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12/01/2014 10:00 CET | Actualizado 14/03/2014 10:12 CET

El futuro de la izquierda (II): ¿por qué no arrasan los partidos de izquierda?

Si la ciudadanía está pidiendo más izquierda, ¿por qué da la espalda a los partidos de izquierdas? ¿Cómo es posible que si los españoles demandan un cambio inspirado por las ideas que tradicionalmente han guiado esta corriente política (igualdad, justicia, cooperación, libertad como no dominación), no se identifiquen con lo que ofrecen los partidos adheridos a esa etiqueta?

Foto: iuvalladolid.org (CC)

¿Dónde están hoy los valores de la izquierda y por qué no son apoyados mayoritariamente por una población que está sufriendo los estragos de la doctrina neoliberal? Esta es la peliaguda cuestión con la que cerraba el anterior post de mi serie El futuro de la izquierda, y que hoy trataré de responder.

En contra de toda lógica, después de varios años sufriendo una brutal crisis, los partidos que apoyan la ortodoxia neoliberal que nos llevó al desastre siguen ostentando el poder en los principales países de Europa. "Los fundamentalistas del mercado se equivocaron en casi todo y, sin embargo, siguen dominando la escena política más a fondo que nunca", advertía acertadamente Paul Krugman hace ya unos años. ¿Qué pasa entonces? ¿Están realmente tan ciegos los votantes?

En realidad, la gente no es tonta: en toda Europa los ciudadanos reivindican creciente y sistemáticamente los valores tradicionales de la izquierda. Se defienden las libertades ciudadanas frente a los intentos de controlar los flujos de información y las intromisiones en nuestra intimidad, existe una mayor preocupación por garantizar la participación ciudadana directa en el Gobierno de nuestros países, e incluso la legitimidad del capitalismo como garante de la democracia, el progreso y el crecimiento económico está en entredicho: ¡el sistema capitalista es rechazado como forma de organización económica y social nada más y nada menos que por el 74% de la población de nuestro país! (según los datos de un estudio del BBVA publicado este mismo año).

Y si, de acuerdo con estos datos, la ciudadanía está pidiendo más izquierda, ¿por qué da la espalda a los partidos de izquierdas? ¿Cómo es posible que si los españoles demandan un cambio inspirado por las ideas que tradicionalmente han guiado esta corriente política (igualdad, justicia, cooperación, libertad como no dominación), no se identifiquen con lo que ofrecen los partidos actualmente adheridos a esa etiqueta? ¿Cómo se interpreta esta aparente contradicción?

La respuesta es más simple de lo que parece: ninguno de los ideales que podrían definir a la izquierda están a día de hoy realmente presentes en los partidos que dicen representarla.

Socialdemocracia: una pieza más de un engranaje perverso

La socialdemocracia clásica, caracterizada por luchar por un "capitalismo de rostro humano" capaz de compatibilizar la iniciativa individual y el libre mercado con un Estado de Bienestar que redistribuya la riqueza y asista a los más débiles, es incapaz de formular auténticas alternativas para superar la crisis sistémica en la que nos encontramos: en el mejor de los casos, si accede al poder solo atina a aplicar paños calientes (cualquier cambio sustancial que ponga en vereda a los poderes económicos y financieros rapiñadores se revela como impracticable). Y en el peor de los casos se convierte en parte activa de un sistema intrínsecamente podrido, dejando que sus miembros participen en el juego del reparto de prebendas y en el sistema de puertas giratorias que vincula de forma obscena el mundo político con el poder de las élites. Los partidos socialdemócratas son, en definitiva, máquinas clientelares incapaces de plantear la ruptura del equilibrio de fuerzas con todos aquellos poderes externos que dictan nuestro destino mediatizando las decisiones de los gobernantes elegidos para representar al pueblo.

Esta deriva está, sin duda, pasando factura a los partidos socialdemócratas que se están desplomando a lo largo y ancho de Europa: los ciudadanos no quieren a políticos que propongan con buenas palabras poner freno al neoliberalismo para acabar aplicando las mismas políticas que dicta la ortodoxia económica e incluso uniéndose sin tapujos a la fiesta de la corrupción. Frente a esta falta de claridad, honestidad y fidelidad a sus principios los electores no tienen ningún incentivo para optar por estas formaciones.

Una izquierda "auténtica" desconectada del ciudadano medio

Por otra parte, los partidos de la izquierda obrera de inspiración marxista son en la mayor parte de los países occidentales incapaces de ilusionar a una sociedad que ha mutado y evolucionado hasta formas más complejas con propuestas de futuro ambiciosas, novedosas y creíbles.

Su labor se limita a enardecer a sus fieles con viejas consignas y a ejercer como notarios de la deriva suicida de nuestro sistema, pero no parecen tener un auténtico programa de cambio aplicable de forma realista a la actual situación ni una disposición clara para implicar y convencer a la mayoría de la población de la necesidad de implementar su programa. Más bien pecan de un cierto paternalismo, mostrando rechazo y temor a cualquier aportación de la ciudadanía que provenga de círculos externos a su propia área discursiva, de influencia y poder. Lo estamos viendo por ejemplo en las resistencias que muestra Izquierda Unida ante propuestas para colaborar con movimientos cívicos de base o para permitir una participación más abierta y democrática en su seno, dando la sensación de que prefiere conformarse con la magra cuota de poder que le proporcionará la coyuntura actual para tener un número ligeramente mayor de diputados en las próximas elecciones.

La actual estructura de los partidos también ayuda a incrementar estas percepciones negativas: los militantes de los principales partidos no participan, se limitan a ser peones que aceptan sin rechistar lo decidido por una cúpula creada en base a relaciones clientelares y de poder. En este contexto la palabra izquierda se usa para reafirmar la pertenencia a una tribu o para denostar al adversario, pero está vacía de significado.

Gerardo Iglesias, fundador de IU, resume este diagnóstico de forma certera en una reciente entrevista: "Nuestras sociedades han cambiado mucho, los partidos obreros nacidos al calor de la primera revolución industrial ya no sirven. La sociedades son completamente distintas, tanto los partidos como los sindicatos obreros, de clase, nacen por la gran concentración de trabajadores en fábricas. Eso ya no existe. Hay gente que trabaja con un ordenador en su casa y también hay masas de jóvenes en paro. Los partidos no tienen mecanismos, ni los sindicatos, para llegar a esa gente. Pero además, los partidos de izquierda en lugar de abrirse a los cambios que se producen en la sociedad, han ido convirtiéndose en aparatos cerrados desvinculados incluso de su propia militancia, o sin dar apenas papel alguno a la militancia más que como número".

En definitiva, las opciones políticas situadas más a la izquierda, si bien mantienen a sus respectivas tribus de votantes más fieles, siguen siendo incapaces de plantear una alternativa real apoyada por el grueso de la población.

La verdadera izquierda es siempre inconformista

Con este panorama, muchos españoles nos hemos ido desconectando progresivamente de la política formal durante los últimos años. Somos cada vez más los que sentimos que la izquierda a nivel político ya no hace referencia a la defensa de un abanico de valores e ideas y se ha reducido a una mera etiqueta a la que adscribirse de forma acrítica para apoyar incondicionalmente a un determinado bando.

Los partidos políticos socialdemócratas y aquellos encuadrados en la izquierda tradicional no han sabido avanzar con los nuevos tiempos y se encuentran congelados en un estadio anterior a la evolución que ha experimentado la conciencia de la sociedad. La izquierda, para ser izquierda, ha de ir siempre por delante del presente: la voluntad transformadora que caracteriza a esta corriente de pensamiento implica la necesidad de sobrepasar con sus propuestas a los problemas que acucian a cada sociedad en cada momento, luchando siempre por una mayor igualdad, por una mayor extensión de la justicia, por una participación mayor de los ciudadanos, y por una mayor libertad frente a cualquier tipo de dominación. Las características que definen a la izquierda no son estáticas: van evolucionando de forma dinámica de acuerdo a la propia evolución que experimenta en la sociedad. Lo podemos ver si nos paramos a analizar como muchas de las medidas que antaño defendían los movimientos progresistas más radicales forman hoy parte irrenunciable de los valores y programas de muchos partidos conservadores.

Esta voluntad de ir un paso por delante es otra característica básica del ADN de la izquierda. Y si los actores políticos tradicionales no son capaces de dar salida a las aspiraciones de cambio más punteras, acaban convirtiéndose en un componente más del engranaje de un sistema incapaz de dar cumplimiento a estas demandas. Si los viejos partidos y sindicatos ya no representan el espíritu de la izquierda, la sociedad siempre encontrará otra manera de canalizar sus ansias de libertad, democracia e igualdad.

Este proceso es natural. Las organizaciones más revolucionarias suelen acabar tarde o temprano por convertirse en instituciones totalmente consolidadas y adictas al poder (sea el estatal o incluso el propio inherente a la organización). Y cualquier institución que tiende a solidificarse y no evolucionar con el tiempo acaba siendo refractaria a los cambios que demandan los sectores más dinámicos de la sociedad. Son por tanto los movimientos políticos y sociales no institucionalizados los que en determinados momentos de la historia acaban canalizando las demandas de estos sectores más progresistas y rompiendo el orden establecido.

La conclusión es clara: no se puede afirmar que la izquierda esté muerta a la hora de conformar una auténtica alternativa a las políticas neoliberales que nos han sumido en el caos. Simplemente el espíritu, valores y objetivos de la izquierda se han trasladado hoy en día al ámbito en el que tradicionalmente residen cuando las instituciones pertenecientes al mundo viejo se enquistan y fosilizan: los movimientos sociales y políticos de base.

Nuevos colectivos ciudadanos y formas organizativas aún no institucionalizadas están ya funcionando como impulsores del cambio en nuestro país, modificando la sociedad desde abajo, poco a poco, y haciendo que los valores que promueven se vayan infiltrando silenciosamente, pero imparablemente, en todos los planos de la realidad. Si los partidos políticos tradicionales quieren estar a la altura que le exigen las circunstancias, tienen que tenerlo claro: es el momento de renovarse o morir. ¿Cuáles son los cambios que necesitan estos partidos y por qué estos nuevos movimientos sociales y políticos de base los están adelantando? Lo veremos en la próxima entrega.

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