brindado por el Estado español, que prefirió mantenerles enterrados "para no poner en peligro" el tan manido Espíritu de la Transición.

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Manuel Alfonso Ortells fue uno de los deportados españoles a Mauthausen

Foto: Carlos Hernández de Miguel

Esa Transición que, en mi opinión, puede resumirse en una frase: democracia a cambio de olvido, perdón e impunidad. Recuperamos la libertad, sí, pero pagamos un precio muy alto por ello, incluido el de olvidar la realidad de nuestra historia más reciente. Se dictó una ley del silencio sobre el pasado y se renunció a acabar con la manipulación histórica perpetrada durante 40 años por los franquistas. Esa situación ha convertido a nuestro país en una anomalía democrática dentro de Europa. No hay otra nación en el Viejo Continente con calles y plazas dedicadas a reconocidos fascistas y a militares golpistas. No hay otro país que cuente con una Fundación, financiada con dinero público, dedicada a velar por la memoria de un sangriento dictador. No hay otro lugar en esta Europa unida donde se hagan homenajes a unidades militares que combatieron junto a las tropas de Hitler. No hay otro país que tenga, como España, su historia y su memoria enterrada en una cuneta.

9000 españoles tras las alambradas nazis

Las víctimas del franquismo y los exiliados fueron algunos de los daños colaterales de esa Transición. Si todos los casos son dolorosos, aún lo es más el de los hombres, mujeres y niños que pasaron largos años entre las alambradas de Mauthausen, Gusen, Dachau, Buchenwald o Ravensbrück. Hoy son pocos los jóvenes y no tan jóvenes españoles que son conscientes de que más de 9000 compatriotas estuvieron prisioneros en los campos de concentración nazis; y que cerca de 5500 de ellos solo pudieron escapar de allí a través de la chimenea del crematorio.

José Alcubierre tenía 14 años cuando fue internado en Mauthausen en compañía de su padre. Los ojos de este barcelonés de 88 años enrojecían cada vez más según me iba contando cómo era la vida en el campo: el hambre más atroz, las humillaciones, las torturas, los asesinatos... Su voz se quebraba definitivamente cuando recordaba el día en que seleccionaron a su padre para ir al cercano campo de Gusen: «Me abracé a él hasta que llegaron los SS y nos obligaron a separarnos. Intercambiamos unas últimas palabras y se marchó. Le vi alejarse... y esa fue la última vez que vi a mi padre». Solo dos meses después, Miguel Alcubierre murió víctima de una brutal paliza. José consiguió sobrevivir, y ha tenido el valor de regresar varias veces a Mauthausen para rendir homenaje a su padre y al resto de compañeros caídos. Ni José ni Miguel habían combatido durante la guerra. Su único delito fue el de ser exiliados españoles en Francia, pero Hitler, Pétain y Franco decidieron que debían morir junto al resto de "rotspanier", "rojos españoles".

Hitler hizo el trabajo sucio a Franco

La dramática historia de José se repite, con matices, 9000 veces. 9000 hombres, mujeres y niños con nombres y apellidos españoles. Después de tanto olvido, el único homenaje que le puede brindar la democracia es la verdad. Este 2015 se cumplen 70 años de la liberación de los campos nazis y 75 de la llegada de los primeros españoles a Mauthausen. Es, por tanto, el momento de cerrar para siempre este capítulo de nuestra historia y solo lo podemos hacer permitiendo que la realidad, por dura que sea, se conozca.

Ese es el objetivo al que, humildemente, quiero contribuir con Los últimos españoles de Mauthausen (Ediciones B). La mitad de sus páginas recogen el relato en primera persona de los supervivientes que narran el largo camino que les condujo desde sus pueblos de Córdoba, Tarragona o Albacete hasta las barracas de madera de los campos de concentración. El otro 50 % de la obra está dedicada a señalar claramente a los culpables de su sufrimiento.

Los hechos y los documentos no dejan lugar a dudas de que Franco y su Régimen son los principales responsables de la deportación de los españoles. Es cierto que fue la Alemania nazi la que realizó el trabajo sucio, pero lo hizo cumpliendo el deseo expresado por Madrid. Es necesario recordar que, tras la invasión de Francia, la Gestapo ya intervino en la captura y repatriación de destacados líderes republicanos. La policía política de Hitler y las fuerzas de seguridad franquistas estaban perfectamente coordinadas desde antes de terminar la guerra en España. Los agentes de la Gestapo disponían de dependencias propias en las principales comisarías de nuestro país. La deportación de los españoles fue solo un paso más en la eliminación de esos molestos disidentes que habían logrado huir vivos de la "nueva España".

2015-01-21-Telegrama1copia.jpg Son muchas las pruebas documentales que señalan a Franco. Una de las más destacadas es la orden que emitió la Oficina Central de Seguridad del Reich el 25 de septiembre de 1940. En ella, se ordenaba trasladar a campos de concentración a todos los españoles que, hasta ese momento, se encontraban en recintos para prisioneros de guerra amparados por la Convención de Ginebra. Ese día, la mano derecha del Generalísimo, a la par que cuñado, finalizaba una visita a Berlín en la que se había reunido con Adolf Hitler y con el máximo responsable de las SS, Heinrich Himmler. Es evidente que la orden que condenó a muerte a los españoles, se gestó durante esos encuentros.

Entre la serie de pruebas que he reunido en mi libro, hay una más terrenal pero tanto o más determinante que la anterior, ya que demuestra que el Régimen franquista no solo sabía que había españoles en los campos, sino que decidía quién debía vivir y quién debía morir en ellos. En los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores existen varios expedientes de prisioneros de Mauthausen por los que intercedieron las autoridades españolas. Se trataba de jóvenes prisioneros, cuyas familias tenían contactos en las altas esferas del Gobierno. Cuando los funcionarios franquistas consideraron que no se trataba de "rojos peligrosos", solicitaron su liberación a Berlín. En dos casos concretos, los de Fernando Pindado y Joan Bautista Nos, esa repatriación se produjo. Sin embargo, en otras ocasiones la petición llegó tarde y la Embajada española en la capital del Reich se vio obligada a trasladar a Exteriores la misma respuesta: «Hechas oportunamente las gestiones pertinentes cerca del Ministerio de Negocios Extranjeros del Reich, este me contesta que el mencionado prisionero ha fallecido en Mauthausen».

No hay piedad para los judíos

El aluvión de pruebas, del que he aportado aquí una simple muestra, es igual de demoledor cuando analizamos el papel jugado por Franco en el Holocausto. Mientras algunos de sus diplomáticos le informaban acerca de las persecuciones y asesinatos masivos de judíos, el Régimen respondió con una cómplice indiferencia. La consigna que Madrid lanzó a todas sus legaciones diplomáticas fue la de interceder solo por aquellos judíos de "indiscutible nacionalidad española".

Hitler fue siempre muy respetuoso con sus amigos, hasta tal punto que no deportó judíos que tuvieran la nacionalidad de un país aliado como lo era España, sin el consentimiento de sus líderes políticos. En enero de 1943, Berlín ofreció a las naciones hermanas, la opción de repatriar a todos sus judíos. No puso límite alguno, salvo la necesidad de solicitarlo antes del 31 de marzo de ese año. La reacción de Madrid fue de una escalofriante indiferencia. A esas alturas de la guerra ya se conocía el destino que Alemania reservaba para la comunidad hebrea de Europa. Franco y sus generales sabían que quienes quedaran al margen de su protección diplomática, acabarían en los hornos crematorios. Lo sabían, pero no les importó. Preferían no incomodar a Hitler aparentando un excesivo aprecio por los judíos. Por ello insistieron en la orden a sus diplomáticos: ser estrictos y solo mediar por los hombres, mujeres y niños que pudieran demostrar indiscutiblemente su origen español. Trazaron así una gruesa frontera que condenó a muerte a decenas de miles de sefardíes.

En numerosos telegramas enviados por los diplomáticos españoles destinados en naciones ocupadas se demuestra el descontento y la perplejidad ante la cerrazón de sus superiores. Quizás el más significativo de todos es el que envió el cónsul general en París al ministro de Asuntos Exteriores. En él hay unos puntos suspensivos que reflejan todo el horror y la muerte que provocó la estrategia del Régimen franquista: «Familias Mayo y Abastado, después de larga detención han sido deportadas Alemania. Ambas han sufrido ......... consecuencias señaladas» en telegramas anteriores. El abatido cónsul, explicaba lo ocurrido. Una de las familias había sido autorizada a entrar en España, pero la decisión se dilató tanto, que llegó tarde. La otra familia «no había cumplido todos los requisitos exigidos para considerar su nacionalidad como indiscutible, no entrando por tanto en la categoría de repatriados», es decir, no se había hecho nada por evitar su deportación a los campos de exterminio.

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El mayor desastre humanitario provocado por la pasividad criminal del Régimen, se vivió en Grecia. Cerca de 50.000 judíos de origen sefardí vivían en la ciudad de Salónica cuando fue ocupada por las tropas alemanas. Pese a los ruegos de los diplomáticos españoles allí destinados, Madrid no permitió flexibilizar los requisitos para salvar vidas. Unos 700 judíos de indudable nacionalidad española lograron escapar de la muerte. El resto acabó en las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau.

Estas pinceladas sirven para dibujar esa cruda realidad que creo que es imprescindible que salga a la luz, precisamente, este año 2015. Franco y su Régimen deben ocupar de una vez por todas el sitio que merecen en la historia. Y ese lugar es a la derecha del padre, Adolf Hitler. Solo en ese momento habremos pagado la deuda que este país tiene con los hombres y mujeres que lucharon y dieron su vida por nuestra libertad.

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