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Para entender 'La invención de Morel' (en el centenario de Bioy Casares)

01/06/2014 09:59 CEST | Actualizado 31/07/2014 11:12 CEST

Este año celebramos el centenario del nacimiento del escritor argentino Adolfo Bioy Casares (1914-1999), uno de los narradores más originales y fascinantes de la literatura hispanoamericana del siglo XX. En el prólogo a la Antología de la literatura fantástica (1940) que Bioy coescribió junto a Borges y Silvina Ocampo se desgranan las cinco características del género, rasgos de los que el autor de El sueño de los héroes se sirvió para construir sus alucinantes tramas sobre el bulo del vivir humano. Y es que Bioy era un torero de estas artes del engaño vital.

Los tres prologuistas explican como al descuido que algunas narraciones deben crear un ambiente o atmósfera especial -Narraciones extraordinarias de Allan Poe-; que en determinadas ocasiones, sobre una realidad cotidiana se introduce un elemento fantástico -La máquina del tiempo y El hombre invisible, de H. G. Wells-; que el efecto sorpresa es determinante; que la técnica del cuarto amarillo -o del peligro amarillo- desarrollada por Chesterton constituye una eficaz manera de crear porque lo ideal es situar los cuentos en un lugar cerrado, algo típico de las novelas policiacas; y que lo sobrenatural -fantasmas, acción situada en el Infierno, personajes soñados, metamorfosis, la inmortalidad, la fantasía metafísica- contribuye a dar la temperatura de lo fantástico. La postergación y la burocracia infinita de la obra de Kafka y los vampiros y castillos sobre los que escribe Bram Stoker, por ejemplo, conforman un binomio invencible a la hora de crear literatura fantástica.

El homenaje a La isla del dr. Moreau (1896) de H. G. Wells está presente en todo momento en La invención de Morel (1940), paradigma de la ciencia-ficción, reúne todos los ingredientes de una buena historia fantástica, que haylos y bien estudiados están. De hecho, Borges la prologó y elogió calificándola de perfecta. En este proemio el escritor porteño cita los subgéneros que más le han atraído: la novela psicológica, de aventuras y policiaca, y estas dos últimas se vinculan a La invención de Morel. La novela recoge la historia de un fugitivo, un perseguido que llega a una isla, donde se enamora de Faustine y en la que una serie de aventuras darán lugar al encuentro inevitable con lo fantástico, que a su vez impulsará el elemento policial -crimen, persecución y exilio-. Bioy deja aquí y allá continuas referencias a la huida del personaje, que discurre en paralelo a la investigación policial. Uno de los mayores logros de esta joya de la literatura es que la trama queda abierta a una solución que debe imaginar el lector.

¿Cuál es la invención de Morel, tras su gama de bulos de ficción? Se trata de una máquina que puede reproducir las imágenes, instantáneas que parecen absolutamente reales -antecedente de la realidad virtual- que llevan al protagonista a la confusión, pues no distingue las verdaderas de las falsas. Así, Bioy Casares plantea en esta excelente metáfora del siglo XX -y hasta del XXI- la dificultad de distinguir cuál es la realidad, al punto que verse reproducido por la máquina supone la inmortalidad -si bien a través de la imagen-... hasta que la persona real termina deteriorándose. Son sus avatares los que viven otras vidas, las que pudo haber vivido la persona real, entretenida en reproducirse y multiplicarse en imágenes. En las últimas páginas, Bioy Casares se cuestiona si esas imágenes reproducen también el alma, si esa punta de alter-egos que se observan y tropiezan no son sino proyecciones de nuestra "alma" desalmada.

Por otra parte, la máquina es una metáfora de la creación literaria: produce dos soles, dos islas, dos mareas, una multitud de clones de un mismo individuo, etc. Y, por ende, despliega muchos recursos metaliterarios, propios de la escritura sobre la escritura: por medio de la escritura Bioy hace lo mismo que la máquina de la isla, reproduce un diario que es a su vez copia de otro diario de Morel que habla precisamente de cómo se pueden reproducir las realidades a modo de cajas chinas o muñecas matrioskas. Las referencias al lector abundan, lo que le da ese toque tan borgiano con el fin de dar una mayor verosimilitud al relato.

Bioy Casares siempre se sintió muy atraído por las islas, pues son un buen Plan de evasión, lugares aptos para construir una nueva realidad, de ámbitos físicos o incluso metafísicos -ajenos, apartados-. La isla, lugar de merodeo solitario y fantasioso, que en principio es el lugar utópico que puede alejar al hombre de los peligros... también se convierte en antiutopía -al igual que en las islas de Swift o H. G. Wells- porque reproduce -aunque a menor escala- los defectos de la civilización. El estilo lacónico, escueto, a veces incluso sentencioso que llega incluso a conducir al personaje a terribles dudas e incurrir en paradojas, obra en el lector la sensación de que dude incluso de la capacidad del personaje para contar lo que está sucediendo -tal y como a veces ocurre en los relatos de Borges-. ¡Las citas a pie de página a veces contradicen incluso el cuerpo del texto! Es frecuente leer en las notas "lo dudo" o "se equivoca", asertos que no hacen sino cuestionar el carácter del protagonista y la habilidad como narrador especular de Bioy. Las notas, de hecho, ni siquiera pertenecen al autor del diario, siempre irónico con respecto al protagonista.

Bioy Casares se pasó de visionario. Fue un formidable precursor de los tiempos actuales que estamos viviendo y al echar al vuelo sin freno su albedrío literario se hizo crítico antes de tiempo del mundanal ruido digital. La máquina de Morel reproduce como los espejos de armario una realidad atroz que hay que temer, que es inquietante y amenazante. La máquina-espejo-novela refleja ciertos peligros de la ciencia y las TIC al igual que en la novela de Wells: la sospecha de que, después de todo, no seamos más que el paisanaje naif de figuración de la campaña de una multinacional de alta tecnología. Por eso Bioy Casares no se ha quedado solo en escritor: sus novelas y cuentos son un bendito mareo de interrogantes a la propia esencia del ser humano.

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