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El futuro de la izquierda (IV y final): cómo construir una alternativa ganadora

27/03/2014 07:40 CET | Actualizado 26/05/2014 11:12 CEST

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Asamblea en un cantón de Suiza. Foto: Wikipedia (CC)

Durante los últimos meses he intentado trazar un retrato de los valores que pueden definir el corazón de la izquierda, analizar los problemas que acarrean los partidos que desde la transición se han encuadrado tradicionalmente en este ámbito ideológico y explicar la revolución que supuso el 15-M para propiciar la repolitización de la sociedad y el cuestionamiento del sistema establecido.

Después de este arduo recorrido llegamos a la encrucijada de siempre: ¿qué posibilidades encontramos hoy en día para comenzar a cambiar las cosas? A pesar de la ola renovadora impulsada por personas valientes en el seno de diversos partidos, a pesar de la voluntad de confluencia que se ha proclamado a diestro y siniestro, a pesar del desplome del bipartidismo y de que la crisis no parece tener fin, lo cierto es que por ahora sigue sin configurarse una alternativa que suponga una verdadera ruptura con un sistema económico y político en franca decadencia.

Es el momento de dar respuesta a estas incógnitas con una hoja de ruta para configurar una opción política ilusionante que pueda iniciar en nuestro país un proceso de cambio profundo y transformador. Para ello, tenemos que dejar los egos a un lado y comenzar a escuchar lo que la ciudadanía quiere. Estas son, a mi juicio, las claves para empezar a construir desde la izquierda una alternativa ganadora:

1º Volver a creer en los valores de la izquierda

Ninguna alternativa que se autoproclame de izquierdas puede triunfar si no conecta con los valores que siempre han defendido aquellos que han ido a la vanguardia de la lucha por una sociedad más justa: defensa de la igualdad, de la justicia, de la mayor extensión de derechos civiles y políticos, de la libertad entendida como no dominación y de la participación política. Los valores de la izquierda deben recuperarse y defenderse de forma clara. Es preciso explicar por qué lo público es más deseable que lo privado, por qué una sociedad justa e igualitaria funciona mejor, por qué una democracia fuerte no debe conformarse con que los ciudadanos emitan un voto cada cuatro años.

Desde la derecha han sabido imponer la vía de la austeridad y la desregulación como la única salida posible a la crisis cuando no es más que el producto de sus intereses y convicciones ideológicas (menos Estado, más mercado). Es el momento de demostrar que las políticas tomadas no son ni las más convenientes, ni las más éticas: frente a los que quieren reducirnos a una mera cifra, opongamos nuestras convicciones y nuestra dignidad.

2º Valores de siempre, propuestas de hoy

Asumámoslo: con los -ismos no vamos a ninguna parte. La mayor parte de la población está cansada de etiquetas ideológicas y de discursos que, aún guardando su esencia de lucha por la justicia y la libertad, han quedado trasnochados hace decenios. Las sociedades actuales han mutado y son enormemente complejas. Aferrarse al mismo discurso que hace 100 años "porque las injusticias son las mismas" solo suena a cerrazón ideológica, incapacidad de evolución y miedo a buscar alternativas que busquen equilibrios. Los valores que deberían guiar a la izquierda hoy en día deben ser los mismos que hace 100 años, pero necesitamos programas de cambio adaptados a las peculiaridades de nuestra sociedad actual: hay que buscar nuevos marcos que nos permitan actuar desde ya en un mundo enormemente complejo y globalizado.

Si la izquierda política no quiere quedarse atrás, debe asumir y defender nuevas vías de pensamiento y actuación que ahora mismo están calando en los sectores más innovadores de la sociedad: aplicación de las nuevas tecnologías para mejorar nuestras formas de actuación democrática, defensa de la cultura libre, apuesta por nuevas formas de organización económica (cooperativismo, autogestión, ecoempresas...), defensa de la renta básica ciudadana y de una nueva fiscalidad, búsqueda de formas alternativas de gestión abierta y común de los bienes y servicios públicos y apertura del debate sobre nuevas teorías globales (economía del bien común, desglobalización o decrecimiento).

3º Abrirse a la gente

Ser de izquierdas no significa pertenecer a una tribu que sigue a pies juntillas todos y cada uno de los axiomas de un libro sagrado. Ser de izquierdas es defender la esencia de unos determinados valores de justicia, igualdad y libertad desde la convicción de que solo con su aplicación se podrá mejorar la vida del conjunto de los individuos en el seno de una sociedad. La verdadera izquierda debe por tanto huir de mesianismos y sectarismos y comenzar a apelar al sentido común y a la aproximación didáctica a los ciudadanos. Todo el mundo debe ser bienvenido en el debate sobre las alternativas existentes.

Por mucho que nos pese, y aunque ahora mismo la sociedad se divida entre una minoría extrema de privilegiados y una gran masa de ciudadanos de a pie (ese famoso 99%), los españoles realmente informados y comprometidos con un cambio de panorama en España no son más que un pequeño porcentaje de la población. Por eso, para llegar a crear una masa crítica que pueda propiciar un auténtico cambio social, económico y político es esencial no tratar con superioridad moral a los ciudadanos que aún permanecen desinformados y desconectados de la vida pública.

El camino al cambio pasa por incluirlos en los procesos de participación política. Esta es una de las cuestiones básicas que nos enseñó el 15-M y una de las claves de su éxito: la cultura política se aprende con la práctica, sacando el debate a las calles y fomentando el intercambio de ideas sin etiquetas preconcebidas. Es la única forma de generar ciudadanos concienciados y críticos que puedan dar pie a procesos de cambio profundos y positivos en nuestra sociedad. Clara Campoamor no lo pudo resumir mejor cuando, para defender el voto a las mujeres frente a aquellos que las tachaban de ignorantes al servicio de la Iglesia, proclamó que la "libertad se aprende ejerciéndola".

4º Moderar las expectativas en el tiempo

Uno de los principales problemas de la izquierda política es la rapidez con que pierde su crédito en el Gobierno si no es capaz de materializar las ambiciosas propuestas con las que pinta un futuro radicalmente distinto durante la campaña. Por desgracia, la propia complejidad del mundo en el que vivimos hace imposible encontrar soluciones mágicas e inmediatas a la grave situación en la que nos encontramos. Cualquier proceso de cambio impulsado desde los valores de la izquierda debe hacerse persiguiendo con convicción un ideal, pero poco a poco y con los pies en el suelo. Nuestro país necesita en primer lugar una profunda reforma para acabar con la corrupción, democratizar el funcionamiento de nuestras instituciones y reformar la fiscalidad para garantizar nuestro Estado de Bienestar.

Pero estas medidas no serán suficientes para acabar con la crisis y garantizar un porvenir más justo. Habrá que continuar una ardua senda de reformas internas para después forjar alianzas con otros movimientos sociales y políticos de Europa con el fin de volver a poner el foco de la Unión Europea en las personas. Los pasos a seguir son muchos y difíciles: la reestructuración o cancelación de la deuda ilegítima, la democratización de las instituciones europeas, la elaboración de una nueva Constitución Europea con participación ciudadana, la regulación del sector financiero, la reforma de las funciones del BCE... Y hay que asumirlo: eso llevará tiempo.

Por otra parte, si no cambiamos Europa entre todos a medio plazo relegando la austeridad, combatiendo el paro, garantizando los derechos sociales, poniendo coto al poder de los bancos, acosando a los paraísos fiscales y luchando contra la deuda ilegítima, la única alternativa a largo plazo el abandono del Euro. Esta es una posibilidad difícil y dura, pero debe ponerse sobre la mesa porque en un determinado punto los beneficios pueden superar a los costes.

5º Renunciar a las viejas maneras de hacer política

A pequeña o gran escala, la gran mayoría de los partidos políticos, de izquierdas y de derechas, siguen haciendo política a la vieja usanza, escondiéndose en oscuros reservados para pactar prebendas, puestos y listas electorales y contando con los militantes solo para hacer el trabajo sucio. Es el momento de airear los partidos políticos y abrirlos a la ciudadanía. Es el momento de transformar los militantes en participantes. De lo contrario, los partidos son instituciones condenadas a desaparecer, bien porque serán superadas por las instituciones y herramientas de una democracia más avanzada, bien por la caída de nuestro sistema político en el peor de los populismos antipolíticos encarnado por algún salvador de la patria.

La primera medida pasa por lograr que los partidos configuren sus listas a través de primarias completamente abiertas a la ciudadanía, en la que son los votantes y no las familias del partido las que deciden quiénes son los candidatos idóneos. La segunda, por ser completamente transparentes en la gestión de los partidos, exponiendo y democratizando cuentas, nombramientos y organización interna e implicando a las bases del partido en su funcionamiento. Incluso la elaboración de los programas electorales debe abrirse a la ciudadanía, a través de procedimientos wiki que permiten elaborar documentos de forma colaborativa en los que priman aquellas aportaciones más valiosas a través del consenso.

6º Apostar por el consenso y la confluencia

El punto anterior va estrechamente unido a la necesidad de trabajar conjuntamente con otras fuerzas que compartan principios y objetivos similares. Es el momento de dejar de actuar de forma miope y cortoplacista para asegurarse determinadas posiciones de poder en el ámbito en el que se mueve cada grupo. O apostamos por la unidad, o nos estrellaremos contra el muro del bipartidismo.

Algunos tachan a esta apelación por la convergencia de vacía e irrealizable, pero lo cierto es que los programas de las opciones de la izquierda política son muy coincidentes -al menos en las cuestiones de más urgente aplicación para sanear nuestra economía y nuestra vida pública y democrática-, y nadie puede negar la conveniencia de crear un frente común para acceder de forma efectiva a las instituciones.

Las cuestiones que separan a los distintos grupos son más procedimentales y tienen que ver con la conservación de parcelas de poder internas. De ahí la necesidad de abrirse a la ciudadanía y de cortar de raíz las viejas formas de hacer política. Cuando las personas de a pie sean las que tengan la última palabra, será por fin el interés de los ciudadanos el que prime.

7º Permitir los liderazgos democráticos

Uno de los principales problemas del 15-M y, en general, de la cultura de la izquierda de este país, es la demonización de aquellas personas que se atreven a asomar la cabeza. Producto de un país con poca tradición democrática en el que siempre se ha confundido líder con dictador o cacique, nos olvidamos de que es importante contar con personas inspiradoras y con empuje que, respetando la participación democrática y los procesos colectivos, sepan impulsar las organizaciones y visibilizar los proyectos.

Los ciudadanos quieren participar, pero también quieren personas preparadas, valientes, coherentes y honestas capaces de dar la cara. Por eso hay que apoyar y fomentar que aquellas personas válidas quieran dar pasos al frente y poner su granito de arena para cambiar su país, siempre desde el respeto a las decisiones que tomen los colectivos. Por ejemplo, es esencial que Podemos mantenga unas estructuras de funcionamiento democráticas, pero contar con el liderazgo de Pablo Iglesias es muy importante para poder llegar al grueso de la ciudadanía. Asimismo, la claridad y honestidad de Ada Colau y su respeto al funcionamiento asambleario de la PAH también son claros ejemplos de liderazgo democrático que ha ayudado a visibilizar la labor colectiva de la plataforma antidesahucios.

8º No olvidemos el medio ambiente

En un momento de crisis económica es habitual que se olviden los postulados verdes en beneficio de discursos más enfocados en los problemas sociales. Es una reacción frente a injusticias inmediatas y sangrantes perfectamente lógica, pero no debemos olvidar que ninguno de los valores a los que aspira la izquierda (dignidad, derechos básicos, justicia, igualdad...) puede ser defendido sin garantizar un marco de equilibrio con el medio.

Las grandes amenazas medioambientales siguen ahí, y debe ser una prioridad de cualquier organización o movimiento que se considere de izquierdas garantizar que no se compromete el bienestar y equilibrio de las generaciones futuras y, general, la viabilidad del planeta, nuestro soporte vital. En este sentido, es muy importante que empecemos a escuchar las voces críticas del decrecimiento y otros movimientos que abogan por establecer otro tipo de relación más equilibrada y sostenible con nuestro entorno.

¿Volver a ilusionar a la ciudadanía?

Hago desde aquí un llamamiento a la izquierda política para que aproveche ya el espacio de ruptura que el desplome del bipartidismo está propiciando. Si se hacen las cosas bien, es posible conseguir volver a motivar a todo un país para que se reapropie de su futuro. Lo que necesitamos está claro: tomar las instituciones de forma democrática a través de un frente común de partidos que compartan un programa de cambio realista y profundo, elaborado de forma transparente y con la participación de la ciudadanía. El objetivo último está claro: abrir la política a la gente, para que el gobierno de lo común deje de ser un coto privado de una casta parasitaria y sea por fin un ámbito en el que todos decidimos.

Por suerte, el comienzo de ciclo político puede ser el punto de inflexión que todos estábamos esperando. Son ya muchas las nuevas formaciones políticas que han llegado para hacer las cosas de otra manera (Podemos, Partido X, Equo, Participa -la herramienta electoral de la plataforma de participación ciudadana Ahora Tú Decides, en la que participo activamente-...), e incluso las organizaciones de la izquierda tradicional se empiezan a abrir a través de procesos de primarias (como Izquierda Abierta en el seno de Izquierda Unida o Compromís).

También empezamos a ver cómo se comienza a converger y colaborar para plantar cara a los abusos que estamos sufriendo los ciudadanos de a pie (por ejemplo, con la coalición que en principio unirá de cara a las elecciones europeas a Equo, Compromís, Participa, Chunta Aragonesista y Partido Por un Mundo Más Justo). Hay indicios de que las cosas empiezan a marchar. Ahora solo queda lo más importante: volver a ilusionar a todo un país.

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